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Cecilia Rossetto: "Supongo que mi Papá me dejó el mundo"
Cecilia Rossetto: "Supongo que mi Papá me dejó el mundo"
Un debut para el bochorno y una perseverancia que revierte el fracaso inicial para llevarla por toda América. Una hija que reclama presencia y una madre que quiere transmitirle la herencia paterna. Y siempre, siempre, amigos por todos lados.
- Por lo general se da por sentado cómo se hace un trabajo, pero no es algo que se pregunte muy a menudo.
-Nunca nadie pregunta eso. Como me dijo el otro día alguien como piropo: hacés teatro independiente.
-¿Por el empeño?
-El empeño, porque hago todo, y a la par de todos mis colaboradores. Siempre les digo a los chicos: no pido lo que yo no haría. No se los he preguntado, pero supongo que así se sentirán de igual a igual. Tuve esta formación desde tan jovencita incluso en la escuela de teatro, que el teatro era un todo en el que uno tenía que estar involucrado hasta el final. Tenés que ser muy integral, y al principio alejarte del mundo, de la realidad social y política y meterte y meterte en otro mundo y ver. De allí sale algo que puede interesarle a los espectadores, y a veces uno puede realizar esta introspección y te sale algo que no interesa. Y vos pensás: me pasé tres años. Pero sucede que con la experiencia que uno tiene, que son varias décadas, hay una especie de olfato que te lleva a un lugar; hay algo que ya no pertenece a lo intelectual a la estrategia
-Pero eso siempre lo tuvo, ¿o lo ganó con la experiencia?
-Si, si lo tuve siempre pero tal vez uno se olvida, como el parto, y uno se olvide de lo que costó. Ahora a la distancia me parece que cuando recién empecé con estos espectáculos era más fácil, pero si vos me llevás realmente a reflexionar sobre eso digo: no. Además llega un momento en el que hay involucrada mucha gente. Aunque por lo menos durante dos meses está todo nada más que en mi cabeza; todo, todo, todo: producción, dirección, estrategias de difusión, está todo acá (se señala la cabeza), y hay un momento donde vivo una tensión muy grande en la que no puedo soportar más información, y empiezo a delegar. Peo sigo anotando todo lo que se me va ocurriendo.
-¿Hubo algún momento en que se dio cuenta que tenía un sello; que dijo: esto ya es mío?
-En mi primer espectáculo me equivoqué horrible, fue un fracaso terrible. No funcionó nada. Eso fue en septiembre. En enero siguiente, que todo el mundo podía haber pensado que me retiraba de la profesión, de aquel espectáculo tomé una hora diez del monologo, algunos personajes y fue un éxito de años con el cual recorrí toda América: comprendimos que era un problema de estructura. Los personajes eran maravillosos, para alguna gente inolvidables. Porque a veces me encuentro con espectadores gente que hace veinticinco años que vive en España y de pronto te reconocen y te dicen que se acuerdan de cuando hacía la Pantera Rosa. Ese fue uno de los personajes que estrené en mi primer espectáculo, a fines de 1976 y la última vez lo hice en España en 1991. La perseverancia suele ser la virtud a la que menos se le presta atención de los artistas. El empeño por momentos convertido en empecinamiento, la dedicación transformada en obsesión, el entrenamiento que se hace sacrificio. Cecilia Rossetto puede ser un buen ejemplo de lo que ella resume en otra idea, para nada incompatible con la recién expuesta: la mirada de otro sobre uno difícilmente coincida con la de uno sobre sí mismo.
-Ese espectáculo funcionó en todos lados, pero no es lo mismo hacerlo para el público argentino que para el chileno.
-Te cuento un secreto: ¿sabés cuántas palabras modificaba en cada país de América? Setenta. ¿Sabés lo que hay que estudiar para que te surja naturalmente? Para eso me servían mucho los medios de comunicación. Tengo un cuadernito, bah, varios cuadernitos donde anoto determinadas cosas que no quiero estirar para el otro día. Y guardo todo. Tengo cajas, cajas, cajas y guardo. Y el otro día encontré los vocablos que había escrito para el espectáculo por América. Pero tampoco se trataba sólo de los vocablos. Había que comprender la idiosincrasia de cada lugar. Entonces tenía que hacer preguntas muy concretas: ¿dónde trabajaba una prostituta para un público muy popular y cuánto cobra? Entonces me decían: en la calle tal y no sé cuánto, es uno que es antiquísimo, pues que ya iba mi abuelo. Y cuando aparecía la Pantera Rosa, que no tenía dientes, y decía: bueno, me di una vueltita por la calle tal y no sé cuánto, la sala explotaba de alboroto; impresionante. Yo me lo trabajaba muy seriamente. Muchos actores que en ese momento querían triunfar en Cataluña, me decían: ¿cómo hiciste? Y pensaba: me aprendí una de las canciones más emblemáticas de Cataluña en catalán, larga, larga, impresionante, y no sabés el tiempo que me llevo estudiarla. En esa época estaba en pareja con un catalán, entonces le dije: no me perdones nada, lo quiero pronunciar perfecto, que ellos escuchen y no comprendan que una mina que habla en argentino de golpe canta una canción perfecta. Es todo producto de la pasión, de un amor autentico, porque la gente se da cuenta cuando te estas mandando la parte; es producto de un amor sincero y de un auténtica curiosidad: a mí lo que más me fascinaba de todo esto era que estabas conociendo gente nueva, costumbres nuevas, diversidades, costumbres en el amor, en el comer, en la calle. Yo tendría que haber seguido antropología o algo así. Bueno, todavía estoy a tiempo. A mí lo que me pasó es que me apasionaba el conocimiento.
-¿No hay también cierta inconciencia? Toma riesgos en cosas que a veces si se la piensan dos veces se las descarta.
-No. Era una persona muy formada. La palabra que encuentro es pasión. Me daba igual si después la guita no me alcanzaba. Como mi papá con el ajedrez, que descubría jugadas ganadoras durante el sueño, así me pasa a mí con un espectáculo. Me levanto por la noche y anoto en un papelito. Mi hija me escribió una vez un texto maravilloso que dice: mi mamá y los papeles, porque dice yo ya me olvide, pero escribía hasta en sus boletines, en los bordes. Escribo en todas partes, escribo ideas, mezclo todo. Como esta frase de León Felipe (“que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo”), por no saber en qué país vivía.
-¿Se sentía perdida?
-Sentía culpa. A veces por un reproche a título familiar. Bueno, mi nena cuando era chiquita me decía: odio las valijas; veía una valija armada y sabía que me estaba por ir. Y, nunca por menos de cuarenta días.
-¿No podía viajar con ella?
-No. Siempre intentamos darle una vida muy ordenada: las cuatro comidas, la escuela, su mundo, sus compañeros. Nos escribíamos las dos. Cuando era más chiquita le dejaba una búsqueda del tesoro con cartas y regalitos que duraba los cuarenta días, con un almanaque que le iba señalando: cuando llegues acá, buscá en tal lado tal día. Y se ponía contenta. Y así la iba llevando, la iba llevando. Y cuando llegaba el día de encontrar el tesoro, le decía: dale un besito a fulano que mañana mamá te va a dar un beso a vos. Y ella lo cumplía.
-A la distancia, ¿ella se lo agradece?
-Bueno, tiene una vida ordenada. Pero el dolor de la distancia… Todo lo que pudiste tener mamá lo tenía que ganar, le decía, pero a los chicos no les importa. No lo entienden. Y algunos viejos tampoco. Alguna vez mi mamá me dijo: a mí no me importa el dinero, quiero que vos estés aquí. Y yo quiero trabajar. Mi hija en la adolescencia me lo reprochó. Y siempre le decía: mamá de herencia no te va a dejar propiedades, ni cosas, te va a dejar el mundo. Y efectivamente, se recibió en Barcelona de filóloga en inglés, y viaja a Londres para ver una obra de Shakespeare. Ahora sabe que es ella la que hace las valijas y yo no le reprocho nada. Eso es bárbaro es ella la que se va, la que esta allá. Tiene una mamá que hizo lo mismo. Y yo tuve un papá que hizo lo mismo. Y supongo que también mi papá me dejo el mundo.
-Dijo alguna vez que durante sus primeros meses en Cataluña le resultaba desesperante comunicarse con Argentina, hablar acá para saber de los suyos. Con tanta carga y angustia, ¿cómo hacía el show?
-Es que todo eso que me pasaba lo transformaba en humor. La gente lloraba de la risa. Me hacía bien que se rieran con mi sufrimiento. Se llamaba Resiste Rossetto. Les decía: ¿cómo se piensan que es la vida de una estrella? Yo queridos salgo de acá, sola, me compro un sanguchito en la esquina, y me voy a mi casa; que es de veinte metros cuadrados. Prendo la tele, agarro una cervecita, me pongo a ver Animal Planet y digo: mirá vos cómo cogen los caballos. Y todo el mundo ¡jua, jua, jua! Y de repente me agarraba un ataque de furia y decía: ¡no me pasa nada, extraño, me quiero volver! O hablaba de mis amigos paquistaníes. Al principio vivía en un barrio paquistaní, entonces contaba cuando iba al locutorio a hablar a Buenos Aires, que la primera vez que entré dije: ni loca entro ahí, está todo sucio, mugriento. Le gastaba la guita loca en el locutorio a Monzur. Y la primera vez que vine a Buenos Aires, me llaman (imita la voz): hola Cecilia. ¡¿Quién es?! ¡Monzur! Pensé que me estaban jodiendo, pero como iba todos los días, tenía mi teléfono y me llamaba. Una alegría enorme. Otra vez de nuevo por allá pero ya en otra situación, me tocan bocina; no miro, y me gritan: ¡Cecilia! Un autazo, y era Monzur. Son bravísimos. Cecilia gasta mucho, me decían cuando iba al locutorio, y ahora tenían un autazo. Pensar que al principio no me saludaban, porque yo usaba pantalones y por sus creencias las mujeres no usan pantalones. Pero fui a darle el pésame al papá de un nenito que había perdido la mamá. Y Monzur me dijo: no lo toque, salude con la cabeza y listo. Y no lo toqué. La ultima vez que fui voy caminando por la calle y alguien me dice: Cecilia… Era el padre del chico, el señor al que no había tocado. Estaba espléndido. Le di un beso, y él me dijo en ingles: “yo sé que usted quiere mucho, mucho”. Y eso que no lo podía tocar. Ellos también cambiaron. Eso es lo lindo de la diversidad y de la tolerancia, algo que nosotros no estamos teniendo. Yo he sido muy afortunada. Y éste es un buen momento de sabiduría, es un buen momento. Y eso que volví al país porque mi papá estaba muy enfermo. He tenido la suerte de poder comprender que esto también es la vida. Pensaba, cuando uno se imagina la muerte de sus padres, que nunca lo iba a poder aceptar, y pude. Pude tomar la partida de mis seres queridos con seguridad. Así que bueno, ojalá que ande todo bien, ja ja ja. *
Jorge Belaunzarán. elargentino.com. 18 de septiembre de 2009
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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina
