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Rómulo Macció: “Da Vinci es contemporáneo y yo, clásico”
Rómulo Macció: “Da Vinci es contemporáneo y yo, clásico”
Casi siempre elude las notas, pero accedió a recorrer por anticipado la exhibición que inaugurará este mediodía en la UCA.
Rómulo Macció. El artista argentino no suele dar entrevistas, pero esta vez accedió para hablar de su obra, del arte en general y de las razones de su buen humor.
Fue el martes, al atardecer, en el Pabellón de Bellas Artes de la UCA. Ya era raro que uno de los mejores pintores argentinos, el que casi siempre elude entrevistas con el lema “La pintura se muestra, no se cuenta”, el que alguna vez me dijo al otro lado del teléfono “Está bien, hablo, vení para el taller” y nunca abrió la puerta, accediera a comentar la exposición que inaugurará hoy, a las 12.30, en esa sala. Tan raro como que estuviera dando otra nota antes. Rómulo Macció (Buenos Aires, 1931) hablando en dos entrevistas seguidas. Raro no, rarísimo.
Pero ahí estaba. Atento y sonriente. Había pedido un papel para armar una cinta de Moebius. Lo doblaba y decía que Max Bill usó esa forma y que Ola de Moebius, uno de los catorce grandes cuadros que exhibe, es un “chiste” sobre esa idea “genial” de una banda de una sola cara que gira eternamente sobre sí.
De repente, se calló. Volvió a mirar Ola, la sala, le dijo a Cecilia Cavanagh, la directora del Pabellón: “¡Qué buena que está esta muestra!” y la abrazó. Y abrazó a la otra periodista, al fotógrafo y a mí. Rarísimo no, archirrarísimo. Tanto como que siguiera ahí dispuesto a hablar.
–¿Qué lo pone tan contento de esta muestra, Rómulo?
–A lo mejor me tomé un par de whiskies para tragar las notas… ¿Me preguntas en serio, no? Bueno, los cuadros son todos míos. En general, los compradores buscan la novedad. Yo elijo por otras razones. Aquí puse el acento en la calidad pictórica. No me interesa sorprender. Porque, ¿sabés qué?, como dice un refrán, casi siempre, cuando no se puede hacer algo bueno, nace lo nuevo.
–Recién lo escuché despotricar contra el arte contemporáneo.
–Claro, dije que Duchamp no sabía pintar y le puso bigotes a la Gioconda. Pero eso qué importa. Lo que importa es que el arte contemporáneo no existe. Yo no creo en la cronología. Por eso, le dije a Cecilia que no pusiéramos las fechas de realización de los cuadros. ¿Para qué sirve saber cuándo los hice? Los momentos, lo contemporáneo, para decirlo claro, el arte no tiene tiempo o es siempre contemporáneo. Piero della Francesca es contemporáneo, porque te conmueve. Miguel Ángel es contemporáneo.
–¿Y usted qué es?
–Da Vinci es contemporáneo, misma causa. Y yo, en este contexto de “arte contemporáneo”, soy clásico.
Macció provoca cuando habla. Shockea. Despista. Con ingenio o socarronería. A veces con sutilezas, otras sin vueltas. Como en sus cuadros.
Todo su trabajo, más de seis décadas de carrera con creaciones que pueblan colecciones locales, el Museo Reina Sofía de Madrid o la Fundación Guggenheim de Nueva York, teje puentes entre la pintura de su época y emblemas de la tradición. Desde 1961, cuando tras el auge del informalismo fundó el grupo Otra Figuración, con Ernesto Deira, Luis Felipe Noé y Jorge de la Vega, para borronear fronteras entre figuración y abstracción. Y hasta ahora, hasta enero por ejemplo, cuando presentó en el Centro Cultural Borges El nuevo grito, una versión magistral, siglo XXI, de El grito de Edvard Munch, donde la boca, el círculo que vibra en el célebre cuadro que el artista noruego pintó en 1893, se convierte en un pozo rectangular negro, una cuadrícula de planilla de cálculos, una advertencia de que hasta el dolor pretende ser formateado.
En otras palabras, Macció fagocita, procesa y devuelve. Hace tiempo definió su obra –caracterizada a enormes rasgos por un mix de figuras o fragmentos de figuras definidas, trazos indómitos, veladuras y choques de colores inimaginables– como “vómitos del alma”.
“Según el tema, busco el lenguaje”, le contó a Cavanagh, quien lo cita en el catálogo. “En cada cuadro está mi personalidad, pero el carácter varía. Hacer una pura estética te lleva a la uniformidad y a la repetición […] una interpretación errada de lo que debe ser el estilo”.
“Y también dije –recordó Macció a Crítica de la Argentina– que lo mío no nace de conjeturas ni de recetas; es algo que estoy llamado a hacer, y hago. Pero ¡cómo no voy a estar contento! Mirá, ¿no te gusta ese decrépito?”.
Macció señaló Babuino di Roma, un mono decrépito, sí, y fascinante. Un monstruito que posa orgulloso, casi como una Venus, que nació de una escultura que se topó paseando por la capital italiana. “¿Este babuino –preguntó– no será la decadencia de Occidente?”
“Roma es canallesca, misteriosa, histriónica, como tan bien la ha sabido retratar Fellini –le explicó a Cavanagh–. El arte está en todas partes, y es Grecia y toda nuestra tradición. Es los pintores de La Boca. Por eso, cada vez que voy a Europa no dejo de visitar Italia. No una visita de turista sino de enamorado”.
El artista también colgó Los inmigrantes o Familia italiana, el primer cuadro que realizó en el taller que instaló en La Boca en 1983. Una obra difusa, pintada como ruina romántica, donde “el sostén” es una mujer; “el sacrificio”, un hombre que carga el equipaje; “la aventura”, un jovencito que va derecho hacia fuera del cuadro, y “la sorpresa”, un niño con un gorro con “Rómulo Macció” bordado.
Además, colgó una tela áspera, dorada como el desierto y roja como el óxido, titulada Castilla. Barco petrificado, en el Riachuelo contaminado, donde “los tonos indefinidos representan el ocaso” y “el blanco natural de la tela produce un efecto de plata”. Árbol quemado. Un retrato de Tristana, su hija, artista. Un autorretrato con visera, “mejorado”. La Fontana de Trevi vaporosa. Y a Narciso mientras ahoga, voluntariamente, su reflejo en el agua.
La muestra empieza con una pintura del frente de una peluquería de Manhattan, con luces de neón realistas. Una imagen del tiempo evanescente que se parece bastante a la silueta de Macció, despidiéndose, el martes, bajo el cielo plomizo porteño.
En Alicia Moreau de Justo 1300, de lunes a domingos, de 11 a 19, hasta el 18 de octubre, gratis.
Judith Savloff. Crítica. 3 de septiembre de 2009
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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina
