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Joaquín Torres García: La ciudad y sus huellas. Por Laura Casanovas
Joaquín Torres García: La ciudad y sus huellas
La muestra consagrada a Joaquín Torres García, padre del Universalismo Constructivo, articula un conjunto de obras esenciales siguiendo el recorrido del maestro uruguayo por aquellos ámbitos que definieron su estilo.
Por Laura Casanovas
Para el artista uruguayo Joaquín Torres García existía la tradición de la olla de barro, pero no podía existir la tradición de la olla de aluminio, porque en esta última no había colaborado el espíritu. De esta forma sintetizaba su pensamiento crítico hacia el mundo material de las nuevas tecnologías y los procesos maquínicos de la modernidad.
Una reflexión, a la vez, resultado de la vivencia de ese tiempo como protagonista de los movimientos de vanguardia artística de las primeras décadas del siglo pasado. Y como habitante de la ciudad, escenario privilegiado de las tensiones y libertades, de las utopías y distopías, de las esperanzas y frustraciones de esa modernidad.
La nueva ciudad, que tuvo para el artista los rostros de Barcelona, Bilbao, Nueva York, París, Montevideo, lo proveyó de su experiencia visual y existencial, a la vez que lo condujo hacia la consecución de un lenguaje propio que culminó en la propuesta del Universalismo Constructivo a partir de la década del 30. Este es el camino que invita a recorrer la exposición “La Ciudad y los Signos”, curada por el investigador Gabriel Peluffo Linari, la cual se presenta en el Museo de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Muntref). Una gran oportunidad para acercarse a la producción artística y a las ideas de Torres García, a través de un conjunto de 50 obras entre pinturas, dibujos y esculturas.
La muestra se inicia con la experiencia del artista en la Barcelona de 1917, momento en el que se produce un giro en su pensamiento. Los dibujos de este período, señala Peluffo Linari, conforman un conjunto “representativo del problema que le propone la ciudad al artista, y cuyas respuestas lo sitúan tempranamente como un pionero de la vanguardia plástica española”. Ya se puede ver en ellos la visión fragmentada de escenas de la ciudad en una retícula y el planismo de las formas.
También en esta época, el artista plantea la importancia de encontrar “lo clásico en lo moderno”, que implica hallar en lo cotidiano supuestas constantes formales y simbólicas que forman parte de lo que denomina la Gran Tradición del Hombre Abstracto.
El dinamismo de la ciudad moderna se acentúa en sus trabajos de Nueva York, entre 1920 y 1922, ante el impacto que le produce esta metrópoli, como se observa en las tintas y acuarelas del álbum Nueva York Sketchbook con esa línea suelta y veloz que se combina con el color casi como mancha. En los dibujos y escenas de París, hacia 1926, hay algo de esa velocidad que empieza a aquietarse y en algunos casos se prefigura cierto espacio ortogonal que luego caracterizará al constructivismo abstracto.
Ya en 1929, la trama lineal en la que articula las escenas de la ciudad se convierte en una retícula que contiene signos y de esta forma arriba al lenguaje constructivista. El artista vuelve en esta época a utilizar la madera por su tradición y poder simbólico vinculado con lo popular y con la naturaleza en oposición a los materiales artificiales productos de la industria. Con ella realiza, en el año 1932, su Empire State Building –hito tecnológico de Nueva York–, al cual le quita, de esta forma, su carácter industrial y lo convierte en un pequeño monumento del Universalismo Constructivo.
En 1934, Torres García regresa a Montevideo, ciudad que había dejado cuando sólo tenía 17 años. Un año antes, en 1933, había tenido lugar el golpe de Estado de Gabriel Terra y había llegado el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros.
Allí su Arte Constructivo se impregna de la tradición de la iconografía indo-americana y luego retoma el paisaje urbano. La historiadora del arte e investigadora Laura Malosetti Costa sintetiza la propuesta de Torres García al llegar a Montevideo: “Un arte universal que fuera el equilibrio perfecto de espíritu y materia, abstracto y concreto, de raíz americana (prehispánica), colectivo, desjerarquizado respecto de sus usos y soportes, que se inscribiera en todas las esferas de la vida en común”.
Es también en esta ciudad donde el artista proclama: “Nuestro Norte es el Sur”. Con esta frase sitúa su programa universalista en un lugar específico y cambia la mirada eurocéntrica de las vanguardias artísticas. En el Nº 1 de la revista Círculo y Cuadrado, en 1936, que continuaba la tradición de su homónima parisina Cercle et Carré de la que había formado parte Torres García, se publica su célebre dibujo del mapa de América del Sur invertido.
En el manifiesto de la Escuela del Sur, el artista sostiene: “Por eso ahora ponemos el mapa al revés, y entonces ya tenemos justa idea de nuestra posición, y no como quieren en el resto del mundo”. Un enunciado propositivo y fundacional en el que formula la independencia artística de nuestro continente hacia una modernidad propia.
“Norte en el Sur” es el título de la otra exposición que se presenta en el Muntref, la cual reúne 22 obras de los discípulos de Torres García en Montevideo. La curadora de este conjunto, Malosetti Costa, se centra en mostrar cómo los discípulos y seguidores del artista a la vez que se vieron influenciados por el maestro luego desarrollaron sus propios caminos, como lo atestiguan las obras de José Gurvich y la poética abstracción sensible de Amalia Nieto, entre otros ejemplos.
En 1935, Torres García formó la Asociación de Arte Constructivo y, en 1942, nació el Taller Torres García. Este último sobrevivió al artista hasta principios de los años 60. Mientras que a partir de 1957, el taller del Cerro de José Gurvich siguió el legado torresgarciano del cual se nutrieron argentinos como Jorge y Adolfo Nigro y Alberto Delmonte. La tarea educativa y artística de Torres García en su país, que implicó un proyecto de arte y vida –rasgo vanguardista por excelencia–, ha perdurado de distintas formas, como señala Malosetti Costa: “(…) en varias generaciones de artistas y artesanos formados en el Uruguay desde entonces hay una manera de trabajar y de pensar el arte, una valoración por la tarea colectiva y una adhesión a cierta austeridad geométrica de la sensibilidad que permanece de muchas y diversas maneras, no siempre evidentes en las obras”. Una impronta, concluye, “indeleble y duradera”.
Revista Ñ. 18 de junio de 2011
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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina
