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Ludwig Wittgenstein: El alma más desnuda. Por Alejandro Grimoldi

Ludwig Wittgenstein: El alma más desnuda
Es uno de los pensadores que más fértiles han sido para la filosofía del siglo XXI. Protagonista de una vida excepcional (familia aristocrática, niñez rodeada de grandes artistas, alumno y profesor atípico, soldado) y autor de dos libros inevitables, un homenaje a sesenta años de su muerte.
Por Alejandro Grimoldi

Hace cien años comenzaba el periplo filosófico del joven Ludwig Wittgenstein. Partía en tren desde Manchester, abandonando para siempre sus estudios de ingeniería aeronáutica, y se dirigía a Cambridge para presentarse sin anuncio ante uno de los más eminentes filósofos anglosajones, Bertrand Russell. Su propósito era doble: además de su intención de estudiar y discutir con Russell los fundamentos lógicos de la matemática, necesitaba que éste despejase la sospecha, que venía madurando desde hacía tiempo, de que, si poseía talento alguno para algo, era para la filosofía. Y que, de ser así, debía consagrar su vida a ella.

Russell, y luego el mundo, no tardarían en notar que Wittgenstein no era una persona corriente. De todos cuantos se han dedicado al desarrollo del Espíritu, al arte, la ciencia, la religión y la filosofía, sólo sobre unos pocos ha caído la vida como una suerte de deber divino, como un milagro y una condena que pide consumarse con la entrega perfecta y total. En ese rapto, esos pocos hombres han pasado al aislamiento, la locura y la muerte: Sócrates, Spinoza, Hölderlin o Nietzsche. Ludwig Wittgenstein, hasta la fecha, ha sido el último de ellos. “Tengo un alma más desnuda que la mayoría de la gente y en eso consiste, por decirlo así, mi genio”, escribiría ya adulto. Más que cualquier exégesis académica, esa sola frase basta para atisbar la esencia de la formidable persona que fue Wittgenstein.

Su origen fue ya extraordinario. Ludwig nació el 26 de abril de 1889 y fue el octavo y último hijo de Karl y Leopoldine Wittgenstein, una de las familias más ricas de la última Viena de los Habsburgo. Karl, de ascendencia judía, había avanzado desde la nada hasta controlar la industria del hierro y el acero del imperio y, como poderoso patriarca, exigía a sus hijos su misma excelencia y vocación. Todos debían educarse en casa, para evitar el lastre de la medianía pública, y luego debían estudiar ingeniería para continuar la empresa familiar. Por otro lado, los Wittgenstein tenían una marcada aptitud artística. Todos fueron instruidos en música –para Ludwig, tal como para Nietzsche, la máxima de las artes.
Esa afición llevó a Karl Wittgenstein a ser uno de los principales mecenas de Viena. A su casa acudían muchos de los genios artísticos que colmaron los últimos años de la declinante capital imperial. Brahms, Mahler, Rodin, Klimt. Klimt retrató a Margaret, una de las hermanas de Ludwig, y Ravel compuso un concierto para Paul, el penúltimo hijo, que sería un sobresaliente concertista. Esa atmósfera cultural privada era una extensión de la pública. Presintiendo el final, la Austria aristocrática había procurado legar al mundo la inteligencia de su ocaso. Así aparece la sombra del futuro, la música de Schönberg, los edificios de Adolf Loos, las conjeturas de Freud.

Quizá no sea casual que, como último de esa generación, Wittgenstein haya sido filósofo, pues, como sabía Hegel, la filosofía llega tarde, llega después. Sin embargo, nadie preveía en él nada grande. Ludwig, que recién empezó a hablar a los cuatro años, pareció el menos destacado de sus hermanos. Tres de ellos se suicidaron: de carácter artístico o vacilante, terminaron abatidos por las exigencias de su padre. Ante tamaña tragedia, Karl decidió cambiar sus métodos y envió a Ludwig a una escuela técnica. Fueron sus compañeros los primeros en notar que, como dijo alguno después, “no era de este planeta”.

Sin demostrar todavía brillo intelectual alguno, su singularidad asomó primero en su incompetencia para el trato social. Su insistencia en tratar a sus compañeros de “usted” y “señor” resultaba, además de ridícula, increíble. Ese era ya un buen indicio de su carácter. La rareza de Wittgenstein radicaba en que vivía enteramente consigo mismo, en una soledad primigenia cuyo único punto de referencia era él. Y así como vivía recogido en sí mismo, enteramente se proyectaba hacia los demás, sin cálculo, mediación o vergüenza. Era intenso, dominante, pero podía ser afable y hasta encantador. De ahí la ingenuidad infantil o brutal con que trataba al resto. De ahí que tantos sospechasen, sin exageración, que estaba loco. De ahí el rumbo y la forma que tomarían su vida y su obra.

Durante el colegio se convenció de que debía fijar “una meta a la que ser fiel”, una actividad verdadera a la que abocar su vida para que tuviese sentido. O más bien, para que la vida, como tal, pudiese manifestarse. Wittgenstein no pensaba en una carrera destacada, no tenía por “meta” ninguna exigencia institucional. Lo que anhelaba era ser simple. Sus búsquedas, culpas y dilemas tendrían por origen y destino la necesidad de una vida transparente en la que diese sólo lo que tenía para dar, sin vanidad y sin otro sentido que el acto de la donación misma. La búsqueda de este supremo objetivo moral lo llevaría tanto a estudiar en la Universidad como a ser jardinero en un monasterio o maestro en escuelas rurales, pero siempre con inquietud e insatisfacción.

De hecho, cuando terminó la escuela, pensaba sobre todo en suicidarse. Esta era la contracara de la intensidad con que vivía su deber. En varios momentos de su vida volvería a encontrarse así, desorientado entre la soledad y el asco por la vulgaridad impía de la gente común. El suicidio parecía la única decisión coherente. De acuerdo a los deseos de su padre, comenzó a estudiar ingeniería, primero en Berlín y luego en Manchester. Fue entonces cuando las cosas comenzaron a cambiar. La ingeniería lo llevó a interesarse por la aviación, la aviación por la teoría de sus cuestiones técnicas, la teoría técnica por su pura teoría matemática, la matemática por sus fundamentos puramente lógicos. Cuando supo que un tal Bertrand Russell había publicado hacía pocos años un libro, Principia mathematica, que trataba la cuestión, encontró su meta.

El feroz alemán. A poco de haber llegado a Cambridge, Wittgenstein era ya la figura más sobresaliente de la Universidad. Todavía no había hecho propiamente nada, pero su carácter bastaba para impresionar a todos. Russell captó prontamente algo de la esencia de ese “feroz alemán” que se había presentado en carácter de discípulo y que no tardó en mostrarse extraño a toda disciplina. “Su disposición es la de un artista, intuitiva y temperamental”, anotaba en esos primeros meses.

Por eso la vitalidad de Wittgenstein se riñó de raíz con la vida académica. No existía ahí sencillez alguna. Veía más bien una comunidad buscando resolver de una manera casi operativa problemas que para él no tenían sentido. La rutina universitaria estaba viciada de falsedad y apatía, de protocolos inútiles para gente mediocre. Además, las propias inquisiciones de Wittgenstein tenían una dimensión trascendental, total, que la mente anglosajona no podía –y no puede– asir. “No son una raza filosófica –esos ingleses”, sentenció Nietzsche, despreciando la falta de una “auténtica potencia en la espiritualidad, auténtica profundidad en la mirada espiritual; en suma, filosofía”. Eso mismo padeció el germánico Wittgenstein.

Fue alumno y luego profesor en Cambridge, pero siempre lo fue de modo irregular. Nunca estudió filosofía propiamente, ignoraba casi por completo su tradición. Consiguió sus títulos y sus cátedras por la originalidad y el genio de las investigaciones que escribía solo, al margen de las exigencias universitarias. Más adelante se crearía para él la materia Filosofía, que dictaba ante un exiguo puñado de alumnos que lo seguían, confundidos y fascinados, y que quedaban absortos en esas “no clases” en las que Wittgenstein simplemente pensaba en voz alta las ideas que lo ocupaban en el momento.
Pero nunca estuvo cómodo en la Universidad. Si bien prolongadas, sus estadías allí serían, como en todos lados, discontinuas. Sus amistades, escasas y profundas. Eventualmente renunciaría para siempre a su inmensa fortuna familiar y viviría como un asceta, alternando entre Inglaterra, Noruega, Austria e Irlanda. Pero Wittgenstein no tenía en verdad un lugar, un hogar. No podía tener apego por una ubicación, por así decirlo, material. Lo constante era su preocupación por su perfección moral, que implicaba la dedicación a su trabajo filosófico; dónde lo desarrollaba era una cuestión secundaria.
Por todo esto, cuando estalló la Primera Guerra, huyó de Cambridge para alistarse en el ejército. “Quizá la proximidad de la muerte traiga luz a mi vida”, escribe en el frente. Ir a la guerra era una forma de entregarse de manera total al mundo, de fundirse con una situación que borraba sus limitaciones y lo proyectaba dentro de un horizonte existencial pleno. “He pensado en Dios. Hágase tu voluntad. Dios esté conmigo.” Wittgenstein volcaba así la totalidad de su vida, de la vida, al Todo, a Dios. Así pasó la guerra, entre el trabajo intelectual y el trance místico, pidiendo siempre los puestos más peligrosos ante la incredulidad de sus superiores, y redactando casi en su totalidad la única obra que publicaría en vida: el Tractatus Logico-Philosophicus.

Lenguaje y mundo. La afirmación de que Wittgenstein es un “filósofo del lenguaje” es poco feliz. Por un lado, porque no era alguien que fuese a particularizar ningún “objeto de estudio”. Su inquietud era, dijimos, total. Por otro, porque buscó esa totalidad más bien en el fenómeno del sentido como tal, y no solamente en el lenguaje. Y quizá, por último, porque su obra quiere poner fin a todos los problemas precisamente filosóficos.

Wittgenstein llegó al lenguaje a través de la lógica. En el Tractatus, ésta es la matriz que configura la estructura tanto del mundo como de “nuestro lenguaje”. Por eso vemos el mundo a través de nuestro lenguaje: las posibilidades y los límites de éste son las posibilidades y los límites de aquél. Lenguaje y mundo son las dos caras inmanentes de una única estructura lógica que no puede describirse sino sólo mostrarse en uno y el otro. El mundo muestra esa estructura en la factualidad neutral de los “hechos”. En la medida en que la filosofía ha usado un lenguaje estructurado sobre lo factual para ponderar aquello que lo excede, ha hablado en vano.

Pero frente a la máxima positividad neutral de los hechos, se alza y desborda la máxima negatividad sublime de lo ético y lo sagrado. Los “límites del lenguaje” no se cercan sobre un terreno que continúa allende, como si hubiese una diferencia de grado entre lo que podemos y lo que no. La diferencia es de naturaleza, y es absoluta. El reino de lo ético existe fuera de la estructura lógica que rige el mundo y el lenguaje. Por eso es sagrado e indecible. En ambos casos, en el decir y el callar del lenguaje, todo está dado palmariamente. La filosofía de Wittgenstein no conoce oscuridades. Más bien las conjura. “La tarea de la filosofía es tranquilizar el espíritu con respecto a preguntas carentes de significado. Quien no es propenso a tales preguntas no necesita la filosofía”, escribió. La filosofía de Wittgenstein busca la misma ardua simplicidad que él buscó en su vida.

No se equivocó, sin embargo, Richard Rorty al decir que el Tractatus había hecho del lenguaje un objeto trascendental, metafísico, cerrado. Una construcción teórica que, como tal, contradecía su carácter diáfano. Wittgenstein se volvió radicalmente en contra de todo lo que había escrito, justamente en virtud de la coherencia y la unidad de su particular búsqueda. El giro de su pensamiento quedó escrito en Investigaciones filosóficas, que no llegó a publicar en vida y que se basa en la premisa, contraria a la del Tractatus, de que no hay una cosa tal como “nuestro lenguaje”. Esa noción es reemplazada por los plásticos e infinitos “juegos de lenguaje”, sobre los que no rige ya ninguna estructura unitaria sino que crean su propio sentido sui géneris. Ante las Investigaciones..., el Tractatus queda como un libro cerrado, imposible de expandir: una obra estética. Las Investigaciones..., en cambio, enseñan y abren indefinidamente la consideración de cómo se manifiesta el sentido en general. Allí se conjetura, se pregunta, se ensaya. No en pos de descifrar un enigma, sino de indicar nuevamente que no hay tal cosa. La intención es siempre esclarecer el decir de nuestro lenguaje, de nuestro mundo.

Cuando contrajo cáncer de páncreas, Wittgenstein ya se había marchado de Cambridge, finalmente harto de la superficialidad académica. Se había marchado precisamente para trabajar mejor, pero presentía ya su muerte. Recibió la noticia con su franqueza habitual, sin miedo, pena ni misterio. Volvió a Cambridge desde Londres, pero esta vez a la casa de su médico, para esperar. A él fue a quien dijo, antes de que llegasen a verlo algunos de sus alumnos: “Dígales que tuve una vida maravillosa”. Murió el 29 de abril de 1951.

Perfil. 18 de junio de 2011

Creado el 20/06/2011. Etiquetas: Filosofía y ciencias sociales

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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina