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Roland Barthes: Plan de operaciones. Por Beatriz Sarlo
Roland Barthes: Plan de operaciones
Se publican los seminarios que el semiólogo dictó entre 1974 y 1976: clases que conformarían, un año después, el célebre ensayo “Fragmentos de un discurso amoroso”. “De ahora en más, los lectores podrán hacer una experiencia que sólo hicieron quienes escucharon los seminarios en los años setenta”, escribe Beatriz Sarlo en este artículo donde relee y analiza el libro.
Por Beatriz Sarlo
Hacia el final de este volumen de casi setecientas páginas, Roland Barthes confiesa qué sabe y qué no sabe después de tres años de seminarios sobre el “discurso amoroso” (1974 a 1976). Sobre el amor (dice) no sé nada; habría debido describir los tipos de amor, el celoso, el paranoico, el obsesivo, el amor infantil, etc. En cambio, buscó el “tipo” del enamorado.
Contra lo que pueda creerse, Barthes es diáfano al definir su “método”: dejar que el sujeto se defina a medida que habla (Werther, por ejemplo), que “se constituya bajo nuestros ojos” a través de su discurso, porque el enamorado es un discurso más que la pulsión hacia un objeto amoroso. De esa pulsión y de su objeto no conocemos nada; son el lado ciego del amor. El discurso en cambio, frágil, entrecortado, razonador, mentiroso o sincero es lo único que nos llega desde una escena secreta. El discurso del enamorado es repetitivo como el de un viejo, discontinuo, jadeante, pesado, aleatorio: las figuras del discurso amoroso se suceden sin orden, heridas por la casualidad de acontecimientos que son esenciales para el enamorado, pero que son también (el adjetivo es de Barthes) “ínfimos”.
Cuando escribía este plan de operaciones sobre el discurso del enamorado, ya faltaba poco para la salida de Fragmentos de un discurso amoroso, publicado por Seuil en 1977. Fragmentos... cumple anticipada y doblemente el “plan de operaciones”: analiza el discurso del enamorado y es, también, de manera diáfana, visible, casi diría deliberada, un discurso amoroso que elige presentarse como autoexamen de discursos escritos por otros (verse en esos espejos). Un hilo biográfico, cuyo misterio no se devela, une a Barthes con el discurso amoroso, como probablemente hubo líneas que lo unieron a casi todos sus textos. No hay por qué sostener que sólo la ficción lleva una inscripción biográfica.
Como sea, Fragmentos... es un libro de discontinuidades deliberadas (no padecidas por falta de imaginación crítica) que presenta las figuras del discurso del enamorado según citas e imágenes. En la suma de pequeños capítulos, el libro muestra el desorden compositivo y sentimental del amor como nunca habría podido hacerlo un orden argumentativo o deductivo. Aprendemos a reconocer el amor en el desorden sucesivo que lo captura en su discurso. Nunca como acá, Barthes fue tan intensamente personal ni tan indiscreto. Fragmentos... es un libro admirable por la elegante originalidad con la que se mueve entre un Yo, que no es “yo”, y un El, que tampoco es un ajeno. Pero Yo y El siempre tienen algo de desconocido. Es exhaustivo en su discontinuidad, como si aquello que se dice a borbotones (el discurso amoroso) tuviera que ser tomado en esos cortes y retomado por el discurso crítico.
Lo que ahora se publica como El discurso amoroso son los seminarios de la Ecole Pratique, seguidos de algunos inéditos que podrían haber pertenecido al libro de 1977. No son los primeros seminarios de Barthes que conocemos en castellano. En 2003, Siglo XXI de Argentina publicó Cómo vivir juntos, con prólogo de Alan Pauls; en 2004, Lo neutro, con prólogo de Nicolás Rosa; y en 2005, La preparación de la novela (en extraordinarias traducciones de Patricia Willson, más exactas y refinadas que la actual traducción del libro que comentamos).
Las ediciones francesas de estos seminarios son un modelo de trabajo filológico en el establecimiento de manuscritos, fichas y anotaciones. Aunque no se conozca en detalle el enorme trabajo de hipótesis, de dudas sobre versiones, de desciframiento de tachaduras y enmiendas que es necesario hacer sobre manuscritos que no estuvieron destinados a la publicación, es evidente para cualquiera lo que ha alcanzado el equipo dirigido por Eric Marty. El texto de este volumen fue establecido por Claude Coste, como el de los anteriores.
Leer El discurso amoroso como libro que se abre al azar es la primera tentación de quien ama a Barthes y ya ha leído el libro que salió de estos seminarios. Los editores indican que los fragmentos están muy pensados, escritos con la puntuación exacta. Por eso, tampoco es posible recorrer este libro como si fueran simplemente notas taquigráficas. Por una parte, encontró un final al año siguiente de los seminarios; por la otra, sus anotaciones no son títulos de temas, ni aforismos que esperan un desarrollo. Se presentan, más bien, como unidades que ya han sido exploradas. Barthes las escribió como una gigantesca, desmesurada (para las medidas habituales de sus libros) colección de análisis de textos literarios y teóricos y, sobre todo, de preguntas formuladas repetidamente. La misma pregunta, por ejemplo, “¿Por qué elegí el discurso amoroso?”, es decir una duda sobre el propio objeto de las clases en el seminario.
La pregunta, como sucede con frecuencia en Barthes, remite a la elección del conjunto de textos a analizar. Allí se juega no simplemente un comienzo, sino toda una teoría. Desde los años sesenta, desde su pretérito estructuralismo, Barthes estuvo preocupado por la definición del “corpus”. No desdeñó esa preocupación en esta etapa final, la más escrita, la más ensayística, sin duda, la más bella.
El imaginario crítico barthesiano le da en estas notas un lugar destacado a Lacan, seguramente después de Nietzsche, el más citado (como los haiku y Proust son los más citados en los seminarios sobre la “preparación de la novela”). Pero ya se sabe cómo cita Barthes. En este sentido, los seminarios son una clase magistral sobre su “método”.
Lo absolutamente genial en Barthes es que “método” y escritura no se diferencian. No existe una forma de investigar el tema y una forma de exponerlo. Barthes lee del mismo modo en que escribe: busca las figuras del discurso en otros y establece su propio elenco de figuras; entra a los textos siempre por los lugares más escondidos, aquellos que, incluso, pueden parecer inertes, y los arrastra hasta ponerlos bajo una luz que tampoco suele ser directa, sino sesgada, que muestra todo con nitidez, pero que no cae rectamente sobre los objetos.
El “método” Barthes no es algo que luego deba borrarse para llegar a la escritura, como si se tratara de un andamiaje exterior al texto que llegará. Por el contrario, Barthes encuentra su texto en esos textos que jamás son auxiliares ni meras pruebas que se acumulan sobre una idea. Nada más lejos de Barthes que el movimiento de probar, nada más ajeno que el paso a paso de la demostración. Sin embargo, cada cita, cada comentario y cada observación lateral son intensamente persuasivos.
Lo escrito sobre el “método” probablemente sea una definición también del ensayo barthesiano (o del ensayo, a secas). De ahora en más, los lectores podrán hacer una experiencia que sólo hicieron hasta hoy quienes escucharon los seminarios en los años setenta. Elegir si abren primero el libro terminado (Fragmentos de un discurso amoroso) o recorren primero el camino del pensamiento-escritura barthesiano. En cualquier caso, se trata de una experiencia estética que no nos deja iguales. Como el enamorado,, Barthes es Barthes en su discurso.
Perfil. 29 de mayo de 2011
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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina
