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Dario Fo: La inédita usina multicéfala.
Dario Fo: La inédita usina multicéfala
Premio Nobel de Literatura 1997, ya no concede entrevistas. A poco de cumplir 85 años, él ya no habita esos lugares. Pero fue tomado por sorpresa y dialogó con Perfil. Recuerdos de su primera y única visita a la Argentina en los albores de la democracia.
Por Matias Marini
Maneja cada fibra del cuerpo con maestría. Se desplaza por el escenario con exactitud cronométrica. Ríe a mandíbula batiente. Todo en él es pantagruélico. “Hombre del teatro político que, en la tradición de los juglares medievales, fustiga al poder y restaura la dignidad de los humildes.” Así prefiere definirse el italiano Dario Fo, Premio Nobel de Literatura 1997.
Atleta del escenario y de la dramaturgia, a sus 84 años Fo acaba de reponer Misterio bufo, una de sus obras cumbre, estrenada hace cuatro décadas. Turbión de mímica, gestualidad rabiosa y onomatopeyas, el texto deja en jaque a la figura del Papa, cuestiona las indulgencias, los milagros, y se interroga sobre Dios y Cristo.
“No imaginé que hubiese un deseo tan grande de vernos”, dice a PERFIL, en entrevista exclusiva. Las calles del Teatro Nuevo de Milán quedaron tapizadas por colas interminables para ver al Nobel y a su esposa –la actriz y ex senadora comunista Franca Rame– interpretar un texto que, como los clásicos, obtiene desde los abismos del pasado una fotografía del presente. Es que algo huele mal en Roma. Misterio bufo fue estrenada en las postrimerías de los 70, bajo el tinglado de una fábrica de Milán. Una masa de obreros y estudiantes hijos del Mayo francés aplaudía al futuro Nobel mientras éste revolucionaba el lenguaje del grotesco y del teatro de narración. Una obra que rompió el dique de contención entre escena culta y lenguaje popular.
Las calles italianas vuelven hoy a convulsionarse y, entonces, se reabre el telón de Misterio bufo. El vengador popular gana otra vez el proscenio para devolver a los poderosos una imagen de sí monstruosa y ridícula. “La repuse porque volví a sentir el clima del 68 en los estudiantes, pero también en los obreros que se juegan la vida en el trabajo”, explica este heredero de la Commedia dell’arte, con un tono indómito que recobra eco con las recientes protestas de estudiantes italianos contra la reforma del sistema universitario y ante el drama epocal de los empleados de Fiat, que aceptaron la reducción de sus derechos laborales para conservar el puesto.
“Para evitar la censura –cuenta–, los juglares hablaban de personajes y episodios antiguos, y nuestros textos funcionan de maravilla tanto hoy como hace cuarenta años; la infamia, la hipocresía, la trampa y las estafas del poder son las mismas. En muchas cosas, el poder pasó del grotesco a la farsa, una involución que requiere una reinvención continua incluso en el teatro porque no podemos quedarnos sólo en la farsa.”
—El deseo del público por verlo en escena, ¿tiene que ver con la coyuntura política que hoy vive Italia?
—Este es un momento muy difícil. Hay un jefe, Silvio Berlusconi, que fue elegido por una parte importante de la población y que tomó el poder a cuatro manos; incluso con los pies y con los dientes. Un jefe que hasta se inventó leyes inexistentes en su momento y las usa para sus propios intereses, porque tiene varios juicios pendientes. No es verdad cuando él afirma que desde que entró en política se le tiraron encima con investigaciones judiciales para destruirlo. Es al revés. El entró en política para salvarse de los juicios de los que no lograba defenderse.
—Y usted volvió a subir la realidad al escenario transformando a ese jefe en un personaje teatral.
—Sí, escribí El anómalo bicéfalo, donde me valgo de un pretexto paradójico para contar toda la historia de lo que hizo Berlusconi en estos años. Por ejemplo, la paradoja y la obscenidad de inventarse un apoyo y una consideración positiva de un público completamente obtuso. Todo lo que hoy estamos viviendo es anormal, contrario a la lógica. La cultura de la desinformación, el adormecimiento de las conciencias...
—¿Cómo se sale de ese pantano?
—Se sale de manera brutal, con una acción colectiva. Alcanzaría con que terminase la mezquindad de toda esa gente adormecida y sumisa que acepta todo y lo deja pasar, que incluso ve simpático a Berlusconi, como una especie de malvado entretenido que hasta logra emocionar.
—¿Ir al teatro para oírlo es un gesto inconformista?
—La rabia es una buena señal, pero no alcanza. La rabia, sin una razón, no es productiva. Las ganas de ir al teatro que estamos viviendo es positiva. Parece que la gente necesita de él como una forma de terapia. Quizá una risotada ayude a tomar conciencia. Para eso sirve la cultura. Para el poder es peligrosa y por esto se sienten tocados. Si no entendemos la obscenidad de lo que estamos viviendo frente a los ojos de toda una nación, entonces estaremos siempre así, obsecuentes y sin un gesto importante de resentimiento.
—Sus monólogos de “Tengamos el sexo en paz” parecen premonitorios...
—Aquel trabajo era una crítica a los lugares comunes acerca del sexo. Tomar al sexo como si fuese un chisme es una bajeza de la inteligencia y de la libertad. Es la emoción por lo prohibido. Pareciera que si nos quitan lo prohibido nos quedamos sin el placer de hacerlo. Inventamos lo prohibido para poder tener emociones y necesidades. El hecho de que esté prohibido hacer el amor con una menor de edad lleva a Berlusconi a ser el único que se preocupa por hacer el amor. La menor que demuestra más edad de la que tiene lo conduce a una emoción enorme. Es ahí cuando se convierte en una excitación: le pago, le hago regalos y le prometo medio millón de euros si se queda callada. Y todo sigue como si nada. Vivimos en el mundo de la locura y de la paradoja. Esto es lo que hay que eliminar. No me refiero a una idea de moralismo, sino al discurso de la bajeza. Somos un pueblo de enfermos psíquicos. Necesitamos de una terapia violenta para curarnos.
—Mientras tanto, el poder le cobra un precio alto a la política como arte del bien común.
—No nos confundamos. Berlusconi no es como es por culpa de la política. La nuestra es la patria del humanismo, lo inventamos y lo hicimos popular en todo el mundo. Hicimos de él una disciplina en el plano cultural. Lo transformamos incluso en arte. Por eso, respetemos nuestra capacidad. Dejemos de buscar pretextos estúpidos para sepultar nuestra inteligencia.
El recuerdo de Borges. La guerrilla semiológica de Fo también recibió balas. En Italia lo trataron de “payaso escuálido” y de “juglar decadente”. Estuvo 15 años en las listas negras de la TV pública italiana, la RAI. Fue arrestado. Le clausuraron teatros y colocaron bombas a sala cerrada. Pero “nunca fui atacado en escena” como le pasó en la Argentina, cuando en mayo de 1984 interpretó Misterio bufo a sala llena en el porteño Teatro General San Martín. Un grupo de católicos ultraconservadores marchó por las calles para acusarlo de blasfemo. Actores y técnicos de muchos teatros porteños hicieron una contramarcha. Hubo batallas campales frente a la sala: trompadas, insultos y cascotazos feroces contra la vidriera del teatro. “En la Argentina no se ofende al Papa”, rezaba uno de los carteles, envuelto por banderas del Vaticano. “Nadie se ríe de Cristo”, gritaban. La Corporación de Abogados Católicos exigió al entonces intendente de la Ciudad levantar la obra. A Fo lo trajo “la patota cultural” de Alfonsín, decían los disconformes. “Se va a acabar la sinagoga radical”, coreaban otros.
Fo había aceptado la invitación de la entonces Municipalidad de Buenos Aires porque, aseguró, “en ningún otro país del mundo como en la Argentina el teatro alcanzó tanta importancia”. Su obra Muerte accidental de un anarquista venía representándose desde la Guerra de Malvinas a sala llena.
Mientras la calle rugía, teatro adentro Fo fue interrumpido en pleno monólogo cuando desde la fila 15 le lanzaron una granada lacrimógena que terminó en la platea. El humo naranja del dispositivo y un silbido lascivo obligaron a evacuar la sala y a suspender la función. Fo invitó al público a guarecerse sobre el escenario, junto a él. Las Madres de Plaza de Mayo estaban allí, invitadas por el actor. “Me precipité sobre un lavabo para enjuagarme los ojos y por veinte minutos vi todo negro con pelotitas violetas y círculos azules”, recuerda el Nobel. Las funciones siguieron, pero “trabajé cada noche con la idea fija de una pistola apuntándome al entrecejo”.
Con la calle Corrientes aún hirviendo, Fo declaró a los medios: “Creo que los argentinos viven encerrados en un sueño. De pronto, despiertan. Entreabren los ojos y ven a la libertad. Entonces se preguntan, ¿será cierto que es la libertad? Y vuelven a cerrarlos.”
La prensa de entonces fue agridulce con el huésped. La afección de Fo “es la enfermedad infantil del anticlericalismo”, sancionó el diario La Nación. “Ideología desacralizante”, “iconoclasta” y pecado de “permisividad cultural”, escribió Tiempo Argentino. Pero hasta los críticos más enconados le reconocieron “una indiscutible honestidad de conciencia, que no se ha plegado en ningún momento a ventajas materiales o económicas”.
Con los años, Fo reveló que tras el ataque sufrido en Buenos Aires se quedó esperando una llamada solidaria de Jorge Luis Borges. Lo reconoce como a uno de sus maestros, aunque se queja de la “ausencia de la vida real” del escritor argentino. Y deja entender que esta falta de compromiso social le habría costado el Nobel al poeta. “Prefiero contar la rabia de mi gente que describir con bellas palabras el esplendor de una manzana olvidada en una rama”, escribió Fo en un cuento de 2002 para el libro AntiBorges. En su relato, un juglar es torturado ante la indiferencia del “poeta sublime” (Borges), lo que arranca la indignación de su alumno y aprendiz. En el desenlace, Fo juega con la idea de que la ceguera de Borges no era sólo fisiológica, sino indiferencia ante el sufrimiento humano.
Prontuario cultural. “Los actores me ven como un dramaturgo que actúa, mientras que los dramaturgos me consideran un actor que escribe”, se divertía Fo hace unos años. Pero el dilema de su aparente androginia artística quedó resuelto cuando la Academia del Nobel le alzó el pulgar en 1997. Galardón en mano, ya nadie se atrevió a replantear aquella díada. Ni a conformarse con decir que era el Jacques Tati italiano. Fo es una inédita usina multicéfala.
Su inventiva le regaló al acervo cultural italiano un versión rescatada del grammelot, lenguaje hiperbólico derivado de la Commedia dell’arte y compuesto por sonidos que emulan el ritmo y la entonación de un idioma moderno. En esa ensalada fonética se cuece un mix de dialectos hablados en el extenso valle padano, en la Italia septentrional. El ganador del Oscar Roberto Benigni hereda en parte la escuela de Fo.
El grammelot le sirvió para contar historias modernas que llegan desde el medioevo y viceversa, desde la plazas, las hosterías, para sumergirse en una dimensión a veces intemporal desde donde recupera músicas y lenguas arcaicas.
Las miserias de la cultura burguesa despliegan sobre el escenario de Fo toda la hipocresía de una clase social. Teatro social, de denuncia, de asalto, político, militante. Que habla de amor, sensualidad, sexo, religiosidad, rabia.
Junto con su esposa, Franca Rame, Fo creó a mediados del siglo pasado una compañía teatral, pero también un matrimonio artístico polémico e imbatible. “Hemos luchado contra la censura, sufrimos violencia, nos quemaban los teatros –cuenta–. Cuando hablaba de la mafia me insultaban y me daban a entender que yo terminaría mal.”
Desde hace años, Fo es el autor italiano más representado en el mundo. Su teatro nos recuerda que el rey casi siempre está desnudo. Una locura preclara.
Perfil. 27 de febrero de 2011
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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina
