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Balthus por Balthus. El pintor de las ninfas equívocas. Por Eduardo Iglesias Brickles

Balthus por Balthus. El pintor de las ninfas equívocas
Pasión, desdén y algo de fatigada afectación vibran en la entrevista que el singular artista concedió a Françoise Jaunin, ahora publicada en un libro.
Por Eduardo Iglesias Brickles

Provenía de una familia de artistas, con una prosapia ligada a la vieja nobleza polaca que se remontaba al siglo X. Prosapia sin dinero, de nobles arruinados que habían perdido el poder y la fortuna algunas generaciones atrás. Esos eran los Klossovsky en París. Gente distinguida, refinada, amiga de los artistas y ligada a la intelectualidad de la Ciudad Luz.

El nació en el año bisiesto de 1908, precisamente el 29 de febrero, cosa que le permitía hacer la broma sobre su cumpleaños cuatrienal. Su nombre completo era Baltasar Klossovsky de Rola, pero desde antes de convertirse en uno de los artistas más grandes y extraños del siglo XX, empezó a firmar sus cuadros como Balthus.

Su padre, ante su notoria vocación por la pintura, por consejo de Pierre Bonnard, decidió no enviarlo a ninguna academia de arte. Su escuela fue el Museo del Louvre.

Después, su destino estuvo marcado por la Italia del cuatrocento y el cinquecento y durante dos años estuvo en la Toscana estudiando la obra de Piero Della Francesca.

Sus comienzos estuvieron avalados por Bonnard, André Derain, Rainer María Rilke y un pequeño grupo de mecenas que financiaron su estadía en Italia. Y cuando se trató de exponer, tuvo el respaldo de artistas importantes como Picasso y Giacometti.

En su primera muestra, en 1934, Balthus logró molestar a ambos extremos del mundo de la plástica. Los artistas de vanguardia lo rechazaron por "reaccionario" (André Masson y un grupo de sus acólitos salieron disparados de la Galería Pierre Loeb exclamando: "¡Pero esto es figuración!"); el resto de los visitantes exigieron que se levantara la muestra por la sospechosa cualidad pedófila y ninfómana que emanaba de las imágenes exhibidas. En una de las obras cuestionadas, La lección de guitarra , una mujer está desnudando por la fuerza a una jovencita, y es evidente que está sucediendo algo muy diferente a lo que enuncia el título. Las pinturas de Balthus siempre están impregnadas de una especie de violencia cautelosa. Además, en los desnudos, se adivina cierto despotismo, que impone a las poses un grado de afectación intolerable, que finalmente aceptamos con naturalidad como si formáramos parte de su pesadilla. Por otro lado, sus cuadros no son una mera composición esteticista, en ellos flota una atmósfera de exquisitez, y también de perversidad. Esa característica está presente en lo equívoco de no pocas escenas, situaciones que jamás alcanzamos a descifrar del todo. En esa misma exposición estaba La calle, cuadro que tuvo que retocar, a pedido del coleccionista que lo adquirió. Uno de los personajes (un chino por si fuera poco) acosaba y posaba su mano sobre el sexo de una niña. La calle, de 195x240 cm., luego de tener sucesivos propietarios, se encuentra en la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Los surrealistas fueron sus primeros admiradores cuando vieron ese cuadro, sin embargo, Balthus, refractario a los encasillamientos, los esquivó desde el primer momento. A principios de los 60, André Malraux, otro de sus amigos, le ofreció a Balthus el puesto de director de la Villa Medici en Roma, la legendaria residencia para artistas franceses (que había alojado a Stendhal, a Jacques-Louis David y a Ingres, entre otros notables), que para ese entonces parecía una pensión venida a menos.

Malraux, en plan de revitalizarla, dotó a la Villa de un presupuesto de varios millones de dólares, para ponerla en valor.

Balthus estuvo 15 años en Roma, le devolvió a Villa Médicis el brillo perdido, restaurando la casa y los frescos de sus paredes.

Además, la convirtió en el centro intelectual de la ciudad, para la nobleza y la intelligentzia romanas.

En esa época, en un viaje a Tokio, conoció a su esposa japonesa, 33 años menor que él, una estudiante revoltosa que odiaba todo lo que representaba ese cincuentón conde polaco. Unos días después, Setzuko estaba posando desnuda para uno de sus cuadros, y tres meses más tarde estaba instalada en la Villa Médicis con los hijos del pintor.

Balthus reconoce que el trabajo en la Villa Médicis le quitó horas de taller, pero "era estimulante vivir entre todos aquellos jóvenes artistas: pintores, fotógrafos, cineastas, de los que quedé amigo de varios".

Considerado el menos moderno de los grandes pintores, tiene una de las producciones más escasas. Su legado son apenas 300 pinturas y 1.600 dibujos, que no es demasiado para una vida de 92 años. En las últimas dos décadas tardaba cuarenta meses en terminar una tela, en tanto que su cotización comenzaba a trepar a las nubes.

"¿Porqué les sorprende que tarde tanto?", decía él, mientras pintaba capa sobre capa, para alcanzar el efecto pastel de los frescos de Piero de la Francesca, que tanto admiraba.

Después de Roma, Balthus se compró una villa que había devenido en hotel, de treinta y siete habitaciones cerca de Gstaad (Suiza). Para devolverle su aspecto original, del 1700, debió restaurarla, pero conservó la numeración de las habitaciones: él dormía en la Nº 13; en la Nº 9 estaba el televisor, en la Nº 27, el salón donde se hacía lavar el pelo y en las 36 y 37 estaba su atelier. Tenía, por supuesto, un mayordomo filipino y una esposa japonesa, la mencionada Setzuko, de riguroso quimono.

Y es allí, "en ese gran navío de madera clara" donde lo encontramos instalado definitivamente.

Con los modales de un verdadero conde recibe a Françoise Jaunin, su interlocutora en Balthus. Meditaciones de un caminante solitario de la pintura (Las cuarenta), quien tratará de explorar el pensamiento de ese artista, que inmediatamente pone distancia: "No me gustan las entrevistas (...) Un pintor, finalmente, afirma su posición a partir de su trabajo. Es por esto que siempre prefiero callar". Su estampa de aristócrata, que vive en sucesivos castillos, la marginalidad de su obra, fuera de los movimientos en boga, y su vida artística apartada de la mainstream del arte, como era de esperar tuvieron su costo. El reconocimiento del gran público llegó tardíamente. Pero cuando nos acercamos al hombre, entendemos que la obra tiene una relación íntima con el artista, que una cosa está ligada a la otra. Como cuando Jaunin le pide a Balthus una interpretación de su obra: "No puedo responderle. La pintura es un lenguaje en sí mismo. Es el que yo utilizo y es intraducible".

La autora, a pesar de la reticencia del pintor, logra recorrer pacientemente casi la totalidad de los paisajes de su vida, incluyendo oleadas de recuerdos de artistas de todas las disciplinas.

Sus impresiones, casi religiosas acerca del arte, "el acto de pintar es en sí mismo una plegaria", se mezclan con el desprecio hacia el mundo del arte: "El mundo está atestado de malos pintores. Hay que desalentar las bellas artes".

El mercado, el arte moderno, la vanidosa búsqueda de la singularidad, la firma como etiqueta de originalidad, caen bajo el fuego nutrido que dispara Balthus.

En sus opiniones hay pasión, una buena cuota de desdén y algo de fatigada afectación, como corresponde a lo que suponemos debe ser un conde. Pero al mismo tiempo están templadas por la severa lucidez de un gran artista.

Revista Ñ. 4 de septiembre de 2010

Creado el 10/09/2010. Etiquetas: Artes visuales

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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina