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Diván y talismán (quÃmico), por MarÃa Moreno
Diván y talismán (químico)
"Si me apuran –dice la autora de Banco a la sombra– podría decir, si no que soy más feliz, que puedo tomar la porción de felicidad que me permite el síntoma". A continuación, un ensayo en torno al clonazepam a la luz de su propia búsqueda de respuestas para combatir una fobia escénica.
Por María Moreno
La conjunción copulativa puesta entre psicoanálisis y crisis hace sospechar que, en este caso, separa más de lo que une. Es como si el segundo término obligara al primero a declarar su impotencia, a lavarse las manos como Pilatos y derivar al Estado, la asamblea barrial, el sindicato, la terapia prêt a pôrter o al psicofármaco.
Suponer que la crisis instala en cada uno un real homogéneo que sólo puede tratarse como emergencia y límite es negar lo que el psicoanálisis vino a proponer: el escuchar a cada uno en la singularidad de su sufrimiento. En la década del setenta, el psicoanalista Blas de Santos, crítico con que el advenimiento de sus colegas a la política a menudo los convirtiera en sus instrumentos ciegos mientras les hacía abandonar los principios más fecundos de la teoría psicoanalítica, escribía sobre ese "prejuicio domesticador de que los sujetos cuando pobres sólo se interrogan y no merecen ser analíticamente escuchados, acuciados por la inmediatez de sus necesidades insatisfechas, negando la potencialidad que, por el contrario, genera siempre el alivio de la desesperanza y de los apremios deshumanizantes".
Pero ¡salgamos de este tono y hagamos sociales!
Más allá de diferencias teóricas, políticas internas, intereses corporativos y matices escolásticos, hay un fashion psi que cambia por temporadas, si no anuales, lo suficientemente largas y comunes como para permitir el goce neurótico de generalizar. Generalizar en estos casos es hablar desde "La Voz del Paciente" como ése que, irreverente y jocosamente, llama "terapia" a la práctica que realiza con un profesional psi, sea sistémica, lacaneana, cognitiva o gestáltica y "mi psicólogo", hasta al médico formado por el pionero Oscar Masotta y luego entronizado en el sistema de estrellas de la EOL (Escuela de Orientación Lacaneana).
Generalicemos: si en una época los psicoanalistas ponían a producir angustia en seco sobre el diván, empecinados (y con razón) en la alta costura, y por eso de larga confección, del evasée simbólico en lugar del chaleco químico, hoy suelen enviar al psiquiatra, suspendiendo las diferencias disciplinarias en un reparto de territorios.
Como también hacen la Robin Hood cobrando de máxima al empresario y becando al indigente, de acuerdo con caprichosas regulaciones autogestionarias. Me he analizado por el lapso de cuarenta años, es decir he cambiado el fin del análisis por el análisis sin fin. Como todo paciente, en el doble sentido de la palabra, voy pasando sin dejar de pasar de la novela familiar del neurótico a la novela a secas del analizado que sigue siendo neurótico y vive en familia. Si me apuran podría decir, si no que soy más feliz, que puedo tomar la porción de felicidad que me permite el síntoma, que conozco el límite (una fobia que no cesa) pero también las tretas: "Sublimación y sudor". Porque, durante todos estos años, mi llamada fobia escénica, que seguramente ha sido un límite dramático para algunas ilusiones intelectuales –participar de debates públicos, congresos, entrevistas y otras "mundanas"– no ha cedido sino en un aspecto fundamental: la enfrento. Y es al hacerlo, que un familiar barato del rivotril, me permite, la boca pastosa, en la semi consciencia de un trance de macumba, el texto monocordemente leído, participar a veces sí, a veces no. La pastilla anestesia el carne viva del pánico, desconcentra el martilleo lacerante de la maquinación inútil, sosiega el corazón batiente y permite la modulación clara a pesar del impulso constante de hacer una lectura en ráfaga y desaparecer por el foro.
Ojo, no me estoy refiriendo al psicotrópico de gran formato ni a la pastilla devenida "pasta" por los circuitos ilegales, ni a la que convierte el querer dormir en llegar a morir o a la que hace de los viejos –no siempre medicalizados por instituciones o políticas familiares represivas como se denuncia– drogones furtivos que transan en farmacias de turno como cuando Tanguito pedía su Artane, si no a esa otra secular y de consumo semidemocrático como las vintage Valium y Lexotanil. A veces basta con llevarla en el bolsillo como un talismán o una garantía o dividirla esperanzadamente en cuartos y medios, siguiendo la hendidura como se seguiría a un gurú. Pero por más neurociencia y avanzada cognitiva que valga, su poder es tan coyuntural, tan aquí y ahora, que usada en el diván no ahorrará los angustiosos desfiladeros de la Vía Regia aunque tampoco enmudecerá sus asociaciones. Y cualquiera que, como yo, haya trabajado lo suyo a través del psicoanálisis, conoce que cuando el análisis sucede, es decir, cuando de pronto se sabe algo que no ha sido transmitido ni se buscaba, y se pregunta de dónde viene porque no estaba en el cálculo propio o del analista –aunque es su mérito haber permitido que eso se presente–, se trata de una experiencia más cercana al arte que al causa-efecto del ya me siento mejor del consumo de la píldora favorita. Y eso no se mide por su utilidad o por su impotencia, por ejemplo ante la crisis, porque no es un producto. Es por eso que el buen psicoanálisis también enseña a leer algo diferente a hacer psicoanálisis aplicado, como lo demuestran las geniales invenciones críticas de Freud cuando lee ya sea de oído en los sueños de sus pacientes –mi preferido es el de la bella carnicera, más comedia de bulevar y más under que el melodrama Dora– como con los ojos puestos en La Gradiva de Jensen, o del Lacan que descubre en El rapto de Lol V.Stein de Marguerite Duras eso que ella sabe sin él. Y estas líneas sólo pueden provenir de un agradecimiento crítico –un analista decía que en mí la transferencia era crítica ¿no debería serlo siempre?
El hecho de que, más allá de sus iglesias negras y sus cotilleos corporativos, el psicoanálisis, alguna vez autobautizado peste, sea sometido a espasmódicas inquisiciones por el higienismo de turno prueba la imposibilidad de desactivarlo ya que, como dicen William Burroughs & Laurie Anderson, el lenguaje es un virus, claro que de mutación infinita –siempre habrá una nueva cepa propagándose– pero capaz de prorrogar la muerte probándole metáforas, lapsus, malos entendidos, chistes.
Revista Ñ. 22 de agosto de 2009
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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina
