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Carlos Altamirano: "Hay una tensión entre modernidad e identidad". Por Raquel San Martín
Carlos Altamirano: "Hay una tensión entre modernidad e identidad"
El director de Historia de los intelectuales en América Latina (Katz) analiza la relación, siempre difícil, entre los hombres de ideas y el poder político
Por Raquel San Martín
Como en otros ámbitos, también en lo que concierne a su vida intelectual América latina se resiste a las generalizaciones. Quizá por eso, la pretensión de "reconstruir históricamente" la producción de los intelectuales del continente en el siglo XX dio por resultado un volumen de unas 800 páginas, con 34 trabajos de investigadores de 9 países. En lugar de avanzar cronológicamente, los artículos se integran en capítulos que introducen temáticas (las editoriales, las revistas, la academia, los procesos políticos, las redes, el indigenismo, las vanguardias artísticas) que proponen al lector un recorrido por la vitalidad, las contradicciones y los matices de ese universo.
El segundo volumen de Historia de los intelectuales en América Latina , que acaba de editar Katz -el primero, sobre el siglo XIX, se publicó en 2008-, abarca desde comienzos del siglo XX hasta la década de 1980. Ambos estuvieron a cargo del investigador y ensayista Carlos Altamirano, que hasta el año pasado dirigió el Programa de Historia Intelectual Latinoamericana en la Universidad Nacional de Quilmes, donde se inició el proyecto. En diálogo con adncultura , Altamirano fundamenta ese abordaje temático: "Una de las razones por las cuales fue difícil pensar una historia continua y cronológica para este libro es el hecho de que no hubo un centro. Ninguna capital latinoamericana funcionó como una metrópolis cultural respecto de las otras". Y enumera otras particularidades de los intelectuales del continente en el siglo XX, por ejemplo, la "pregunta obsesiva" por la identidad regional y nacional, el papel del exilio como experiencia reveladora y las redes trasnacionales de intelectuales que se activaron en determinados momentos del siglo, cuando la promesa europea parecía desvanecerse y América latina se perfilaba como el lugar de la utopía posible.
Como en otras latitudes, sin embargo, la relación entre intelectuales y poder político también ha sido conflictiva en el continente. "En algunos países, el Estado operó muy activamente para reclutar intelectuales", dice y aclara que ése no fue el caso en la Argentina: "Desde 1916 y más claramente desde los años 20, las elites intelectuales del país no han estado en relación con las elites políticas".
-En el libro se resalta que en los países del continente se dan configuraciones distintas de la actividad intelectual. ¿Hay sin embargo algunas líneas que puedan trazar una suerte de perfil del intelectual latinoamericano de los años que abarca el libro?
-Hay una serie de temas comunes. Un asunto obsesivo de la ensayística latinoamericana es la pregunta por la identidad: quiénes somos, cuáles son nuestras raíces, respecto de qué otras identidades debemos diferenciarnos. Esto tiene a veces la forma de una interrogación sobre la identidad latinoamericana, hispanoamericana o más localmente, la identidad nacional. Es un tema que cobró diferentes acentos, mayor o menor dramatización de la pregunta y la respuesta. Incluyó postular que carecemos de una identidad propia, que debemos tenerla, que se reduce a la dimensión cultural o que una identidad no puede sino expresarse políticamente. Eso se convirtió en la afirmación de un ser colectivo respecto de potencias vistas como amenazantes o como enemigas de la promesa de emancipación y justicia que era América latina. En torno a esta problemática, que viene del siglo XIX, se movilizaron recursos teóricos y doctrinarios de diferentes fuentes. En el siglo XIX, el romanticismo y el positivismo, y en el siglo XX, las diferentes versiones del nacionalismo y el marxismo.
-¿Hay una tensión entre modernidad y atraso que recorre el siglo desde el punto de vista de la producción intelectual del continente?
-Yo lo reformularía y diría que hay una tensión entre modernidad e identidad. Es decir, cómo modernizarse sin perder identidad, cómo evitar que la defensa de la identidad o su reformulación se confunda con la preservación y el atraso. La idea es que América latina ha querido ser moderna, pero moderna a su manera, y las versiones acerca de cómo debería ser esto han variado a lo largo del tiempo, o según las corrientes o los pensadores.
-¿Se puede hablar de un "campo intelectual" en América latina?
-Empleando la noción más o menos estricta, tal cual la acuña Bourdieu, es difícil hablar de un campo intelectual latinoamericano, porque a los ojos de Bourdieu un campo intelectual no es sólo una comunidad de intelectuales, escritores, poetas y filósofos, sino también una trama institucional y un sistema de autoridades, obras o autores, centros que dictan la norma. Una de las razones por las cuales fue difícil pensar una historia continua que fuera de comienzos del siglo XX a los años 80 para este libro, como una línea recta y pautada por etapas, es el hecho de que no hubo un centro. Ninguna capital latinoamericana funcionó como una metrópolis cultural respecto de las otras.
-En algunos artículos, se incluye entre los intelectuales a escritores, periodistas, artistas, editores...
-El medio intelectual no puede ser pensado sin referencia a un medio editorial, sin esa esfera que produce la existencia de la prensa y la evolución del periodismo; sin instituciones como la universidad u organizaciones específicas de los intelectuales, como las academias o las revistas. Cuando se quiere reconstruir históricamente ese universo, uno no puede reducirse a los grandes hombres o a unas pocas obras. Por ejemplo, fue un hecho cultural muy importante la creación de la colección Tierra Firme del Fondo de Cultura Económica. Ahí intervinieron intelectuales y también una serie de agentes culturales a los que uno dudaría en aplicarles la noción de intelectuales pero que fueron importantes en la gestación de esta colección que, en la segunda posguerra, fue uno de los cauces a través de los cuales se desarrolló la cuestión de la identidad. Pensar el mundo intelectual es también pensar en una serie de condiciones que posibilitan la existencia de esa producción.
-Un mercado, por ejemplo.
-Efectivamente. Los editores piensan en mercados. Cuando en España se preguntaban cómo les podían vender libros a los hispanoamericanos, hubo libreros que pensaron como empresarios. Se encontraron ante el hecho de que los franceses le estaban vendiendo libros al territorio que lingüísticamente les debía corresponder a los españoles, incluso libros de hispanoamericanos. ¿Por qué no lo hacemos nosotros?, se preguntaron. Esas iniciativas de carácter comercial constituyen la condición de posibilidad para que la industria editorial argentina conozca un boom de los años 30 en adelante.
-Hay varias referencias en el libro a cierta desconexión entre la actividad intelectual de los países, pero también a la existencia de redes transnacionales. ¿Esto es una marca de la actividad intelectual del continente?
-No, no hay en esto una singularidad latinoamericana. Ya el siglo XIX tiene como trama una red de relaciones entre las principales capitales de lo que se consideraba los núcleos de la cultura del Iluminismo y la Ilustración: correspondencias, viajes, ingleses que admiran lo que ocurre en Francia y viceversa; estudiosos en Berlín que están atentos a los que pasa en París. Pero lo que uno sí puede registrar en América latina es que estas redes son más activas o se intensifican en determinados momentos del siglo XX. En el caso de la Argentina, son los años de la Reforma Universitaria, pero en otros casos son ecos de esa Reforma, con una dinámica local propia. Los años de la primera posguerra son un momento de intensa esperanza en el mundo de las elites. Caído el mito de esa Europa que indicaba la flecha del futuro, por esa experiencia de barbarie que había sido la Primera Guerra Mundial, se pensaba que América podía ser el territorio donde se realizaran los viejos valores de justicia, dignidad y equidad. La idea de nuevo mundo a veces ha tenido una connotación negativa, de un mundo primitivo, o utópica, como el lugar donde las cosas que en el viejo continente no podían cumplirse sí podían cumplirse en el nuevo. A ese ciclo esperanzado va a suceder otro ciclo de pesimismo. Y en la segunda posguerra reaparece la idea de que Hispanoamérica puede ser una reserva para aquellos valores. Entonces, esas redes de intelectuales cobran mayor dinamismo, se intensifican las comunicaciones, los encuentros.
-Estas elites intelectuales hablan del pueblo y se presentan como sus voceros, pero ¿qué vinculación tienen con "el pueblo"? No provienen de allí, en general.
-Socialmente no son reclutados del mundo popular, de las clases subalternas. Durante mucho tiempo proceden de las clases pudientes. En muchos casos, de las ramas pobres de las familias pudientes. Muy tempranamente en la Argentina y en Uruguay, un poco más tardíamente en otros países, la cantera principal de los intelectuales serán las clases medias. Esto de autoinstituirse como voceros del pueblo es un gesto bastante extendido en el intelectual moderno. No es un hecho que singularice a América latina. Es el hablar por los que no tienen voz, asignarse eso como misión, vivir como un conflicto ético el hecho de poseer privilegios, como el de la cultura, frente a los que no los poseen.
-¿Qué papel cree que tuvo la experiencia del exilio para la actividad intelectual del continente?
-El exilio es un hecho tan recurrente y constante que hubiera podido ser una entrada para el libro. Ya en el siglo XIX, es una característica de la vida pública de estos países, y es una experiencia que se repite a lo largo del siglo XX, en varios países, en varios momentos. Durante la segunda mitad de los años 70, va a ser una experiencia particularmente extendida, sobre todo en el Cono Sur. El exilio es una instancia de reflexión, reconsideración, y para el caso de los argentinos, aunque no solamente, de reconocimiento de la condición de latinoamericanos. Significa percibir que cuestiones que se consideraban exclusivas de un país, en realidad no lo son. Se descubre la repetición de una serie de fenómenos que se consideraban singulares como parte de una matriz más amplia.
-En la introducción del libro, usted marca la distancia que siempre existió entre el campo de la cultura y el poder político. Pero muchos intelectuales en sus países fueron miembros del gobierno o trabajaron para un modelo político. ¿Cómo es la relación entre política e intelectuales en América latina?
-En general, entre los intelectuales y la central del poder político hay una relación de tensión, nunca es armónica, ni aun en los casos en que el intelectual esté más dispuesto a poner sus competencias al servicio del poder. Dicho esto, en el caso de México, también en Brasil, ha sido el Estado el que ha operado muy activamente para reclutar intelectuales y convertirlos en servidores públicos. Pero ésa no es una experiencia general para toda América latina y menos aún para la Argentina. Uno podría colocar el caso argentino en un polo opuesto al de México. Aquí ha habido más desarrollo de la sociedad civil y de actividades intelectuales a distancia del Estado. Y algo de eso también se ve en el caso de Uruguay y probablemente también en Chile. Eso llega a generar tradiciones, en el sentido de que hay una parte de los intelectuales que no se conciben a sí mismos como servidores públicos, y otros casos en los que el intelectual no se imagina a sí mismo en ese lugar.
-Intelectual y compromiso público no van juntos para todos.
-La noción de compromiso público no necesariamente está ligada a la imbricación con el aparato estatal. Muchos intelectuales pueden considerar que son consecuentes con su condición de intelectual público no porque se enrolen en alguna sección de la administración estatal o le provean ideología al gobierno, sino porque participan de la vida pública a través del debate. Unos dirán que no pueden hacerlo por fuera del Estado y otros dicen que la única manera de ser fiel al interés público y a la cultura es mantener una distancia.
-Depende de las condiciones de posibilidad que existan.
-Así es, y depende de cómo se desarrolló la relación entre elites políticas e intelectuales. En el caso de la Argentina, no son siempre sencillas de explicar. Uno podría decir, grosso modo , que desde 1916 y más claramente desde los años 20, en general las elites intelectuales no han estado en relación con las elites políticas. Pero no se diría eso si se mira más atrás.
-El libro deja abierto el desafío de los intelectuales en la esfera mediática. ¿Cómo ve este desafío hacia adelante?
-Los intelectuales hoy no conviven con esa esfera mediática, sino en ella. El momento en el que los intelectuales juzgaban los medios y discutían acerca de sus usos, criticaban el papel que tenían como agentes culturales de idiotismo o de dominación cultural pertenece a otra época. Hoy la mediatización es parte de la vida cultural y política. Los intelectuales han encontrado que ese espacio funciona como arena para el debate político. Ya no se trata de plantearse qué hacer con eso, ya ni siquiera sé si se puede no estar ahí. Sin embargo, hay un hecho: en general, el discurso intelectual tiene un tiempo lento y el tiempo mediático es rápido. La gran cuestión es cómo evitar la simplificación que estimula el tiempo mediático cuando el intelectual supuestamente debería ser aquel que introduce sentido de complejidad.
La Nación. 17 de julio de 2010
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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina
