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Carlos Gorriarena: Sombras solía vestir, por Elba Pérez

Sombras solía vestir
Las últimas obras de Carlos Gorriarena revelan otras facetas del pintor fallecido hace dos años, que registró lo contingente y lo eterno
Por Elba Pérez

Hace dos años, a mediados de febrero, la noticia sorprendió y conmovió a todos. En La Paloma, el idílico balneario uruguayo, había muerto Carlos Gorriarena. Fue el exabrupto final del hombre y del artista que, con frecuencia y tenacidad, incurría en cambios intempestivos, sin amagues ni previo anuncio. Como su obra, cuyas últimas producciones espigó con sagacidad Raúl Santana, curador de la muestra que el Centro Cultural Recoleta dedica al pintor nacido en Buenos Aires en 1925.
Era conocido como el Vasco, o Gorri, apelativos que él volvió casi propios. Prefería esa brevedad, a sabiendas de que el reto comenzaba con la visión de su obra, que eligió fuera contestataria, a menudo rabiosa, reacia a complacencias o halagos "bien peinados". Y fue consecuente con el canon autoprescripto que involuncraba su postura estética y las posturas políticas que asumió para gusto o rechazo de los demás. Acertó y erró con frecuencia, pero siempre con vehemencia, pasión y compromiso.
En estas horas en que se pretende que todo vale, la pintura de Gorri se sitúa casi como una advertencia. Las obras -en su mayoría inéditas y hasta una inconclusa- que integran la muestra de la Sala Cronopios ofrecen un testimonio sólido que alega, aun sin pretenderlo, sobre la seriedad sin solemnidades del oficio de pintar. Gorri solía abordar los temas eternos del arte y no esquivaba el cuerpo a la polémica -en rigor, a menudo, reyerta- acerca de las circunstancias y la política del tiempo que le tocó vivir. Esa huella está en su pintura, como marca indeleble.
El siglo pasado debatió ardorosamente los antagónicos -supuestos- de figuración y abstracción. Más que entrecruces dialécticos, eran metrallas que en la Argentina adquirían peraltes ideológicos y políticos que sumaban extrema virulencia a la cuestión. Gorri fue reconocido como legatario de la tradición del arte crítico de los Artistas del Pueblo, esa veta portentosa protagonizada por los grabadores que sirvieron al arte desde las páginas, afiches o libelos de la prensa anarquista, socialista o marxista, cuyos ideales compartían. Nadie fue más lejos que ellos en esta inserción en el entresijo social de épocas turbulentas. Estas posturas y ardores vertidos en papel de estraza superaron en temeridad, invención y arrojo las imágenes provistas por los pintores afines en la intención social. Los primeros trabajaban para un público que oblaba monedas; los otros tenían comitentes reales o potenciales para obras de caballete o de porte mural que presuponían espacios de burguesía acaudalada. Los del papel fueron Domingo Arato y Facio Hebecquer.
Es pertinente recordar a los artistas de la gráfica al tratar sobre la pintura de Carlos Gorriarena. Gorri hizo de las fotos de prensa la presa e incentivo de la imago mundi que sustentaba su producción. Asumía que la captación, en su caso crítica, de la realidad circulaba trémula, borrosa o distorsionada por las imágenes impresas en las que leía, reconocía, las laceraciones del acontecer político. ¡Y vaya que menudearon atrocidades a lo largo de su peripecia de hombre que se sabía mortal! Esta certeza de caducidad personal confirmaba su voluntad de trascender por medio de imágenes inmunes a la circunstancia cominera o a la anécdota del día.
La curaduría de Raúl Santana hace raigal la relación entre la aventura del cuerpo -la materia pictórica- y la sombra, para así nombrar el registro figurativo, de representación ilusionista que nombra y alude lo visivo y contingente.
Toda obra de arte que se precie de tal oscila y ancla en esta dialéctica que Nelly Schnaith definió magistralmente al referirse a Juan Carlos Distéfano. La filósofa argentina, radicada en Barcelona, habló sobre lo contingente y lo eterno como definidor del numen de la obra de arte. Gorri operó en estos equilibrios inestables con audacia de funámbulo. Y desde el cuerpo -la materia pictórica- convocó la imagen, la narrativa, el señuelo. Lo que equivale a decir que su imagen pictórica sombras suele vestir. Las resolvió anulando la perspectiva ilusionista, los planos sucesivos de la representación verista, la arista cruda entre zonas de color a menudo contrapuesto y hasta chirriante. Su imagen está a la boca del palco escénico donde se presentan o dirimen las escenas de la comedia humana que el observador reconoce como el aquí, ahora y entre nosotros de los argentinos. En la pintura de Carlos Gorriarena no hay simulacro ni ficción. Supo ofrendar cuerpo y sombra sin reaseguros, índole que cabe asumir a quienes acompañen su última aventura expuesta en la Sala Cronopios.
FICHA . Gorriarena Siglo XXI en el C.C.Recoleta (Junín 1930). Mañana, último día de la muestra, el curador Raúl Santana coordinará una visita guiada a las 17.
La Nación. 22 de agosto de 2009

Creado el 22/08/2009. Etiquetas: Artes visuales

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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina