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Nicanor Parra, el ultimo poeta: Todo es poesía, menos la poesía. Por Rodolfo Edwards

Nicanor Parra, el ultimo poeta: Todo es poesía, menos la poesía
Acaba de distribuirse un libro fundamental: “Parranda larga”, antología que reúne textos de la extensa obra del poeta chileno. Nacido en 1914, hermano mayor de la cantante Violeta Parra, recibió formación científica en Inglaterra y Estados Unidos y, con el tiempo, se convertiría en el creador de una voz propia y única dentro de la poesía universal, con lo que él llamó sus “antipoemas”. Comparado con Walt Whitman por Harold Bloom, este volumen recoge parte de lo mejor de su obra, seleccionada por el escritor y crítico Elvio Gandolfo.
Por Rodolfo Edwards

Hitos. Desde su primer libro, de 1937, y sobre todo a partir de Poemas y antipoemas (1954), Parra mostró su voluntad de hacer añicos los moldes de la poesía hispanoamericana.
La editorial Alfaguara acaba de editar Parranda larga, antología que reúne textos de la extensa obra del poeta chileno Nicanor Parra. La selección y el prólogo estuvieron a cargo de Elvio Gandolfo, un lector de larga data del poeta chileno: “La selección de esta antología la hice a partir de mi experiencia y gusto de lector repetido de la obra de Nicanor Parra. Una experiencia revisitada ahora en su totalidad, verso a verso. De las dos funciones que suelen mencionarse como útiles en una antología (ser representativa, elegir lo mejor) hice hincapié en la segunda.”

En cuestión de singularidades, Gandolfo compara a Parra con Bob Dylan: “Para encontrar un creador semejante habría que saltar al campo de la música popular, donde Bob Dylan tuvo también él una conciencia plena, desde un principio, de su lugar en perpetuo movimiento (…) Ambos, en cierto punto, terminaron por ser, como buscaban, hombres de ningún lugar, para mejor comunicar, transmitir los humanos de todos los lugares”. Revisitar la poesía de Parra obliga a una profunda reflexión sobre el estado actual y el destino de la poesía. Antipoemas, artefactos, postales, ecopoemas, endecasílabos terminados a mano, cuecas y manifiestos, medievalista y posmoderno, el poeta chileno exprimió todas las posibilidades formales y paraformales que tuvo a mano, para organizar el blindaje de un género moribundo.

Las locuras del profesor. Nacido en 1914, en San Fabián de Alico (Ñuble, Chile), hermano mayor de la cantante Violeta Parra, Nicanor viaja en 1940 a los Estados Unidos, donde realiza estudios de Física y Mecánica Avanzada en la Universidad Brown de Rhode Island; también fue durante dos años (entre 1949 y 1951) discípulo del cosmólogo inglés Milne en Oxford, Inglaterra. Esta formación científica, con el tiempo, sería productiva dentro de su obra poética. En algunos poemas de su primer libro, titulado Cancionero sin nombre y que publica a los 23 años, en 1937, ya se vislumbra al autor que haría añicos los moldes de la poesía hispanoamericana: “Dos sacerdotes de esperma/me matarán esta tarde,/por provocar a los santos,/por desorden en la calle,/por derramar en la iglesia/un litro y medio de sangre”, dice en el poema El matador, donde palpita la cadencia paródica que sería la nota predominante en su producción futura. En 1954 sale Poemas y antipoemas, con una solapa escrita por el mismísimo Pablo Neruda, que así lo bendijo: “Esta poesía es una delicia de oro matutino o un fruto consumado en las tinieblas”. La obra de Parra hoy puede leerse como la última gran apuesta de la poesía por sobrevivir como parte de la literatura, donde perdió su status ancestral: la novela le arrebató el aura como a un ángel caído.

La verdad desnuda. Como los mineros de su Chile natal, Parra escarbó entre el habla popular y su inagotable máquina de producir actos lingüísticos. Incorporando a la poesía ready-mades verbales alla Duchamp, consigue desmontar las retóricas precedentes; Parra se carga tanto al modernismo rubendariano como a las vanguardias de comienzos del siglo XX, destrozando certezas e imprecando a las musas al borde del vejamen. Una frase rescatada de una conversación, el titular de un diario, una pintada callejera, las fluorescentes letras de una marquesina, les sirven a Parra como materiales de trabajo con los que va a cincelar textos shockeantes, una escritura fuerte, de alto impacto en el lector. Por medio de la acumulación de esos objetos encontrados (cartoneados) en los arrabales de la lengua, logra develar el absurdo de la vida contemporánea. Abrevando en Aristófanes, en Rabelais, en Francois Villon, en Kafka.

Parra escribe textos fronterizos, a punto de caerse del mapa: ¿Son poemas o guiones para un stand up? ¿Chistes o aforismos? ¿Tarjetas de felicitación o concretismo? ¿Satoris poéticos o refranes de sobrecito de azúcar? De la perplejidad inicial provocada por el antipoema parriano, el lector pasa a un segundo estadio reflexivo donde se encuentra algo así como “la verdad desnuda”, que es lo mismo que decir “la realidad” que, tanto para Parra como para un viejo General, es la única verdad.

Contradiciendo las teorías relativistas y atomizantes que animaron a las vanguardias, el sistema parriano funciona a partir de verdades objetivas, enmarcadas dentro un sentido común, plural: el tradicional “yo poético” se disuelve en un “yo colectivo” como en los estadios de fútbol la voz individual del hincha se despersonaliza al integrarse al cantito de la hinchada que es una sola voz, pero también es la de todos. “El conflicto central del hombre moderno es paso del yo al nosotros”, afirmaba Parra.

Situación de la poesía. Si la novela fue consagrada el género por antonomasia desde hace casi doscientos años, la poesía inició una progresiva decadencia. “Madre de todas las artes”, “la poesía es una forma de la resistencia”, “la poesía no se vende porque no se vende”, etc.: todas estas frases aparecen en medio de hipócritas discursos en muchos eventos culturales, pero la cruda realidad muestra que la única manera que tiene un poeta para adquirir cierta visibilidad es pasarse a la narrativa; conozco muy buenos poetas que han hecho este pasaje y una vez posicionados en el campo de la prosa, recién su poesía pudo ser puesta en valor.

Se sigue considerando que un poeta no es un escritor, como si la poesía permaneciese en un limbo, suspendida e inerte, en “orsai” permanente. Todo esto se debe a la mala prensa de la que goza la poesía entre las mayorías; se la suele asociar con el romanticismo más kitsch o directamente con la expresión de tonterías rimadas. Entre las razones de este destierro de la poesía de los primeros planos del arte, podemos señalar su incapacidad para reubicarse en el mercado, un anquilosamiento formal y conceptual que la lleva a un anacronismo que no despierta el interés de los grandes públicos. Con el correr de los años, se fueron alejando los lectores, pero fueron floreciendo las capillas y las cuevas donde se venera a la poesía como a una deidad secreta y misteriosa, llena de contraseñas y nicknames de acceso.

La actitud de la mayoría de los poetas no ayuda a revertir este proceso, puesto que siempre se tiende a celebrar esa condición “recóndita” y “exiliada” de la poesía. Como un niño de blanco, caprichoso e incomprendido, la poesía se muerde la cola, gira sobre sí misma, complacida en su gesto autista, mientras el mundo a su alrededor gira sin parar. La aparición del proyecto creador de Parra es una solitaria empresa que trata de anular ese divorcio que se firmó entre la poesía y los grandes públicos que la llevaron a engrosar el gris listado de las lenguas muertas. El propio Parra no ha dejado de lanzar sarcasmos acerca de esta situación histórica de la poesía: uno de sus “artefactos” reza: “Todo es poesía, menos la poesía”.

La hibridación. Parra asume plenamente la condición inestable de la poesía en la contemporaneidad y la “hibridación” con otros discursos sociales, no sólo literarios, imperiosa para su supervivencia. Pueden seguir con vida solamente aquellas poéticas “cualquierizadas” que se metamorfoseen o mimeticen, como el cyborg de Terminator II, con otras zonas discursivas de variadísimos orígenes (la canción popular, el periodismo, el grafiti callejero, los cómics, la consigna política o hasta esas leyendas que se escriben en los baños públicos, sirven para el proyecto). Los que se resisten a aceptar esta situación de la poesía suelen “refugiarse” en las gastadas teorías de la especificidad que son más productivas para los papers académicos que para atraer el interés de los lectores. Entre abstracciones y hermetismos, la poesía entró en una deriva que se extiende indefinidamente. Parra concibe la poesía como un parlamento dramático, lo que produce texturas teatrales en sus textos y un marco situacional donde se interpela a un auditorio, convirtiendo así a la poesía, corrientemente monológica, en dialógica y coral. Muchos poemas de Parra pueden ser leídos como crónicas de happenings o perfomances imaginarias. El conversacionalismo de Parra nunca es gratuito: siempre obedece a leyes dramáticas que rigen intrínsecamente los textos.

“El abuso de los estupefacientes y de la filosofía/el autoerotismo y la crueldad sexual/la exaltación de lo onírico y del subconsciente en desmedro del sentido común/la confianza exagerada en sueros y vacunas/el endiosamiento del falo/el vicio del baile, del cigarrillo, de los juegos de azar/el humorismo sangriento de la teoría de la relatividad/las incineraciones, las purgas en masa, la retención de los pasaportes”, dice en Los vicios del mundo moderno, y esta redacción de inventarios absurdos recuerdan el correlato objetivo de T.S. Eliot: “La única manera de expresar la emoción en forma de arte es encontrando un ‘correlato objetivo’; dicho de otro modo, un grupo de objetos, una situación, una cadena de acontecimientos que habrán de ser la fórmula de esa emoción concreta; de modo que cuando los hechos externos, que deben terminar en una experiencia sensorial, se den, se evoque inmediatamente la emoción”.

Alguna vez dijo Parra que su poesía es “un balde de agua fría” en la cabeza del lector, una manera de despertarlo de un largo letargo producido por el simbolismo que operaba sobre la alquimia de la palabra y cuya gran culminación, según Parra, la representa su coterráneo Pablo Neruda. A los sonidos narcóticos de la poesía simbolista inaugurada por Baudelaire, la antipoesía opone sonidos histéricos, tonos altos y chillones paridos por la adrenalina generada en el cuerpo del hombre moderno inmerso en la dinámica social; el estado de angustia generalizada, producido por el triunfo global del capitalismo, es el gran tema de la poesía de Parra.

Algunas críticas. Parra siempre tuvo mejor sintonía con la poesía anglosajona que con el corpus de la poesía latinoamericana. Sobre las críticas adversas que alguna vez recibió su obra en su propio país dijo: “nadie es poeta en su tierra”, parafraseando un antiguo refrán. Un padre capuchino chileno llamado Prudencio Salvatierra anatemizó en 1964 a Parra de esta manera: “¿Puede admitirse que se lance al público una obra como ésa, sin pies ni cabeza, que destila veneno y podredumbre, demencia y satanismo?... No puedo dar ejemplos de la antipoesía de estas páginas: es demasiado cínica y demencial… Me han preguntado si este librito es inmoral. Yo diría que no; es demasiado sucio para ser inmoral. Un tacho de basura no es inmoral, por muchas vueltas que le demos para examinar su contenido”. No opina lo mismo el célebre crítico Harold Bloom, quien en 1985 opinó así sobre la figura de Parra: “Creo firmemente que, si el poeta más poderoso que hasta ahora ha dado el Nuevo Mundo sigue siendo Walt Whitman, Parra se le une como un poeta esencial de las tierras del crepúsculo”.

Los barroquismos, los juegos con el lenguaje y las realidades maravillosas o mágicas poco lugar han tenido en la poética de Parra. La adjetivación frondosa, la desmesura verbal, la efusión romántica, las elegías babosas, el balbuceo de cuño vanguardista, los manierismos herméticos, el surrealismo tropical, la poesía política seudobolche fueron blanco de la ironía devastadora de Parra, lo que obligó a muchos a una revisión de los presupuestos del género. La vinculación de Parra con las ciencias duras se advierte en la logicidad implacable de sus enunciados: racionalidad sintáctica, equilibrio simétrico en los términos de una frase, aplicación de proposiciones lógicas para enredar y desenredar enigmas poéticos recorren la estructura de sus textos. Se trata de llegar al poema como a un resultado matemático, pero en lo hondo vibran una pasión y un discurso amoroso por las cosas del mundo: antipoesía es poesía pasada por el tamiz del raciocinio, frutos agrios cayendo en el ágora de un filósofo cínico modelo siglo XX.

El pasaje de la gramática personal a la gramática de la tribu es el gran salto que realizó Parra, a lo que sumó una voluntad inquebrantable por ordenar las piezas desperdigadas del rompecabezas incesante que genera la vida moderna. El encuentro del individuo con los demás se documenta en poemas como La montaña rusa, donde nos propone: “Durante medio siglo/La poesía fue/El paraíso del tonto solemne./Hasta que vine yo/y me instalé con mi montaña rusa./Suban si les parece./Claro que yo no respondo si bajan/Echando sangre por boca y narices”.

Cuando muchos creían superado el estadio de la antipoesía, Parra sigue sorprendiendo e innovando en un terreno que, de tanto abonarlo, se transformó en tan suyo que sería muy atinado hablar de un “género Parra”, un coto de caza donde el poeta sigue obteniendo las mejores presas: los lectores. Como Kurtz en Apocalypse now, Parra espera en medio de una selva de palabras zombies a que vengan a buscarlo.


Contra el efecto hipnótico de la poesía

“Neruda representa la culminación del modernismo, la culminación de la alquimia de las palabras que es el método baudelairiano para recuperar la identidad perdida, porque ése es el problema, para eso se escribe, escribimos porque nos sentimos mal y queremos sentirnos bien y, ¿cómo hacemos para sentirnos bien? A través de combinaciones felices de palabras: ‘Le violon frémit comme un coeur qu’on aflige/valse mélancolique et langoureux vertige!’ ¡Estupendo! Nos sentimos bie… Neruda llevó a su culminación este método, diría yo, pero también evidentemente hay que hacer algunas observaciones a este método, de lo contrario la antipoesía no sería posible y yo no tengo ningún inconveniente en admitir que efectivamente hice estas observaciones. Este método de la alquimia de las palabras es un método hipnótico. La propia poesía nerudiana me da la razón: “Qué pura eres de sol o de noche caída/qué triunfal, desmedida, tu órbita de blanco/y tu pecho de pan alto de clima/tu corona de árboles negros, bien amada,/huele a sombra y a precipitada fuga tiránica”… Es una poesía hipnótica. Yo personalmente estoy por una poesía que produzca el efecto contrario. A mí no me interesa mandar a dormir al lector sino lo que me interesa es despertarlo. Prefiero que un poema sea como un balde de agua fría que se echa en la cabeza del lector para concientizarlo, antes que la poesía como droga.”

“Yo creía que la poesía era rimar ‘azul’ con ‘tul’ hasta que un día, estando en Londres, me choqué con un verso de John Donne que decía: “Death be not proud” (Muerte no seas orgullosa), y eso me cambió totalmente la idea que me había formado de la poesía y ahí nomás me puse a escribir los antipoemas.”

“Ustedes, los argentinos, deberían estar orgullosos del Martín Fierro, el poema tiene de todo, se puede leer de muchas maneras, como un poema épico, como una novela de aventuras, hasta tiene pasajes con imágenes surrealistas antes del surrealismo… Es un poema total, completísimo. El Martín Fierro no es la voz de un hombre, es la voz de un pueblo.”

(Fragmentos de una lectura realizada por Parra el 13 de diciembre de 1985, en una escuela de Villa Soldati, que funcionó como una de las sedes del Encuentro Internacional de Cultura organizado para celebrar el primer aniversario de la vuelta a la democracia).

Perfil. 16 de mayo de 2010

Creado el 16/05/2010. Etiquetas: Literatura

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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina