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Simone Weil: Hacia la lucidez, a través del sufrimiento. Por Matias Serra Bradford
Simone Weil: Hacia la lucidez, a través del sufrimiento
Acaba de distribuirse una nueva edición de un libro clásico: “La condición obrera”, una serie de impresiones y reflexiones que resultó del paso de Simone Weil como operaria en diversas fábricas entre 1934 y 1935. En este artículo presentamos un recorrido por la intensa, dolorosa y fugaz vida (y la heterogénea obra) de esta gran filósofa francesa, admirada por intelectuales de la talla de Albert Camus, John Berger, Czeslaw Milosz, Roberto Calasso y Jean-Luc Godard, y quien fuera una de las mentes más originales del siglo XX.
Por Matias Serra Bradford
La enardecida singularidad de Simone Weil no mitiga su condición de francesa, propensa a contradecir, perseguir caprichos y acatar arranques y súbitos virajes de ánimo. Una tensión constante acompañó a Weil, entre lo íntimo –la filosofía, la religión– y lo público –sus devaneos laborales, su participación política–, y se vio reflejada en las formas que fue adoptando su obra: los cuadernos íntimos, la correspondencia incontinente, los artículos encendidos. Un tironeo entre conocer más –leer y copiar cada vez más citas, acopiar conocimiento– y reflexionar por cuenta propia, se dio en ella y se da en el lector presente que la sigue alucinado. Se produjo también un abismo insalvable entre su capacidad intelectual y su ineptitud física, una torpe manera de caminar y gesticular. Su genio y la formidable variedad de sus intereses debió luchar, además, contra las migrañas, la miopía y una larga serie de obstáculos que terminarían en una muerte obscenamente temprana, que dejaría la estela de una obra irrepetible: “Nada puede tener como destino aquello que no ha tenido como origen”.
La escuela de la extrema paciencia era la aconsejada por su amigo el poeta René Daumal, autor de El monte análogo, que la inició en el estudio del sánscrito y el budismo zen, y que no olvidaba que “destruir el yo no tiene otro sentido que conocerse”. Uno de sus profesores, el filósofo Alain, llamaba a Weil “la marciana”, porque “no se parece en nada a nosotros y nos juzga soberanamente a todos”. Maurice Cranston la emparentó con “una clase más heroica de masoquista”: Saint-Exupéry, T.E. Lawrence y George Orwell. Destacaba que Weil haya vislumbrado que sólo a través del sufrimiento se puede comprender un mundo como el que convidó el siglo XX. Pero según Cranston, Weil se aferró tanto al dolor que éste terminó convirtiéndose en un fin y no en un medio. En el camino, quién va a negarlo, sembró migajas que todavía guían y consuelan a los sobrevivientes: “Lo que he sufrido me ha marcado de una manera tan perdurable que todavía hoy, cuando un ser humano, no importa en qué circunstancia, me habla sin brutalidad, no puedo evitar tener la impresión de que se trata de un error y que desgraciadamente el error sin duda se va a disipar”.
La austeridad de Weil también podría considerarse bajo la óptica de Vladimir Jankélevitch, es decir como una reacción contra “la inestabilidad, la variedad y la inconstancia de un ser arrastrado por sus ánimos sucesivos”. Por mucha intervención pública que haya tenido, la de Weil recuerda a ciertas vidas de mujeres recoletas pero no menos tenaces –la poeta Emily Dickinson, la pintora Gwen John, la poeta y ensayista Cristina Campo–, cada una con su perentoria claridad y su precipicio privado.
Restos y rastros. Weil hacía rechinar los dientes en el transporte público en señal de frío para que los pasajeros miraran mal a su madre. Fumaba sin parar y armaba sus propios cigarrillos. Prefería zapatos de taco corto. (La incomodidad que hubiera bienvenido en el taco alto por otra parte le habría dado aires para ella inadmisibles.) Pasaba sus horas rastrillando religiones, lenguas extranjeras, y volvía una y otra vez a textos infinitos: los Evangelios, los presocráticos, Platón, los Upanishad, los de D.T. Suzuki sobre el zen: “Los procedimientos de los maestros del zen tienden a elevar la atención al punto más alto de intensidad”.
El credo de Weil era precisamente ese, que la única vía de acceso a la verdad es la atención absoluta, que la atención es en efecto la virtud suprema: “¿Qué es la cultura? Formación de la atención”. Para ella, copiar fragmentos de libros era una práctica zen que aplaca los nervios y las citas funcionan como abracadabra: “La imposibilidad es la puerta de lo sobrenatural. Sólo podemos limitarnos a golpearla. Otro la abrirá por nosotros”. Sus escrúpulos religiosos tutelaban la escritura –“La verdadera manera de escribir es escribir como se traduce”– y buscaba no malograr ese texto inexistente, divino, que se sentaba a interpretar y redactar.
Como muchos que escriben para sí mismos, se ejercitaba en el arte del fragmento terso, abandonado, y sus libros –publicados, como era de esperarse, póstumamente– constituyen en buena medida series de apuntes sueltos y frases ajenas. Sus reflexiones no le temen ni a la ligereza ni a lo fulminante: “A la clase media no la seduce la revolución salvo cuando la evocan, con fines demagógicos, aprendices de dictador”. O este otro ejemplo: “Toda nuestra civilización está fundada sobre la especialización, que implica la sumisión de los que ejecutan a los que coordinan”. Y otra: “Un estudio científico de la historia debería comenzar por el análisis de las reacciones que el poder produce, en todo momento, sobre las condiciones que le asignan objetivamente sus límites”.
La primera necesidad del alma era para ella el orden, y sus lecturas iban detrás de ese orden como si se tratara de una meta espiritual. Hablaba de la “coordinación entre las lecturas simultáneas y sucesivas” y llevaba a la lectura más allá: “Leemos, pero también somos leídos por otros. Forzar a alguien a leerse a sí mismo como lo leemos (esclavitud). Forzar a los otros a leernos como nos leemos a nosotros mismos (conquista) Lo más frecuente, el diálogo de sordos”. Cultivaba en simultáneo la carta como género literario y cortejaba lo extremo, al igual que Wittgenstein, como condición imprescindible para la filosofía: trabajar en fábricas, participar en la Guerra Civil Española.
Durante sus últimos meses, en Londres, vivía a café negro y memorizaba a los poetas metafísicos ingleses. Dormía lo menos posible. La poeta Stevie Smith decía que en Weil “la presunción está demasiado arraigada en la inocencia y en la energía como para ser ofensiva; de lo que carece, tal vez, es de la humildad de la pereza”. Graham Greene, que sabía de los dobleces de la conversión espiritual, era más impiadoso: “En cuanto captura una verdad la deja ir, orgullosa de haber encontrado una imagen demasiado deslumbrante”. Paul West observaba en Weil “un desplazamiento frenético de la feminidad”, y cuando la cita –“Me gusta que me besen hombres con bigotes. ¡Pinchan!”– no titubea y agrega: “Sin pinchazón, el beso no significa nada para Weil”.
Voces e influjos. Hay algo del orden de la urgencia en los escritos de Weil. Como en Walter Benjamin, que murió dos años antes, también de un suicidio dudoso (y menos voluntario). Y en ambos esa urgencia, inducida por un destino presentido, está equilibrada por una paciencia para decir todo lo que haya que decir de una materia. Ahí están sus Cuadernos y La gravedad y la gracia para probarlo. Tanto Weil como Benjamin, curiosamente, se han erigido en pasaje de paso obligatorio para intelectuales medianamente públicos del siglo XX, como John Berger y Susan Sontag, que combinan lo artístico y literario con la intervención política. A propósito de Weil, con devoción pero no sin aprehensión, Sontag escribió: “Medimos la verdad en términos del costo que ha pagado el escritor, en dolor. Cada una de nuestras verdades debe tener un mártir... En el respecto que le profesamos a semejantes vidas, reconocemos la presencia del misterio en el mundo”. Berger recordó que a Weil le encantaba la vista del sexto piso del departamento de los Weil en París, pero que “sospechaba profundamente de ese privilegio”. Y describió su caligrafía como de jeroglífico egipcio, “tanto quería cada letra tener un cuerpo”.
Una de la lectoras más sutiles de Weil, la ensayista y poeta Cristina Campo, señalaba: “Weil endereza todas las perspectivas, y desde uno y otro ángulo reconduce a todas al centro”. Weil rastrea una sola cosa, subraya, y esa cosa es el centro de gravedad de una situación. A Weil sobre todo le interesa, dice Campo, la acción, “pero no como acontecimiento, y menos como psicología, sino como la extrema proyección de una conciencia”. El escritor Roberto Calasso ve en Weil “un pensamiento a la vez transparente y duro como el diamante, un pensamiento testarudamente concentrado sobre un débil haz de palabras. Y entre ellas reconocemos casi todas las palabras imposibles.” Términos como fuerza, límite, necesidad, bien, belleza, sacrificio, vacío. “En la boca de casi todos son carcasas deformes”, asegura Calasso; “bajo la pluma de Weil vuelven a ser cristales misteriosos”.
En el mundo actual, una vida virtuosa como la de Weil (en el mundo, no en un claustro) es prácticamente irrealizable. Es inútil y hasta contraproducente santificar su ejemplo, pero no pocas de sus oraciones permanecen inmaculadas y encuentran nuevos rumbos. Esta filósofa francesa mantuvo intacto hasta el último día el preciosismo de su caligrafía y le escribía a un amigo: “Si alguna vez te sucede pensar en mí, será como pensar en un libro que leíste en tu infancia”. Hace años que el vuelo de Simone Weil tocó fin de un modo abrupto, y por predecible que fuera es muy improbable que algún día un vecino distraído dé con la caja negra de ese astro tan luminoso, tan fugaz.
El trabajo: condiciones y pliegues
Durante años, Simone Weil había querido trabajar en una fábrica. De diciembre de 1934 a agosto de 1935, se desempeñó como operaria en tres, entre ellas la automotriz Renault, con licencias frecuentes debido a la precariedad de su salud. (Que no oculta otro trasfondo: la imposibilidad de emplear a un genio.) La condición obrera –en una nueva y espléndida edición– registra los pliegues de la experiencia y va más allá porque puede leerse como un magnífico tratado sobre el trabajo en general. Para Weil “el trabajo es un consentimiento para con el orden del universo”, y en cartas y artículos va examinando y diagnosticando los temas críticos. La desaparición de todo sentimiento de dignidad personal, la humillación, el dinero: “a la mejora de los salarios tal vez le corresponda un nuevo agravamiento de las condiciones morales de trabajo”. El cronometraje, los ritmos y uno de los asuntos más misteriosos: el tiempo real que lleva un trabajo. Leemos: “La tentación más difícil de rechazar en semejante vida es la de renunciar a pensar”. Y esto otro: “Una docilidad de bestia de tiro resignada. Me parecía que había nacido para esperar, recibir y ejecutar órdenes”. Lo curioso es que antes y después Weil fue una esclava voluntaria del trabajo sin tregua que representó su vocación. (En ese punto se asemeja al personaje Jakob von Gunten de Robert Walser, que voluntariamente se sometió a estrictas rutinas en una academia específicamente creada para aprender a servir.) Weil admiraba Tiempos modernos de Chaplin y decía que era el único que había comprendido la condición de los trabajadores. La condición obrera es otro de sus intensos sondeos sobre materias esquivas y nos lleva lejos: “Es fácil definir el lugar que debe ocupar el trabajo físico en una vida social bien organizada. Debe ser el centro espiritual”.
Haría falta, dice Weil, que ingenieros, administradores y demás “se empeñasen no sólo en construir objetos, sino también en no destruir hombres. Sería preciso que se empeñaran no en hacerlos dóciles, ni incluso felices, sino simplemente en no obligar a ninguno de ellos a envilecerse.”
Perfil. 25 de abril de 2010
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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina
