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La vida no tan privada de un hombre nuevo. Anticipo de Paul Newman: la biografía, del crítico de cine Shawn Levy
La vida no tan privada de un hombre nuevo
Anticipo de Paul Newman: la biografía, del crítico de cine Shawn Levy.
Sus incomparables ojos azules se cerraron el 26 de septiembre de 2008. Sin embargo, aquel actor y director genial llamado Paul Newman sigue todavía siendo un misterio. Ahora la editorial Lumen publica una biografía que busca hacer lo que millones quisieron y no lograron: desnudarlo.
A lo largo de cincuenta años, tanto en la pantalla como fuera de ella, Paul Newman encarnó vívidamente ciertas características del hombre norteamericano: activo y pícaro, formal y astuto, decidido y vulnerable, valiente y humilde, fiable, compasivo y justo. Era un hombre de su tiempo, y ese tiempo abarcó desde la Segunda Guerra Mundial hasta la más reciente actualidad y las películas de animación digital. Se hallaba igualmente a sus anchas en los platós de Hollywood, en los talleres de teatro, en las pistas de circuitos, y sobre todo en los ambientes rurales y en las cabañas de troncos de los campamentos de ocio que construyó y mantuvo por todo el país para los niños gravemente enfermos. Tenía el mundo a sus pies para reclamarle lo que quisiera, y solo le pidió lo que razonablemente creyó que este le debía. En cualquier caso, siempre le devolvió mucho más de lo que tomó de él.
Era absurdamente guapo y elegante. Tenía unas facciones que bien podrían haberse acuñado en las monedas antiguas, unos ojos capaces de desarmar hasta a los más escépticos, y el cuerpo compacto y ágil de un atleta. Si se hubiese dedicado solo a la profesión de actor, habría tenido el éxito asegurado gracias a sus encantos físicos. Aunque hubiera carecido de talento, tenacidad, inteligencia y empuje, habría disfrutado igualmente de fama y riqueza. Le bastaba ponerse un esmoquin y podía sentarse tranquilamente a la mesa con presidentes, reyes y poetas. Siempre daba la talla en su papel. Es más, siempre la dio en cualquiera de los papeles que tuvo que interpretar.
Pero al mismo tiempo era inteligente y prudente, y sospechaba de la riqueza que se conseguía sin esfuerzo. Se mostraba escrupuloso a la hora de diferenciar entre las cosas que debía agradecer a su suerte y las que creía que había ganado con su trabajo. Decidió vivir todo lo alejado de Hollywood que pudo, y prefería unos vaqueros y un buen tabardo al mejor esmoquin; siempre escogía la compañía de gente sencilla -mecánicos, actores de compañías teatrales, bebedores de cerveza- antes que la de gente famosa, rica o socialmente destacada. Tenía una faceta grosera e irritable que le hacía disfrutar de las oportunidades que su posición le brindaba, para sorprender a la gente pomposa e importante con sus gustos y preferencias, con frecuencia vulgares. Pero también le gustaba poner un poco de inesperado glamour en los contextos más humildes, justo cuando lo tomaban por un tipo como cualquier otro.
Era, y siempre hizo hincapié en ello, un hombre muy celoso de su vida privada a quien su profesión había dado un rostro muy público. Esa fue una contradicción con la que tuvo que luchar durante mucho tiempo. Al ser un tipo cauto, tímido, y de educación estrictamente puritana, aprendió a adaptar su rebeldía interior asumiendo papeles -tanto en la vida como en el arte- que disimulaban su inseguridad y su reserva, bajo la apariencia de la exuberancia y la frivolidad. Cuando lo trataban como un fenómeno aparte por el mero pero incuestionable hecho de haber nacido guapo, él convertía su apostura en una herramienta de engaño y creaba personajes cuya belleza escondía dolorosos complejos y honduras. Si su aspecto lo encumbró al estrellato, él transformó este último en ventajas para la gente, poniendo su cara en la etiquetas de toda una serie de productos alimentarios que le reportaron una inmensa fortuna, para después donar los beneficios del negocio. Si por un lado, al margen de la edad, fue considerado un símbolo sexual, por el otro se esforzó en ser un buen padre y esposo. Su bien sus medios económicos le permitieron competir en carreras automovilísticas al más alto nivel, trabajó tenazmente su faceta de piloto tanto como la de actor, hasta acabar granjeándose el respeto de los profesionales de esa especialidad gracias a un talento desarrollado mediante la constancia y el esfuerzo. Y cuando las cosas le llegaron de un modo natural, siempre tuvo claro que debía compartir los beneficios recibidos.
Pocos han vivido una vida tan plena y rica como Paul Newman, y en el momento de su muerte, el mundo pareció darse cuenta, por primera vez, de los distintos Paul Newman que había conocido: el actor, el piloto de carreras, el ciudadano público, el empresario, el filántropo y el hombre de familia. Pero, como él siempre supo, todo empezó gracias a la combinación de una serie de factores -genéticos, educativos y profesionales- que le permitieron convertirse en una estrella cinematográfica. Y fue la estrella cinematográfica la que dejó una impronta más profunda en el mundo.
En cierto sentido, lo consiguió sin llamar demasiado la atención: intervino pocas veces en previsibles éxitos de taquilla y se esforzó por reinventarse a sí mismo. Cambiando de piel cada cierto tiempo, logró reunir un currículum cinematográfico que tachonó regularmente con interpretaciones que marcaron una época y se convirtieron en hitos: Marcado por el odio; El largo y cálido verano; El zurdo; La gata sobre el tejado de zinc; Un hombre; La leyenda del indomable; Dos hombres y un destino; El juez de la horca; El golpe; El coloso en llamas; Búfalo Bill y los indios; El castañazo; Distrito apache; Ausencia de malicia; Veredicto final; El color del dinero; El escándalo Blaze; Esperando a Mrs. Bridge; El gran salto; Ni un pelo de tonto; Camino a la perdición; Empire Falls; Cars.
Se trata de algo más que una lista de películas estimables (y en algunos casos de grandes éxitos comerciales), porque representa la trayectoria de un actor decidido a escapar de cualquier encasillamiento, al mismo tiempo que afina su labor interpretativa. Existen muy pocas filmografías que se puedan comparar a esta, que abarca distintas eras, estilos y generaciones. Newman no fue el mejor actor norteamericano, ni siquiera el mejor actor de su generación, pero, sin duda, fue el actor más norteamericano, el tipo cuyos papeles y persona mejor representaron el tenor de sus tiempos y su gente.
Newman llegó al cine con el método con el que los actores invadieron las producciones de los años cincuenta, y salió de ese apogeo convertido en una estrella que no era solo comercial, sino que ampliaba las fronteras de la interpretación. Si alguien lo analizaba en el aspecto superficial -el de la belleza, por ejemplo-, podía confundirlocon un Rock Hudson, un Tony Curtis o un Robert Wagner, actores guapos y capaces, sin duda, pero más estrellas cinematográficas que artesanos de su oficio. Newman poseía una disciplina interior que lo llevaba a exigirse más a sí mismo, y gracias a su perseverancia consiguió labrarse un lugar junto (y a veces incluso por encima) a dioses del método de Marlon Brando, Montgomery Clift y James Dean. Al final, fue la única superestrella que surgió de la generación original del Actors Studio, el más popular y duradero de los actores norteamericanos seguidores del método Stanislavski, y el único que puede sentarse cómodamente con los grandes de la edad de oro del cine y con los nuevos y subversivos intrusos.
Pero también fue capaz de ocupar el espacio entre unos y otros durante décadas. A lo largo de medio siglo de películas, los papeles característicos de Newman fueron pasando de casi demasiado guapos a otros peligrosamente pulcros y unos cuantos deliberadamente astutos, hasta terminar en personajes maduros y sabiamente experimentados. En sus mejores momentos actuó en contra de su apostura, y quizás ahí radique el porqué de haber sido ampliamente reconocido como un actor que mejoró con la edad. Además, el instinto que lo llevaba a ir contra sí mismo significaba que no podía encarnar a ricos y privilegiados con la misma soltura que a personajes ordinarios enfrentados a las dificultades cotidianas, especialmente las derivadas de las relaciones entre padres e hijos que no sabían comunicarse debidamente o quererse lo suficiente. A pesar de ser la pareja de un matrimonio legendario por su medio siglo de duración, pocas veces interpretó un papel romántico como protagonista y, para ser sinceros, cuando lo hizo, nunca salió especialmente airoso. Más bien se inclinó por interpretar a atletas en dificultades, a forajidos medio locos, a artistas del timo, a despreocupados iconoclastas y a una larga serie compuesta por detectives no muy de fiar, vendedores de licor, policías, espías, abogados, leñadores y trabajadores de la construcción. Algunas veces -muy pocas y seguramente para satisfacer su visceral necesidad de no repetirse- interpretó personajes de dudosa moralidad y autoridad, cuya posición como líderes sociales disimulaba su fracaso como seres humanos. Como era de esperar, al igual que con los otros estereotipos que encarnó, también abordó los últimos.
Examinado como un todo, el trabajo de Newman ilustra con acierto la historia de una generación intermedia de norteamericanos que ayudaron a sus padres y a sus tíos a conquistar el mundo a través de la guerra o el comercio, pero que tuvieron que contentarse -seguramente no sin cierta envidia- con observar cómo sus parientes más jóvenes, y también sus hijos, actuaban siguiendo el impulso rebelde de dar la vuelta a las cosas. Newman no llegó a pertenecer exactamente a la llamada “gran generación”, ni a la de los “baby boomers”, pero sí representó un eslabón esencial del siglo norteamericano, el de los hombres que estaban destinados a heredar un sistema que ya no se aguantaba cuando sus padres se lo legaron. Desgarrado por las tendencias contrarias de mandar o rebelarse, la suya fue, sin duda, la generación decisiva del siglo XX; Newman, casi sin quererlo, se convirtió en su actor laureado.
Newman no sólo se sentía orgulloso de su profesión, sino también profundamente agradecido a sus maestros, a sus colegas y a los escritores y directores que crearon los papeles y las obras en las que intervino. Sin embargo, al igual que otros hombres que se dedicaron a la interpretación, a veces se encontraba incómodo ante lo exigente de su oficio y sentía la necesidad de afirmarse en otras áreas de la vida, más físicas, para sentirse satisfecho consigo mismo. Así pues, la competición automovilística -una afición en las antípodas de su profesión como actor- se convirtió en una segunda vida para él. Al iniciarse en ella, con cuarenta años cumplidos, fue considerado un simple diletante; pero su tenacidad (y también su natural atlético, unido a sus considerables recursos económicos) lo llevaron a conseguir resultados más notables: cuatro títulos nacionales en la categoría amateur, dos victorias en carrera, un segundo lugar en las famosas 24 horas de Le Mans, y, a los setenta años de edad, una victoria en la categoría de su equipo en las 24 horas de Daytona, hazaña qe lo convirtió en la persona de más edad que haya ganado una carrera automovilística. Aún no tuvo éxito como propietario de un equipo de carreras dedicado a correr en categorías superiores: ocho títulos nacionales y ciento siete victorias individuales.
Se trata sin duda de una asombrosa lista de logros; a veces podía sentirse incómodo, especialmente por la imagen que el resto del mundo tenía de él. Él mismo, en sus momentos de debilidad admitía algo parecido: “El papel más difícil es hacer de Paul Newman -le comentó a cierto periodista-. Mi personalidad es tan aburrida y gris que tengo que robar personalidades de otros para ser efectivo”.
No hablaba por hablar. Era un hombre de talento, pero también era sinceramente humilde y creía en el trabajo, en la familia, en la suerte, en la colectividad y en una mayor riqueza, y si una parte de esa riqueza llegó a colmar su copa a lo largo de los años, siempre se aseguró de compartirla y de hacerlo con el mejor humor posible. De alguna manera, logró convertir los dones que la vida y la suerte le proporcionaron en cosas que pudo multiplicar y repartir. A lo largo de ese camino, sin duda pudo equivocarse, ser descortés, hacer elecciones estéticamente discutibles o conducir imprudentemente; pero lo que no hizo fue esconderse, retirarse, darse por vencido, rendirse o dejar de comprometerse.
“El epitafio que algún día me gustaría que figurara en mi tumba -dijo en una ocasión- es que fui parte de mi época”.
Lo fue.
Contacto cercano con la tragedia
El crítico de cine Shawn Levy (conocido por la biografía de Jerry Lewis y su racconto histórico del Rat Pack) no es el único que se zambulló en los ojos de Paul Newman para ver qué había detrás del actor, del empresario (sus salsas rancheras invaden hasta los supermercados argentinos), del amante de los autos.
En el libro Paul and Me, por ejemplo, el escritor, guionista e íntimo amigo de Paul Newman, A. E. Hotchner, comparte con el mundo sus conversaciones íntimas con el protagonista de El gran salto. Y, como también lo hace Levy, cuenta uno de los momentos más difíciles que tuvo que vivir Newman: cuando su hijo Scott murió por una sobredosis accidental de medicamentos. Distanciado luego del divorcio de sus padres (Paul Newman estaba casado con Jackie Witte), Scott Newman se fue a vivir con su madre y participó de varias películas como doble. En 1978, la policía lo encontró muerto en la habitación de un hotel de Los Ángeles.
Crítica. 11 de abril de 2010
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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina
