Etiquetas
Blog
Masacre de Trelew: A 37 años, Tomás Eloy MartÃnez recuerda su emblemática investigación
El eco de una tragedia
El nuevo prólogo a la reedición de La pasión según Trelew. Treinta y siete años después, la masacre revive en el texto clásico de Tomás Eloy Martínez. Los enigmas de una investigación que continúa en la Justicia y la rebelión secreta que instaló una comuna en la Patagonia.
Por Tomás Eloy Martínez
2009: prólogo puesto al día. Dos hechos mayores sucedieron en Trelew hace treinta y siete años. Uno de ellos se ha desvanecido casi de la historia: el alzamiento de la ciudad entera contra el poder militar y la instauración de una comuna que duró tres días, con su propio sistema de abastecimiento y sus líderes espontáneos. El otro episodio –la matanza de dieciséis guerrilleros en una base naval– ha sido evocado con frecuencia en crónicas y libros. Ambos me cambiaron la vida.
La primera parte de esas historias sucedió entre el 15 y el 22 de agosto de 1972, cuando yo dirigía en Buenos Aires el semanario Panorama, donde se habían refugiado casi todos los redactores de la exangüe revista Primera Plana. El 15, un martes, se supo al caer la noche que alrededor de treinta guerrilleros se habían fugado de la cárcel de Rawson, luego de matar a uno de los guardias y de herir a otro. En un Ford Falcon y dos taxis destartalados, el grupo llegó al aeropuerto de Trelew, situado unos veinte kilómetros al oeste. Los seis que llegaron primero tomaron un jet de Austral, lo desviaron de su destino último –Buenos Aires– y buscaron refugio en Chile, donde gobernaba entonces Salvador Allende. Los rezagados se atrincheraron en el aeropuerto. Afuera, mientras tanto, las fuerzas de seguridad les tendían un cerco de hierro.
En Buenos Aires, la fuga puso al gobierno militar del general Alejandro Agustín Lanusse en estado de frenesí. Seis de los guerrilleros más peligrosos se les habían escurrido de las manos. Se avecinaba una semana de escaramuzas diplomáticas y de efervescencia en los cuarteles.
En Panorama dispuse los desplazamientos de rutina: un equipo de redactores y fotógrafos fue a Trelew, donde los ocupantes del aeropuerto terminaron rindiéndose esa misma noche a los oficiales de la base naval Almirante Zar; otro equipo viajó a Santiago de Chile, donde el gobierno socialista mantenía confinados a los fugitivos, sin decidir si los devolvería a la Argentina, como exigía Lanusse, o los aceptaría en tránsito, como refugiados políticos.
El empleado que atendía los servicios de télex de la revista me despertó a las cinco de la mañana siguiente. Estaban llegando –dijo– algunos despachos contradictorios desde Trelew, en los que se aludía a un combate entre oficiales y prisioneros dentro de la base Almirante Zar o a un intento de fuga, con una lista de trece a quince muertos. Los télex parecían escritos por un corresponsal desorientado, porque se interrumpían en la mitad de una versión y luego advertían con impaciencia: “Anular anular este despacho”, antes de proponer una versión distinta de la anterior.
Sucedió tres veces, hasta que a las seis y media dispusimos de una historia menos confusa, en la que se describía un tiroteo poco verosímil con un saldo impreciso de guerrilleros muertos y heridos.
A las ocho de la mañana Panorama debía entrar en prensa para llegar a los kioscos esa noche. A todos nos desconcertaba la maraña de versiones y, cuanto más lo pensábamos, menos probable resultaba el relato de la fuga.
A las siete y media regresé a la redacción del semanario e improvisé un texto en el que exponía mis dudas. Suponía –con ingenua esperanza en la buena fe del gobierno– que los comandantes en jefe condenarían lo que había sido con toda claridad una ejecución sumaria, y reivindicarían la necesidad de juzgar a sus adversarios en vez de matarlos, por peligrosos que fueran. “Un Estado que tiene fe en la eficacia de la justicia no puede responder al terror con el terror”, escribí entonces. “Cuando un Estado elige el lenguaje del terror, destruye todo lo que le da fundamento –instituciones, valores, proyectos de futuro– e impregna de incertidumbre la vida de los ciudadanos. La sangre de los prisioneros de Trelew podría cerrar el camino hacia la democracia que el gobierno ha prometido.”
Tal como se estilaba en aquellos tiempos temerosos, todos los diarios reprodujeron al día siguiente sólo la versión oficial distribuida por el comando de la zona, y mi texto desentonó como un solo de batería en un entierro de angelitos. El capitán de navío Emilio Eduardo Massera llamó al dueño de la editorial para sugerirle que me despidiera, y el 24 de agosto de 1972 quedé sin trabajo.
Desterrado a las listas negras del periodismo por difundir una información que era falsa sólo por orden oficial, tomé la decisión de ir a Trelew para averiguar si alguien sabía lo que de veras había pasado. Llegué la segunda semana de octubre, en medio de una de las rebeliones populares más encendidas y secretas de la historia argentina. Conté el episodio en un libro que apareció a fines de agosto de 1973 editado por Granica, y que alcanzó cinco ediciones antes de que, en noviembre, lo prohibiera un decreto municipal. Más de doscientos ejemplares fueron quemados tres años después en la plaza de un regimiento de Córdoba en compañía de volúmenes escritos por Freud, Marx y Althusser, que ardían mucho mejor. Pocas personas quisieron retener copias de este libro durante los años crueles de la dictadura militar. Su lectura fue declarada subversiva por el jefe de policía de la provincia de Buenos Aires.
Sin las heridas de Trelew, acaso habría sido más fácil apagar los incendios que vinieron después. Pero aquel 22 de agosto las señales –divinas, terrenales: quién sabe– abrieron una grieta inútil, y por allí fluyó la sangre de mucha gente.
En los dos años que siguieron, no pasó semana alguna sin que alguien sucumbiera por haber sido ejecutor, juez, abogado, sobreviviente o defensor de esa tragedia. La destrucción de la Argentina empezó entonces, en aquella madrugada aciaga de 1972, y fue sucia, sorda, canallesca, como una pesadilla de fin de mundo.
Esta edición repite la original con varios cambios. Suprime algunos documentos y discursos que duplicaban lo que ya se había narrado en el mismo libro de otra manera, y agrega revelaciones posteriores a 1973; a la vez, actualiza sustantivos y verbos coloquiales de aquella época que nada le dirían al lector de hoy. Más importante, agrega un epílogo provisional sobre el regreso de los hechos en una indagación judicial que todavía está en curso. A 35 años de los crímenes, esa búsqueda produjo los primeros detenidos.
Viajé a Trelew en agosto de 2007 para dar testimonio sobre la investigación de la que nació este libro. Las preguntas del juez federal Hugo Sastre renovaron en mí la impresión de que la matanza, cuyos móviles y desarrollo me habían parecido tan claros en 1973, seguía dejando muchos enigmas abiertos.
No estaba del todo claro, por ejemplo, quién había ordenado las ejecuciones. ¿El presidente de facto, Alejandro Agustín Lanusse? ¿O los jefes de la Marina que buscaban desbaratar su intento de llegar a un acuerdo con el exiliado Perón y abrir la puerta a elecciones libres y sin partidos proscriptos? ¿Dónde se refugiaban los autores de la matanza, Bravo y Sosa? ¿Qué complicidades les habían permitido mantenerse ocultos durante una vida entera? Y, por el otro lado, tampoco estaba claro por qué había fracasado la fuga tan bien planificada del penal de Rawson. La ausencia de los camiones que iban a liberar a los presos, ¿fue una torpeza en la interpretación de las señales desde el penal o una cobardía de última hora? Mientras el juez Sastre buscaba darle orden y sentido a la tragedia, iluminar los hechos antes oscurecidos por las medias palabras y las verdades a medias, volví a Trelew. Lo hice, como dije, en agosto de 2007.
La ciudad ya no se parece en casi nada a lo que era hace treinta y cinco años, cuando la vi por primera vez. Su población se ha multiplicado por cuatro: de los veintiséis mil habitantes de entonces a los casi cien mil de ahora. En el centro abundan los cafés, los negocios atareados, los turistas que tratan de acercarse a las ballenas en el océano próximo.
El aeropuerto de 1972, donde se refugiaron y se rindieron los diecinueve guerrilleros fugitivos del penal de Rawson, ya no está donde estaba. El nuevo es un imponente conjunto de dos plantas situado en el camino a Gaiman, en vez del modesto edificio que antes desafiaba la soledad quince kilómetros al Este, cerca del mar. Sólo permanecen inmutables las ondulaciones que separan el casco urbano de la estepa, las siestas y el té de la tarde que los galeses dejaron como una costumbre de siempre.
Poco antes de regresar a la ciudad por última vez, pude ver el ascético film documental de Mariana Arruti, Trelew, que reúne testimonios inalcanzables en 1973 y devuelve a la memoria los lugares de la tragedia tal como eran entonces y tal como el tiempo los ha dejado.
En la película de Arruti, Jorge Lewinger, uno de los responsables de trasladar a los fugitivos de Rawson hasta el aeropuerto, declara que interpretó mal las señales que le daban desde el penal, o que las confundió, y que ese error no ha dejado de atormentarlo. Su confesión disipa otro de los enigmas.
Las investigaciones del juez Hugo Sastre han avanzado tanto en el esclarecimiento de los hechos que las historias de este libro reclamaban una minuciosa puesta al día.
Alenté la esperanza de que Susana Viau quisiera llevar adelante esa empresa. Por fortuna aceptó el desafío. Es una periodista a la que vengo leyendo desde hace cuatro décadas, con admiración constante por su lenguaje preciso, en el que jamás sobra una palabra, y por la integridad moral que ha mantenido en pie antes y después de su largo exilio. Su carrera quedó entre paréntesis cuando una amenaza de la Triple A y dos allanamientos ilegales durante la dictadura la forzaron a huir a pie hasta Brasil, con un hijo pequeño y una hija por nacer. Por fin, encontró refugio en Madrid. Vivió allí diez años, y sólo tardíamente, en la revista Cambio 16, reaparecieron su prosa elegante y su enorme cultura. Cuando volvimos a encontrarnos en Buenos Aires en la redacción del diario Página 12, Susana era la misma intérprete sagaz de la realidad que yo había conocido en la juventud. Su lucidez me recordaba la de un amigo común asesinado en los años 70, Enrique Raab, quien había logrado desentrañar en una crónica memorable los desgarramientos del peronismo el 1º de mayo de 1974, cuando Perón abjuró de las alianzas que había tejido en Madrid con los jóvenes de su movimiento. Como a Susana, las borrascas nacionales le inferían heridas de gravedad, pero sabía poner distancia de ellas para poder contarlas.
La inteligencia y el talento profesional de Viau permiten que La pasión según Trelew encuentre un final que seguirá abierto mientras los personajes más negros se mantengan en escena sin decir todo lo que saben.
Delegar en ella esa historia me ha permitido también proteger el recuerdo de Trelew con el que quiero quedarme para siempre: el de mi viaje de 1987, cuando me reencontré con los protagonistas del alzamiento civil en el viejo teatro Español, donde habíamos cantado todos juntos en días más aciagos. Cientos de personas llegaron aquella vez desde los cuatro rincones de la costa patagónica para compartir una fiesta con tortas galesas y flores del campo. Aún me queda el recuerdo del amanecer en un bar, cuando evocamos los años perdidos. La historia nos había marcado con su cicatriz, pero por nada del mundo queríamos que esa cicatriz se nos borrara.
* Extractado de La pasión según Trelew (Alfaguara). Revista Veintitrés. 20 de agosto de 2009
Ingresar un comentario en el artículo
Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina
