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Inédito japonés de Brecht: 'La Judith de Shimoda'

Inédito japonés de Brecht: 'La Judith de Shimoda'
Un fragmento de 'La Judith de Shimoda' (Alianza), pieza del dramaturgo alemán inspirada en una obra de Yamamoto Yuzo
En 1940, Bertolt Brecht está exilado en Finlandia. Su amiga y anfitriona, la escritora Hella Wuolijoki, le descubre una obra, La triste historia de Okichi, del dramaturgo japonés Yamamoto Yuzo, que acaba de ser publicada en inglés y de la que ha comprado los derechos. Brecht queda fascinado por las características de la pieza (su modernidad, su feminismo, su crítica al patriotismo en beneficio de los poderosos) y emprende una "reelaboración" que tiene mucho de apropiación, no en vano acababa de hacer lo mismo con un texto de Hella Wuolijoki que firmaría como El señor Puntila y su criado Matti, una de sus comedias más celebradas.

Comprime el texto de Yuzo, remonta pasajes, añade alguna que otra escena y, sobre todo, escribe una docena de interludios en los que nuevos personajes comentan la triste peripecia de la protagonista. Así nace La Judith de Shimoda, una pieza inédita en castellano que esta semana publica Alianza, uno de cuyos fragmentos se puede leer hoy en esta edición de ELPAIS.com.

La Judith de Shimoda, narra el "sacrificio patriótico" de Okichi, una gheisha, al servicio del primer cónsul americano en Japón, convertida en leyenda oficial, denostada por sus conciudadanos y destruida, pero no vencida, por la grieta que separa mito y realidad.

El estudioso alemán Hans Peter Neurenter pudo acceder al legado de Hella Wuolijoki y en 2006 descubrió el paradójico material: la versión de una pieza ajena que parece más brechtiana que las obras del propio Brecha (1898-1956).

Este inédito del dramaturgo alemán (Madre coraje y sus hijos o La ópera de cuatro cuartos) se suma a otros avances literarios de similares características que ha dado Babelia de autores como Henry James, con Compañeros de viaje (Navona); o Wole Soyinka y su poemario Lanzadera en una cripta (Bartleby).

Marcos Ordoñez. El País. 30 de marzo de 2010


Bertolt Brecht
La Judith de Shimoda
Según una obra de Yamamoto Yuzo
en colaboración con Hella Wuolijoki

Reconstrucción de una puesta en escena
de Hans Peter Neureuter

Traducido del alemán por Carlos Fortea
Alianza Editorial

Nota sobre La Judith de Shimoda
La obra La Judith de Shimoda es una reelaboración de la obra La historia de la puta de los extranjeros, Okichi, de Yamamoto Yuzo. La obra de Yamamoto trata de un personaje histórico, cuyo sacrificio es famoso. El autor dedica su atención a la vida de una heroína después de su acto heroico. Para el lector europeo, la obra es simplemente una biografía, y no aprecia su interés.
No ve sin más que es algo así como una descripción de la vida de, por ejemplo, Guillermo Tell o Judith después de sus actos heroicos. Para lograr este efecto, en la presente reelaboración se le ha dado un marco a la obra. Las cinco primeras escenas, que exponen la heroicidad misma, han sido resumidas; les siguen, de manera por así decirlo esporádica, respondiendo a preguntas,
otros segmentos de la vida ulterior de la protagonista.
Las modificaciones y remodelaciones de las cinco primeras escenas tienen la finalidad de reelaborar con mayor claridad la decisión de Okichi de prestar un servicio a la nación y liberarla de aspectos casuales (como el motivo del amor defraudado). Sin embargo, se mantiene la cuestión de su resistencia inicial a la exigencia de las autoridades.
Las conversaciones que enmarcan la obra no deben considerarse un texto fijado. Pueden ser modificadas y ampliadas de acuerdo con las circunstancias. Por supuesto, su contenido e intención deben conservarse.

La Judith de Shimoda
Versión para la escena

Personajes de los interludios
AKIMURA: magnate de la prensa y político japonés
CLIVE: orientalista inglés
RAY: periodista americana
KITO: poeta japonés
El director de la obra
Criados silenciosos

Personajes de las escenas
TOWNSEND HARRIS: cónsul general de Estados Unidos
HENRY HEUSKEN: su intérprete y secretario privado
AH LO: su criado

Miembros
INOUE SHINANO-NO-KAMI  del consistorio
MAKAMURA DEVA-NO-KAMI de Shimoda
WAKANA MIOSABURO  Oficiales
MATSUMURA CHUSHIRO de policía
Un funcionario
SAITO: funcionario de policía, luego excelencia
PRÍNCIPE ISA
OKICHI
OMOTO: su hermana
TSURUMATSU: su prometido, y posterior esposo
OFUKU: su amiga
Porteadores de literas y guardia samurái
Pueblo
Barquero
Dos samuráis
El viejo dueño de la casa de té
OSHIMO: una cliente de Okichi
OSAI: amante de Tsurumatsu
Un mensajero
Un pescadero
Dos delegados de la ciudad, posteriormente miembros del consistorio de Shimoda
TAKAGI KAMEKICHI: pariente lejano de Okichi
Camareras y camareros, geishas Un cantante callejero y transeúntes
Un marinero

PRELUDIO
Salita en un palacio de la capital japonesa. El dueño de la casa, el político y editor de prensa Akimura, conversa con sus huéspedes, el orientalista inglés Clive, la periodista americana Ray y el poeta japonés Kito, mientras se monta con rapidez y elegancia el escueto decorado de la primera escena de La extranjera O Kichi.

RAY: Pero si habríamos podido ir igual de bien al teatro, señor Akimura. ¡Qué caro y trabajoso traer expresamente a su palacio a los actores!

AKIMURA: Aquí se sentirán más cómodos. El aire es mejor, los asientos son más blandos, y eso representa un papel, porque la obra es una tragedia.

KITO: También incluye una acción heroica, y si uno está incómodo, se siente mal, Miss Ray. Hay que estar sentado con comodidad para ver trabajar a los héroes.

CLIVE: Sea como fuere, lamento profundamente haberle incitado a usted con mis modestas objeciones a recurrir a un argumento tan caro como una representación teatral.

AKIMURA: No puedo dejarle en la creencia de que en mi país el patriotismo sólo es cosa de las clases altas.

KITO: Mister Clive podría objetar en todo caso que un mito como el de O Kichi no demuestra gran cosa. Un mito es un mito, ya sabe.

AKIMURA: No puedo estar de acuerdo con usted, Kito. Los mitos lo prueban. Especialmente los mitos recientes. Un nacionalismo que forma mitos es sin duda un nacionalismo popular, ¿no lo cree usted así, Mister Clive? El mito de O Kichi aún no ha
cumplido cincuenta años. Y una cosa más: las escenas que voy a presentarles proceden de una obra moderna. Ha sido escrita por el señor Yamamoto, uno de nuestros dramaturgos más jóvenes y radicales, con cuyas opiniones no coincido en modo alguno. Un realista.

KITO: Eso es cierto. No verán ustedes idealización alguna.

RAY: ¡Estoy expectante por ver a su Judith japonesa!

KITO: La verá en la cueva del león.

CLIVE: El león es su compatriota.

RAY: Lo sé. El primer cónsul americano en suelo japonés, ¿no?

KITO: Y los nuevos Holofernes, que amenazan menos con el fuego y la espada que con tratados comerciales.

RAY: Oh, no deben ser menos destructivos.

KITO: Si usted quiere, también puede entender a la muchacha como una especie de santa Juana, ya que en cierto modo es quemada. Y por sus propios conciudadanos.

RAY: Oh, Clive, tiene usted que traducirme frase por frase.

AKIMURA: Creo que los actores están listos. (Da unas palmadas.) Les ruego que se sienten.

Ante el escenario se han instalado unos pequeños biombos. Ante ellos se sitúa el director.

EL DIRECTOR: Señoras y señores, al principio verán una escena en una casa de Shimoda, una escena histórica entre el cónsul americano y políticos japoneses. Estamos en el año 1856.

Los biombos son apartados por unos criados.
La obra comienza.

ESCENA 1.
Gran salón del consistorio de Shimoda. La sala está vacía, pero de una estancia anexa salen sonidos y palabras excitadas en inglés. De pronto, se oye cómo un objeto choca contra la pared. Las puertas correderas de papel se abren y Townsend Harris, un hombre entrado en años, cónsul general de Estados Unidos, sale dando gritos. Tras él vienen miembros del consistorio de Shimoda, Inoue Shinano-no-Kami y Makamura Deva-no-Kami. Wakana Miosaburo, un oficial de policía, intenta, excitado, contener a su compañero Matsumura Chushiro, que quiere atacar a Harris, espada en mano. Henry Heusken, intérprete y secretario
privado de Harris, entra en último lugar.

HARRIS: Lies! Lies! Nothing but lies from beginning to end! With a pack of rascals such as this, how can I continue negotiations? I have finished with you. There is only one thing to be done!

HEUSKEN: Be careful, Sir! (A los otros.) ¿Está loco? ¡Está atacando al cónsul general de los Estados Unidos de América!

HARRIS: (Ve de pronto la espada en la mano de Matsumura.) So you would kill me, would you? Very well, kill away! Of course you are all aware of the consequences?

Los miembros del consistorio y Wakana consiguen hacer entrar en razón al furioso Matsumura.

INOUE: (A Heusken.) Ruegue al cónsul general que vuelva y continúe la conferencia.

HEUSKEN: (A Harris.) They ask you, Sir, to return and to continue the conference.

HARRIS: No, why should I return? How can I negotiate with people like these, liars from habit, born liars as they are? No! Let the guns speak: then perhaps we shall have an answer. Come, Mister Heusken, we will return to our quarters. Harris derriba una silla y se va. Heusken va a seguirle, pero Wakana se apresura a detenerle.

WAKANA: ¡Mister Heusken, por favor, espere un minuto!

HEUSKEN: ¿Para qué?

WAKANA: ¿Qué puede haber ofendido al cónsul para que esté así de furioso?

HEUSKEN: Lo sabe usted perfectamente.

WAKANA: No hable en ese tono, sino que le ruego que traduzca exactamente las palabras del cónsul para que podamos entenderle con claridad. No entendemos nada.

HEUSKEN: ¡Mentís! ¡Mentís! Eso es lo que dice el cónsul general. Todo lo que usted ha dicho, de principio a fin, son mentiras. Lo que usted dijo ayer y lo que ha dicho hoy no tiene nada que ver. Tratamos seriamente de negociar con ustedes, pero así jamás llegaremos a nuestro objetivo. Es comprensible que acabe con la paciencia del cónsul general.

MATSUMURA: (Irritado.) ¿Comprensible? ¿Comprensible arrojar un cenicero al alcalde? ¿Se hace eso en vuestra casa?

HEUSKEN: Ustedes tienen la culpa. No puede soportar tantas mentiras.

MATSUMURA: ¿Qué ha sido una mentira? ¿Qué promesa se ha roto aquí?

HEUSKEN: Ah, ¿quiere usted pruebas? ¡Tomemos, por ejemplo, el caso Okiri!

WAKANA: Querrá decir Okichi. Como le he explicado con todo detalle, simplemente la muchacha no está de acuerdo.

HEUSKEN: ¡Mentira! ¡Naturalmente que no está de acuerdo, cuando ustedes no hablan en serio! En este país nos tratan como a leprosos, eso es lo que ocurre. Hace semanas que no podemos conseguir servicio, todos los días nombres nuevos, pero nada de criados. Y está claro que si vuestras leyes siguen prohibiendo entrar al servicio de un extranjero, es imposible conseguir personal.

WAKANA: ¡No! ¡Una de las dos chicas que se le han mencionado últimamente acudirá! Y, en lo que a Okichi se refiere, las cosas no quedarán así. Ya le hemos dicho que le enviaremos otra muchacha.

HEUSKEN: No, eso no sirve. Insistimos en Okiri. Precisamente en Okiri.

WAKANA: Se llama Okichi. Cómo puede usted ser tan testarudo, si le estoy explicando...

HEUSKEN: No somos testarudos. Okiri arriba, Okiri abajo, u Okichi, si usted quiere... de lo que ahora se trata es del principio. Por no hablar de que hemos pagado 25 ryos de anticipo. Son los mismos trucos con los que nos salen cuando se trata de los viajes del cónsul y del cambio del dólar. También en esto se nos retuerce, también en esto se nos dan largas. ¿Cuándo será la recepción con el Shogun? Hace semanas que nos dicen que mañana. Es decir: nunca. Nadie aquí quiere que se produzca.

INOUE: Mister Heusken, su excelencia el príncipe Isa considera esa visita un asunto de honor. La mayoría de las dificultades ya han sido allanadas. El príncipe espera que a más tardar a fines de la próxima semana...

HEUSKEN: ... haya otro aplazamiento de dos meses, ¿no? Caballeros, me van a permitir la descortesía de repetirles las palabras que el cónsul general les dijo antes de abandonarles; son muy gruesas. Les ruego que escuchen con atención lo que el cónsul general dijo: No está en condiciones de seguir negociando con un montón de embusteros natos. A partir de ahora, dejará que hablen los cañones.

MAKAMURA: ¡Los cañones!

HEUSKEN: ¡Sí, excelencia, los cañones!

WAKANA: ¿Dijo eso realmente el cónsul?

HEUSKEN: Mi traducción es absolutamente fiel.

INOUE: (Conteniéndose a duras penas.) Pero eso no sólo iría contra los intereses de Japón, sino también contra los de América. Señor intérprete, ¿es que no hay ningún medio de apaciguar al cónsul?

HEUSKEN: Lo siento, excelencia, pero no conozco ninguno. Cuando el cónsul hace una manifestación tan seria, tengo que suponer que ya ha tomado su decisión.

INOUE: Pero si las cosas se agravan de ese modo...

HEUSKEN: Muy cierto, muy cierto. Consideraría lamentable que ése fuera el fin. No es ése el deseo del cónsul. Pero si Japón no quiere la guerra, tendrá que mostrar más sinceridad. En mi opinión, el cónsul general es un hombre muy amigable. Y al fin y al cabo un cónsul es un cónsul, y no el capitán de un buque de guerra. Si las negociaciones avanzan, no puedo imaginar que recurra enseguida a los cañones. Haré todo lo posible para calmarlo. Pero la sinceridad es absolutamente necesaria. (Heusken se inclina y sale.)

INOUE: (Deprimido.) Menuda papeleta, ¿eh?

MAKAMURA: Sea como fuere, tenemos que vérnoslas con un duro interlocutor. Y si mostramos el menor punto débil, lo pagaremos caro.

MATSUMURA: ¿Puedo decir mi opinión? Me parece que nuestra manera de negociar es un tanto indecisa. Esa gente capta nuestras intenciones. Hablan de cañones, pero aquí no hay ni un barco americano. ¿Qué tenemos pues que temer? ¿No sería lo mejor oponerles de una vez por todas un «no» decidido?

INOUE: ¡No! Si aquí no hay ninguno, puede venir. Naturalmente que no tenemos una guerra en puertas. Pero se produciría una situación muy grave si se rompieran las negociaciones. (De repente.) ¿Quién le referirá este incidente al príncipe?

MAKAMURA: Yo, desde luego, no.

MATSUMURA: A mí ni siquiera me recibe.

WAKANA: Es del todo imposible informar de esto al príncipe.

INOUE: Sé positivamente que, en sus negociaciones con el Shogun, el príncipe Isa está avanzando hasta el punto de que la corte va a recibir al cónsul general. Las negociaciones no pueden interrumpirse en este momento. El príncipe se pondría furioso.

Pausa.

WAKANA: La mejor política sería, ante todo, enviar a esa Okichi. Al menos eso restaría fuerza a la acusación de que no mantenemos nuestras promesas. Esos extranjeros se apaciguarían si ya no se ven obligados a tener que vivir enteramente sin mujeres. Y los distintos puntos acerca de los que aún tenemos que tratar serán más fáciles de resolver.

INOUE: Por eso hemos acordado hacer la vista gorda en lo que concierne a esa mujer. Pero si esa Okichi tan importante no quiere ir, ¿qué hacemos?

MAKAMURA: No tiene sentido perder el tiempo hablando de eso, pero fue un poco imprudente hacer una promesa antes de tener su consentimiento.

WAKANA: Lo siento, pero al fin y al cabo es una geisha, y no correspondía al prestigio de las autoridades consultar con ella lo referente a cada uno de los detalles.

MAKAMURA: Eso también es cierto. Habría sido un error fundamental dejar a una mujer decidir de manera egoísta si quiere ir o no.

INOUE: ¿No se le puede hacer sencillamente un bonito regalo?

WAKANA: No. Según el informe del oficial de policía Saito, Okichi se encuentra bajo la dependencia sexual de un carpintero naval al que teme perder si obedece la orden de las autoridades, de modo que con ella no fructifican ni las ofertas ni las amenazas.

INOUE: Eso complica la cosa. ¿Se ha negociado con ese hombre?

WAKANA: Sí. Pone dificultades.

INOUE: Según parece, ya no somos dueños de la situación.

UN FUNCIONARIO: (Anuncia.) Su excelencia el príncipe Isa.

Todos se ponen en pie, incómodos.

WAKANA: Ya se ha enterado.


INTERLUDIO 1

CLIVE: ¡O aceptáis nuestro petróleo, o convertiremos vuestras casas en lámparas! ¡Unos viajantes temperamentales, estos nuevos Holofernes!

RAY: ¿De verdad eran los japoneses tan insinceros?

KITO: Terriblemente. Era una consecuencia de su atraso. La sinceridad como truco a la hora de negociar es un logro de la modernidad. Sus Rothschild fueron los primeros que arrancaron la piel al público empleando la absoluta sinceridad. Naturalmente, la sorpresa también representó un papel. Pero luego la sinceridad y la claridad se aclimataron, y los hombres de negocios perdieron su temor, al principio del todo supersticioso, al amor a la verdad cuando vieron que la sinceridad es inofensiva y no impide los grandes beneficios.

CLIVE: Naturalmente, el lenguaje más sincero es el de los cañones. No hay nada de retorcido en los cañones.

RAY: No sea tan cínico. Usted, Clive, está en contra de los cañones. ¿Por qué se pone cínico en cuanto se habla de ellos? El cinismo no sirve contra los cañones. Al contrario, ayuda a los cañones.

CLIVE: Eso tiene su aquel. Habría que tomar en serio el lenguaje de los cañones y el lenguaje de los hechos. Pero, curiosamente, hay que superarse para hacerlo. «¡Los hechos desnudos!» ¡Extraño culto a la desnudez! ¿A quién no le repugna la desnudez cuando es fea?

RAY: Nunca he oído hablar de los cañones en un tono distinto del de las famosas sociedades de caballeros. Sólo sabéis decir obscenidades... Pero hablemos de la obra: me parece muy bien que se muestre cómo esa Judith se niega al principio.

AKIMURA: Ésa es la verdad.

RAY: Los héroes de los libros de lectura se lanzan al acto heroico como si estuvieran en unas rebajas. Okichi parece haber ejercido la debida contención.

AKIMURA: Me alegra ver que se da usted cuenta. A los nacionalistas no nos interesa presentar los actos heroicos como evidentes. Según la más reciente psicología, el héroe puede incluso tener miedo a la muerte, como ocurría conforme a la más antigua... Pero sigamos.

EL DIRECTOR: (Se adelanta.)
Escena segunda. El príncipe Isa, el viejo estadista, ha hecho traer a la ciudad a la geisha Okichi y habla con ella.
Los criados apartan los biombos.
La obra prosigue.

Creado el 30/03/2010. Etiquetas: Artes escénicas

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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina