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Una filosofía de la muerte. Sobre “Alternativas de lo posthumano”, el nuevo libro de Oscar del Barco. Por Rubén H. Ríos
Una filosofía de la muerte
Sobre “Alternativas de lo posthumano”, el nuevo libro de Oscar del Barco.
Vive austera y solitariamente en la ciudad de Córdoba. Durante la dictadura militar se exilió en México, donde fue profesor emérito de la Universidad de Puebla. Después de volver a la Argentina y publicar varios libros, sorprendió a la izquierda argentina con un mea culpa desgarrador: su actitud no sólo causó estupor sino ataques de todo tipo de sus ex compañeros y algunos que nada sabían de su militancia. Por estos días aparecerá un nuevo libro de Oscar del Barco, y aquí ofrecemos un análisis y las posibles lecturas que despertará la obra de este filósofo nacional.
Por Rubén H. Ríos
Pintura. La cubierta del libro y el filósofo Oscar del Barco, que también es artista plástico, en pleno trabajo.
Con este nuevo libro, Alternativas de lo posthumano, en el que la editorial Caja Negra reúne textos de diversas épocas, Oscar del Barco decididamente se muestra como un pensador místico, un filósofo de una teología atea o negativa en la época de la muerte de Dios y desde la cual ensaya una radicalizada crítica a la metafísica, a la civilización tecnocientífica y al capitalismo. Ya en Exceso y donación. La búsqueda del dios sin dios (2003), este misticismo posmetafísico (ya que no se trata del ser sino de un ultraser) había llevado al autor, en una profundización de la senda abierta por La intemperie sin fin (1985), El abandono de las palabras (1994) y Juan L. Ortiz: poesía y ética (1996), a los bordes de una escritura catastrófica de lo inexpresable y lo inefable. Ahora, con estos textos recopilados, escritos y publicados entre 1969 y 2001, algunos extraídos de El abandono de las palabras, se propone al lector una reconstrucción del tránsito del pensamiento de Del Barco desde El otro Marx (1983) –escrito durante su exilio en México– hasta su experiencia mística con la poesía, el arte y sustancias “enteógenas” como el peyote y el LSD. En ese sentido, aunque fragmentariamente, el libro es revelador de los núcleos filosóficos y religiosos que en Exceso y donación emergieron a través de la puesta en abismo de una palabra desplegada en el límite de la significación, del sentido, de lo decible y de lo pensable.
En esta recopilación, al contrario, todo se desenvuelve en la región menos inasible de la interpretación del concepto y a distancia prudencial del éxtasis o el exceso místico. De los distintos autores estudiados (Marx, Heidegger, Artaud, Bataille, Nietzsche, Wittgenstein, Riccardo), surge, como señalan los editores, que Nota sobre la mística de Nietzsche (1992) y Notas sobre una posible ‘teología atea’ en la filosofía de Ludwig Wittgenstein (1996) constituyen las claves del misticismo ateo que eclosiona en Exceso y donación, pero a decir verdad no menos que en el escrito sobre Artaud. Publicado como prólogo a una edición local de Textos revolucionarios en 1972, en el cual el dionisismo anticapitalista y antiburgués que capta Del Barco en la teoría del teatro de Artaud (en correspondencia con el ensayo de Derrida sobre el tema: El teatro de la crueldad y la clausura de la representación, publicado en 1966) contiene en un estado larvado todos los elementos místicos que luego lo llevarán a una teoría de lo ilimitado o del límite ilimitado del mundo, al decir de Foucault en Prefacio a la transgresión (1963). Porque, a pesar de que el breve y lejano trabajo sobre Bataille (es de 1969) no lo refleje, la influencia de éste en la teología posmetafísica de Del Barco llega hasta los estratos más profundos. La huella de la “experiencia interior” batailleana se aprecia con nitidez en la lectura que hace del Wittgenstein del Tractatus que gira en torno, respecto del lenguaje, de la noción de límite y de ilimitado. También, al mismo tiempo, cómo opera en el autor el taoísmo (El tao que puede ser dicho no es el tao verdadero) y las enseñanzas antilogocéntricas del budismo zen que hacen de todo discurso un obstáculo insalvable para la experiencia del vacío que yace en el fondo del mundo.
Por otra parte, el libro –muy apegado a la constelación teórica de El abandono de las palabras (quizá la obra más deslumbrante de Del Barco)– presenta varios textos políticos y sociales de fuerte tono crítico al Gran Autómata tecnocapitalista y a los aparatos de dominación.
Con mucho, lo que aquí se denomina “sistema”, se parece a una telaraña en expansión o a una red viral cuyos nodos están en todas partes y en ninguna a la vez y que, por lo tanto, tiende a la absorción en su interior de toda exterioridad y a la neutralización de cualquier insurgencia. El sistema, según esto, es material e ideal, técnico y utilitario, sacrificial y libidinoso, destructivo y deseoso, nihilista y calculante, invulnerable y vulnerable, un laberinto infinito, una mente sin conciencia, un pensamiento sin cuerpo, que no puede definirse de ningún modo (ni por el ser, la totalidad o la racionalidad) ni puede cambiarse intencionalmente.
Lo cual no quiere decir que ocupe todo (sería el fin de la humanidad), ni tampoco que el no-sistema sea la clase obrera, sino que el afuera de esa cosa amorfa y multidimensional (en realidad, unidimensional en el sentido de Marcuse), de la razón técnica absolutizada y al mundo devenido una objetividad fetichizada, se halla en lo inconmensurable del hombre, en la oscuridad de la luz racional, en un resplandor anónimo que mantiene lo vivo. Para Del Barco, la mística de Nietzsche y de Wittgenstein, la “serenidad” heideggeriana, la “parte maldita” de Bataille señalan esa “zona” en la que el sistema puede fallar ontológicamente y abrir el “reino de la libertad” con el que Marx soñaba.
De todas maneras, quizá el centro conceptual de este sistema que Del Barco teoriza con ánimo destructivo es una amalgama de la alienación (o cosificación) marxiana y la esencia de la técnica según Heidegger. Y no ha sido otro que este mismo quien en la Carta sobre el humanismo (1946) propuso un diálogo con el marxismo a partir de este concepto con el que Marx define la característica ontológica principal del capitalismo, como lo descubrió Lucácks en los años 20. El sistema, por lo tanto, pensado en clave marxista-heideggeriana, consiste en un tecnoproductivismo de cosas (mercancías) que enajena a los hombres de sí mismos y de la técnica como modo de desocultamiento del mundo –de la “verdad” como estado de abierto– y de su proximidad con la téjne griega, con el arte de hacer venir a la presencia lo que nunca ha existido. La concepción moderna y antropológica de la “tecnología”, como medio en relación a fines, como instrumento, cierra toda posibilidad de liberación del dominio del ente cuantificado y explotado, de la naturaleza como “estación de servicio” de la racionalidad productivista. Lo único que queda entonces, fracasado el marxismo y el “último dios” de Heidegger que hace esperar indefinidamente su advenimiento al mundo de la cosificación, se conjuga en pensar y poetizar, pero en tanto un no hacer o un dejar ser, un salvaguardar la palabra y al pensamiento de la voracidad metafísica y laberíntica del sistema en una deriva hacia sus límites, hacia su interioridad subterránea más profunda.
En esta compilación, el misticisismo ateo y poshumanista de Del Barco desemboca en una filosofía de la disolución del sujeto o del “yo” en las potencias innombrables y, en última instancia, en una filosofía de la muerte. Esta, por supuesto, entendida al modo de Bataille o Blanchot, o incluso al de Baudrillard, como el límite ilimitado del mundo, como la herida irreductible e inefable a la que el orden tecnocientífico se esfuerza por desmitologizar y desacralizar, como la última respuesta inefable al misterio de que algo (el hombre, la naturaleza, toda cosa) sea.
Perfil. 7 de marzo de 2010
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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina
