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Un viaje a través de los escombros. Las cartas extranjeras de Victoria Ocampo. Por Hernán Arias
Un viaje a través de los escombros
Las cartas extranjeras de Victoria Ocampo.
Infatigable operadora cultural, en 1946 emprendió un largo viaje a Europa, apenas finalizada la Segunda Guerra. La correspondencia que envió a sus hermanas desde ese continente aún en llamas acaba de reunirse en “Cartas de posguerra”, con el que se relanza la mítica editorial SUR. Lugares, pensamientos y encuentros célebres, en un tono intimista.
Por Hernán Arias
En 1946, apenas finalizada la Segunda Guerra Mundial, Victoria Ocampo (1890–1979) fue invitada a Londres por el Consejo Británico para las Relaciones Culturales. Esa invitación le sirvió como excusa para emprender un viaje más ambicioso, que incluyó unos días en Brasil, otros en Nueva York, y luego voló a Inglaterra para, finalmente, cruzar a Europa continental y pasar un tiempo en París y en distintas ciudades alemanas.
El flamante volumen titulado Cartas de posguerra, con el que se relanza la mítica editorial SUR, reúne las 83 misivas que Ocampo les envió a sus hermanas, Angélica y Pancha, entre marzo y diciembre de 1946, durante ese largo viaje. A pocas semanas de cumplirse los 70 años del inicio de esa sangrienta contienda, estas cartas reconstruyen en un tono intimista y con un registro detallado de lugares y situaciones un momento histórico clave del siglo pasado, al tiempo que, de manera indirecta, tenemos acceso a los testimonios y opiniones de algunas de las personalidades más importantes de la época: en Londres, por ejemplo, Ocampo se reúne, entre otros, con G.B. Shaw, Aldous Huxley, T. S. Eliot, Graham Greene y E. M. Forster. También aprovechó el viaje para difundir la obra de algunos autores latinoamericanos en Europa, como la de su amiga Gabriela Mistral, o la de Jorge Luis Borges y Eduardo Mallea; y para preparar un número especial de la revista Sur, dedicado a la literatura francesa, que contó con colaboraciones de Paul Eluard, André Malraux, Albert Camus, Francis Ponge, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Julien Graq y Maurice Merleau-Ponty, entre otros.
Victoria Ocampo es una viajera sensible que observa atentamente a las personas con las que se relaciona y, tal vez porque nunca olvida que las destinatarias de estos escritos son sus hermanas, no duda en anotar lo que piensa o siente con absoluta honestidad. Por ejemplo, estando en Londres, el 3 de junio escribe: “Yo, en este hotel de lujo, tengo que lavarme las blusas y las camisas y calzones si no quiero que me los devuelvan en jirones o estropeados... y sólo dando propinas a la maid [sirvienta] los plancha (mal). Me imagino lo que será vivir sin sirvientes, teniendo que faire la marché [ir al mercado], cocinar, limpiar, lavar, planchar, etc”. También, estando en el mismo hotel, cuando cae enferma, no duda en comentar: “Desde el sábado que no salgo de mi cuarto: pero hoy estoy mucho mejor y me levanté. He pasado estos días sin ver a nadie. Los hombres ‘solos’ no pueden subir a mi cuarto y son los únicos personajes que me interesan aquí.”
Otro aspecto que determina el contenido de estas cartas, más allá del grado de parentesco de las destinatarias, es el hecho de que Ocampo haya viajado sola. La impresión que uno tiene tanto en la correspondencia reunida en este volumen como en la de otros viajeros solitarios, es que sus autores consignan en ella detalles y pequeñas anécdotas que tal vez no hubieran sido registradas de haber tenido un compañero de viaje; es decir, a alguien con quien conversar sobre ellas: “A las tres de la mañana interrumpí la lectura de una revista porque vi que me faltaba una peineta. La búsqueda duró diez minutos. Moví las camas con gran ruido. Pensé que estaba gagá al no encontrar un objeto que tenía puesto al acostarme. Por fin, mirando con una lámpara debajo de los muebles, di con ella.”
También el hecho de pasar la mayor parte del tiempo sola y en lugares extraños la lleva a reflexionar largamente sobre sí misma. Estando en Londres, escribe: “Como ya he tomado la costumbre de hablar sola conmigo misma, me digo: ‘Eres una mujer más bien vieja y egoísta a la que le gusta la buena comida en abundancia, el aire sano, una buena cama, buena compañía, buena ropa, buenos libros, buen teatro, buena conversación, toda clase de cosas buenas.”
Pero lo que sin dudas resulta más impactante son las descripciones que Victoria Ocampo hace de las ciudades bombardeadas y de los cambios que los ataques aéreos provocaron tanto en las calles y edificios como en el ánimo y los hábitos de sus habitantes. Pocas horas después de aterrizar en Londres, escribe: “La primera impresión de Londres es la de llegar a una ciudad que fue una gran ciudad y que hoy es el fantasma de lo que fue.” Por otra parte, son siempre interesantes sus registros de las sesiones del Juicio de Nüremberg a los jerarcas nazis, a las que asistió; así como también resultan escalofriantes las descripciones de lo que éstos les hacían a sus víctimas, tomadas directamente de los testimonios de los sobrevivientes.
Muchas de estas cartas están escritas íntegramente en francés, algunas en inglés, y en todas encontramos términos en diferentes idiomas, como si la autora de estas misivas estuviera buscando siempre la palabra justa y el tono apropiado para describir lo que estaba viendo o había oído. Pero no es esa búsqueda de precisión lo que más nos cautiva, sino la capacidad de Ocampo de captar entre las postales de la posguerra los últimos destellos de un mundo perdido.
Perfil. 15 de noviembre de 2009
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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina
