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Entrevista a Carlos Fuentes: "Los narcos se apropian de territorios y de voluntades". Por Juana Libedinsky
Entrevista a Carlos Fuentes: "Los narcos se apropian de territorios y de voluntades"
En su nueva novela, Adán en Edén, el escritor mexicano narra una historia centrada en uno de los grandes males de América latina: el tráfico de drogas. El autor de Cambio de piel habla del libro, de los escritores del continente y de su amor por el cine y por Buenos Aires.
Por Juana Libedinsky
En el living de Carlos Fuentes uno se ve desbordado por cantidades de libros (leídos y vueltos a leer, con páginas gastadas y tapas envejecidas) y de zapatos (usados y vueltos a usar, pero tan lustrados que destellan a pesar de la tenue luz del otoño británico).
"Ay, perdón, estamos viajando mañana para México y estamos organizando las maletas", se disculpa su mujer, Silvia Lemus, mientras ofrece algo para tomar, preocupada por las escaleras que debimos subir para llegar a su quinto piso, y vuelve a trabajar a su computadora.
Lemus, periodista de televisión, es rubia, alta, delgada y está impecablemente vestida. Si alguien dijera que se trata de una ex reina de belleza, sería fácil creerle. Justamente, la mujer del protagonista de la nueva novela de Fuentes es una ex Reina de la Primavera, pero allí es donde acaba cualquier similitud que pudiera existir con la vida real. Priscila, la mujer de Adán e hija del "Rey del Bizcocho" en el flamante libro Adán en Edén (Alfaguara), sólo se dedica a las compras, y es una especie de máquina de decir las cosas más inconvenientes en los momentos más inconvenientes; en actitudes que parecen sacadas de la tradición de las telenovelas, cachetea majestuosamente a las empleadas domésticas al salir de escena; y, además, tras años de matrimonio, la joven gacela se ha convertido, en las palabras del mismísimo Adán, "en un transatlántico".
Con todo esto, uno podría pensar que Adán en Edén es una novela ligera de crítica social (o, ya que estamos en Inglaterra, una comedy of manners ). Pero detrás de esa fachada se oculta un relato despiadado sobre uno de los grandes males de esta época en América latina: el narcotráfico, y la trágica secuela que va dejando allí donde se instala.
"Ése es el chiste de esta novela: por un lado hay comicidad y diversión y por el otro, un drama espantoso -confiesa Fuentes-. No podía sólo presentar la parte dramática de la droga sin una contrapartida de sátira social al modo de Dickens, que nivelara el carácter, el perfil de la novela. Hablar sólo de drogas sería una pesadez."
Aún así, pocos días antes, durante su paso por Madrid para recibir el Premio González-Ruano de Periodismo, Fuentes había adelantado que Adán en Edén tiene mucho, incluso, de crónica periodística dura.
"No se trata sólo de un tema de actualidad -sostiene el autor de La muerte de Artemio Cruz y ex embajador mexicano-, sino de una amenaza seria para la vida de un país; los narcos se apropian de territorios, ciudades y voluntades. México tiene 60 millones de personas menores de 25 años. ¿Qué se les va ofrecer a esos jóvenes?, ¿un trabajo o el ingreso en bandas que les procuran mujeres, dinero, gloria... y muerte, claro?"
Fuentes comenta que no está al tanto de lo que ocurre con el problema de la droga en la Argentina, pero sí respecto de lo que pasa más al norte del continente. "Hay centros del narco que se han desplazado de Perú a Colombia y a México, que tiene la enorme ventaja de compartir frontera con Estados Unidos, donde está la demanda -dice-. Si no hubiera demanda estadounidense, México no exportaría droga. Éste es un problema que ambos países deben tratar de forma compartida, porque exige una solución conjunta."
-¿Cuál es el camino a seguir?
-Yo no creo que los estadounidenses acepten jamás la despenalización de la droga, porque va en contra de su concepto de la libertad. En cambio Gaviria, Cardoso y Zedillo han propuesto una despenalización poquito a poquito, y yo soy muy partidario de una despenalización total. Las cosas entonces podrían resultar no digo buenas, pero sí algo mejores. Creo que habría muchos drogadictos, pero no habría criminales: tras la despenalización del alcohol en Estados Unidos siguió habiendo borrachos, pero Al Capones ya no.
En la novela, sin embargo, los que toman las medidas no son los gobiernos, sino una especie de vigilante. "El narrador es un hombre de empresa muy poderoso que ve cómo el país está siendo minado por los narcotraficantes y por formas diversas de la corrupción. El hombre decide ganarles a los narcotraficantes y a los criminales en su propio juego, siendo más criminal que ellos", resume el autor.
-Adán pasa una buena parte del tiempo leyendo las noticias, muchas de las cuales serían difíciles de creer si se presentaran como ficción, aunque sabemos que son reales. ¿Cómo hace un novelista latinoamericano para competir con el presente y con la historia del lugar?
-Ése el gran desafío. Yo no puedo escribir nada más extraordinario que Santana, el dictador mexicano, o que Rosas, pero, como diría Cantinflas, ahí está el detalle: con los elementos que nos da la historia, los novelistas latinoamericanos tenemos que trascender la historia. Yo, el Supremo de Roa Bastos es el gran ejemplo, porque toma a un hombre de la historia, el doctor Francia en Paraguay, y lo eleva a un enorme nivel imaginativo. Como autor, Roa Bastos puede meterse en las entrañas del personaje, ver qué miedos tenía, y así todo lo que no nos dice la historia nos lo dice la novela.
-Justamente, en Madrid recibió un premio por un ensayo que publicó en México sobre la relación entre la historia y la novela. ¿Qué tan purista es respecto de cada uno de los géneros?
-Creo que el gran ejemplo es Cervantes, que mezcló épica, picaresca, un combate naval en Barcelona, pastoral, un bandolero de nota roja... Cervantes inaugura la novela mediante la inclusión de todos los géneros, y eso es todo lo contrario a la pureza de la novela que pretende luego alguien como E. M. Forster en Aspectos de la novela , de 1927. En la novela cabe todo, es el género más abarcador. Por otra parte está el historiador, que es quien ofrece la historia verdadera, aunque muchas veces la que permanece es la ficción que retrata una época. Esto se debe a que los novelistas dan al lector ese margen de libertad y de imaginación que la historia, o el periodismo, no pueden dar. Supongamos que un ex seminarista vengativo entra en una iglesia, dispara a una mujer durante la misa y lo ejecutan. Sale en la prensa y es el final de la historia. Pero si el seminarista se convierte en Julien Sorel, la mujer en Madame de Rênal y la historia en Rojo y negro , quedará para siempre.
-En estos momentos está escribiendo un libro que será editado en Estados Unidos, The Great Latin American Novel. ¿Qué nos puede adelantar al respecto?
-Que voy a contar una historia del género. Yo creo que el origen de nuestra novela está en la crónica de Indias, en el asombro, el azoro, de los primeros descubridores al ver las playas de perlas negras, las tortugas y las salamandras. Luego vino la crónica épica, con Bernal Díaz del Castillo, y luego hay un silencio novelístico muy largo. Durante la época colonial no se escriben novelas en América latina, y luego, con Esteban Echeverría y Sarmiento, arranca la novela bastante naturalista y realista. Hay una gran excepción en Brasil con Machado de Assis, que es el gran novelista latinoamericano del siglo XIX. Luego hay una revolución contra ese naturalismo excesivo en la generación de Borges, Carpentier, Lezama Lima, Onetti. Y luego venimos nosotros, el boom , que somos sus descendientes.
-¿Y qué hay ahora?
-Una constelación impresionante. Estuve en el Salón del Libro de París y había 47 escritores mexicanos presentes, todos traducidos al francés. En mi época, sólo Juan Rulfo, Octavio Paz y yo éramos traducidos al francés. Si a esos 47 se les suman los argentinos, chilenos y demás, estamos frente a una pléyade de novelistas. Entonces, cuando dicen que la novela está muerta, yo pienso que no, que en América latina la novela está muy viva. Hasta Chile, que era un país de poetas, con Neruda, Mistral y Huidobro, ahora tiene siete u ocho novelistas por sólo mencionar a los de muy primera línea. Quizás esto ocurra porque en la novela se dice lo que no puede decirse de otra manera, tan fácil como eso.
-¿Diría que ya no se escribe tanto de temas de identidad latinoamericana como de diversidad?
-Creo que la cuestión de la identidad ya no tiene importancia; es un tema adquirido, ganado. En cambio, aceptar la diversidad moral, política o sexual de la gente es hoy el verdadero desafío en América latina, y cada escritor lo explora a su manera, con estilos y voces muy distintas también.
-¿Por ejemplo?
-Hay un novelista mexicano joven muy bueno, Pedro Ángel Palou, que escribió en primera persona y con una inmediatez extraordinaria el relato de un boxeador iletrado decidido a que lo maten en el ring si hace falta. Ahí está el chiste del novelista, en saber manejar voces que no son la propia o que son la propia metamorfoseada en otra. Justo ayer veíamos dos películas, una protagonizada por Anna Magnani y otra por Ingrid Bergman, las dos mujeres de Rossellini, y yo le decía a mi mujer: aquí tienes a Bergman, una mujer muy insípida, sin personalidad alguna, pero que tomaba la personalidad de sus papeles, y a Magnani, una personalidad que era un terremoto, más fuerte que cualquier director. Los escritores también asumimos un papel de distintas maneras, y así asumimos una voz que es la nuestra pero que es también la de otros y trata de ser la de muchos.
-Usted tiene una larga relación con el cine. ¿No tiene planes de volver a escribir guiones, de llevar novelas suyas a la pantalla?
-Hace muchos años formé un equipo con García Márquez para armar guiones de cine. Pero entonces qué pasaba: nos sentábamos a trabajar y él decía, "oye, Carlos, esa coma me parece muy mal puesta", y yo le respondía, "oye, Gabo me parece que ese adjetivo no va". Así nos pasábamos todo el día discutiendo, pero de literatura, y no de cine. Un día dijimos basta. El cine es otro arte, es visual, popular, inmediato, mientras que la literatura es convertir el lenguaje en imaginación y sólo a eso me dedico ahora.
-¿Y cómo espectador?
-Yo soy sobre todo un hombre del pasado, recuerdo mucho el cine de los años 30 y 40. Me puede preguntar lo que sea del cine argentino de los 30 y 40, lo sé todo. Pero para mí el cine es Buñuel, Lubitsch o quien sea, pero un autor. Cuando simplemente hay una mecanización de la aventura en la pantalla, por más espectacular que ésta sea, el cine me deja de interesar. Todavía hay directores como Scorsese y he guardado el interés en algunos, pero he perdido pasión por el cine como tal.
-Entonces, ¿cuál es la mejor película argentina de los años 30 y 40?
-Una película con Santiago Arrieta en la que él es un gánster que se va a La Pampa y allí se transforma. Todo el mundo diría La guerra gaucha , pero yo no porque es casi un lugar común.
-¿Y por qué le gusta tanto Buenos Aires?
-Tuve mucha suerte. Cuando era adolescente mi padre fue trasladado de Santiago de Chile a Buenos Aires. Yo volví espantado del primer día de clases en un secundario porteño. Le dije: "Mira, papá, yo vengo de las escuelas de Cárdenas en México, de Roosevelt en Estados Unidos, del Frente Popular Chileno en Santiago, ¿cómo me metes en esta escuela donde elogian a los espartanos por encima de los atenienses, donde está lleno de lemas fascistoides de Martínez Zuviría, el escritor que firmaba Hugo Wast, como ministro de Educación? Me pareció una educación totalmente repelente". Mi padre me entendió y me dijo: "A la calle, entonces", y me la pasé recorriendo Buenos Aires como solo un chico de 15 años puede hacerlo, y quedé totalmente fascinado. Es una ciudad que desde entonces quiero mucho, y donde tengo grandes amigos.
La prueba más evidente está en su nueva novela: aunque la trama se desarrolla en México y los protagonistas son mexicanos, un café bien porteño y el mismísimo Tomás Eloy Martínez hacen -tomando prestado un término del léxico cinematográfico- un breve "cameo" para el lector atento.
PRESENTACIÓN. Carlos Fuentes presenta Adán en Edén el miércoles 18 de este mes a las 19 en el auditorio del Malba, Figueroa Alcorta 3415, acompañado por Silvia Hopenhayn, José Claudio Escribano y Natalio Botana
La Nación. 7 de noviembre de 2009
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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina
