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El apocalipsismo. Por José Pablo Feinmann

El apocalipsismo
Por José Pablo Feinmann

Si las llamadas o autodenominadas democracias occidentales se aprestan a descorchar botellas de champagne para celebrar los 20 años de la caída del Muro de Berlín, sería aconsejable que no, que no gasten dinero inútilmente, que no descorchen nada, que ni una botella de cerveza se tome en Berlín ni en ninguna otra parte. Un triunfo lo es cuando puede superar el problema que había dado origen a su enemigo. Si el comunismo surge en el curso de la historia para expresar el descontento de los expoliados, de las clases obreras con salarios magros, la injuria de la extrema desigualdad social, las ganancias excesivas de los poderosos, la formación de los monopolios, la rapiña del capital financiero, sólo la solución de estas cuestiones habrá de sellar su aniquilación. Con el Muro de Berlín no sólo debió haber caído la desunión de Alemania, no sólo debió haber prevalecido un régimen de concesiones democráticas ante otro oscuramente autoritario, una ciudad iluminada por los carteles de Yves Saint-Laurent y Coca-Cola sobre otra aún oscurecida por la larga sombra del campesino Stalin. Se les debió entregar a los obreros comunistas lo que siempre habían pedido, pero ahora en medio de la democracia, de la libertad. El Muro no cayó para eso. Fue un triunfo propagandístico de Occidente y una gran derrota de las filosofías igualitarias, que habían equivocado (ya desde las páginas de Marx) su proyecto político al desdeñar a la democracia en beneficio de un engendro que llevó el nombre de dictadura del proletariado.

No es demasiado arduo detectar los dislates teóricos del error socialista. En un breve texto de mayo de 1875 (Crítica del programa de Gotha), Marx escribe: “Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde un período de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado” (Marx y Engels, Obras escogidas, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1955, pág. 25). Antes –en una celebérrima carta de marzo de 1852 a J. Weydemeyer–, el genio del British Museum (porque Marx se habrá equivocado bastante en sus aspectos proféticos y en sus enfoques sobre el problema colonial, pero fue un genio en casi todo lo demás que abordó) afirmaba que este tema, el de la dictadura del proletariado, era lo más genuino y original que había aportado a la economía y a la filosofía políticas: “Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases” (ibid., pág. 481).

En suma, todo está claro y teñido de necesariedad. El concepto de necesidad es medular en el pensamiento de Hegel y Marx. El decurso de la Historia es necesario porque responde a las leyes de la dialéctica. Hegel decía que la dialéctica no era un método sino “el movimiento interior de la cosa”. Las cosas son dialécticas. La dialéctica, al ser el motor de la Historia, conduce necesariamente de una etapa histórica a otra. El pasaje del capitalismo al comunismo es necesario. Pero, entre ambos momentos históricos, Marx introduce una etapa de fuerte contenido político. La llama dictadura. ¿De quién? Del proletariado, la clase revolucionaria. ¿Cómo se ejerce esa dictadura? Por medio del Estado. Es el Estado revolucionario el puente entre capitalismo y comunismo. ¿Por qué debe ser una dictadura? Porque los capitalistas se oponen a la sociedad comunista. La sociedad burguesa se niega a morir. Hay que matarla. O licuarla. O, en lo posible, incorporarla a la sociedad revolucionaria, cosa improbable. Queda entonces establecida la necesariedad de la dictadura. Una dictadura cuya misión será negarse a sí misma, llevarnos hacia la libertad, hacia la democracia, hacia la abolición de las clases. Hacia una sociedad sin clases. Marx ha insistido: será una etapa de transición. ¿Cuánto durará esa transición? ¿Cuánto durará esa dictadura? Muy simple: si la dictadura se establece para eliminar a los capitalistas, será necesaria en tanto éstos existan. ¿Cuándo y cómo se establece que los capitalistas no existen más o que ya no implican peligro alguno y podemos dar por terminada la dictadura? O también: ¿quién lo establece? Aquí había un problema que no fue visto: ¿qué dictadura o qué dictador tendrá la grandeza de decir “los motivos que justificaban mi posesión del poder han desaparecido, inauguremos otra época, la de la libertad, la de la democracia, ya no hay capitalistas que reprimir, la sociedad sin clases es una realidad, la dictadura ha terminado, mi gobierno también”? Nadie lo fue. Los dictadores socialistas (todos bendecidos por las elucubraciones políticas de Marx) revelaron una fuerte obstinación por aferrarse al poder y ninguno dijo jamás que su ciclo había terminado. De hecho siempre hubo motivos, reales o menos reales, para justificar su permanencia y mantener una dictadura inalterable, una libertad sólo para los adictos al régimen y un desdén por la democracia como valor exclusivamente burgués, algo que les resultaba sencillo demostrar pues la burguesía abusaba de ese concepto hasta tornarlo irritativo, propagandístico o simplemente mentiroso. Sin embargo, a lo largo de los años, se afirmó una certeza en todos: la peor democracia es superior a la mejor de las dictaduras. La única dictadura del proletariado que aún se sostiene es la de Fidel Castro en Cuba. Pero Fidel, antes que por la existencia de un peligro capitalista interno, justifica su posesión del poder (en sus manos o en las de su hermano) por el bloqueo al que Estados Unidos somete a la isla. No bien éste cese, Fidel declarará concluida su dictadura proletaria y abrirá una etapa democrática para acompañar a los restantes países del Mercosur, que hacen de la democracia uno de sus principales valores y se han asociado con firmeza ante su posible deterioro en Honduras. Castro ha encarnado de modo impecable la compleja relación entre socialismo y democracia. Que es así: para quitarle al capitalismo sus privilegios, para erradicar su régimen de expoliación, hay que acudir al autoritarismo. Cuando en una sociedad se instala el autoritarismo, ya no se sale de él, pues siempre se sigue encontrando algo que lo justifica. O si no, se lo inventa. De aquí que sea posible conjeturar que, una vez levantado el bloqueo a la isla de la dictadura socialista, otro motivo se esgrima para mantenerla. Hasta que la transición (en lugar de manejarla Castro) la manejen sus herederos o la oposición de Miami, que apesta. Tanto como apestará Cuba si Castro, de una vez por todas, no hace él mismo lo que hay que hacer.

En Rusia es Lenin el que acude a la idea de “vanguardia” que encarnará la dictadura del proletariado. Su problema es complejo: no tiene proletariado revolucionario. Moreno no tenía burguesía revolucionaria. De aquí que Moreno y Lenin se parezcan tanto. Moreno es un jacobino sin burguesía levantisca. Lenin es un socialista con campesinos, sin proletarios. ¿La solución? La teoría revolucionaria. Lenin lo hace así: si esperamos a que Rusia atraviese su etapa capitalista y surja el proletariado revolucionario, la revolución no la hacemos nunca. Además, dentro del capitalismo, el proletariado termina generando una conciencia tradeunionista y sumándose, en tanto cómplice, a la burguesía. Recordar la célebre carta de Engels: “¿Me pregunta usted qué piensa el obrero inglés? Lo mismo que el burgués”. ¿De qué sirve entonces transitar la etapa capitalista y esperar el surgimiento del proletariado? Hay una solución: la elite revolucionaria, en tanto vanguardia, conoce las leyes de la historia. Ella debe gobernar. Fundar un partido revolucionario y a su través hacer penetrar “desde arriba” la teoría revolucionaria en las masas. Pasarán, así, del precapitalismo al socialismo, por medio de la ideología que la vanguardia les entregará. Esto exige un grupo de intelectuales cohesionados (lo mismo pensaba Moreno al escribir su Plan de Operaciones), un grupo militante que conozca la mecánica histórica y los pasos que son necesarios dar. Se crea el Partido Revolucionario de Vanguardia. Se muere Lenin. Todo pasa muy rápido. El Partido necesita un jefe. (Siempre hace falta un jefe. Nadie ha escapado jamás al esquema arborescente. El rizoma fracasa porque necesita crear, lo quiera o no, una conducción. Toda conducción es arborescente. Deleuze y Guattari pueden ser útiles para un amable asambleísmo o para una reunión de consorcio, no para la realidad áspera, represora y mafiosa del poder.) Se elige un jefe. El jefe se transforma en dictador. ¿O acaso no conduce una dictadura? ¿Esa dictadura es la del proletariado? No hay proletariado. Hay teoría revolucionaria. La teoría revolucionaria la conocen el jefe y su entorno. Se la comunican a las masas. Entretanto, el jefe, ya dictador, es erigido en personalidad a la que se le debe rendir obediencia y culto. La teoría revolucionaria se congela y deviene dogma. El Partido Revolucionario de Vanguardia deviene burocracia que rinde culto al jefe y aplica represivamente el dogma. Y esto es ya el stalinismo. El Partido es burocracia. La teoría es dogma. La elite, burocracia. El Estado, la centralización del poder dictatorial. Con este esquema, Josef Stalin logra milagros. La Unión Soviética sale de la Segunda Guerra convertida en una gran potencia que se reparte el mundo con los yanquis y los ingleses. Se da el gusto de aventajar a los yanquis en la carrera espacial. El mundo entero llora a la perrita Laika y rinde culto a Yuri Gagarin. Y hay muchos que creen en que ese proceso (el stalinismo) podrá y deberá ser la alternativa a las injusticias del capital. Papá Stalin mata a quien se le antoja, pero Occidente no consigue unir su imagen a la de Hitler. El sereno, calmo campesino no da demoníaco.

Por fin, cae el Muro. Quien diga que fue para mal se arriesga demasiado. Quien diga que fue para bien es un ingenuo o un buen señor alemán que quiere festejar la unidad de su patria. Hoy Alemania es la tercera potencia mundial, acaso la cuarta. Pero es poderosa. De los dos bloques queda uno, “América”. Que se desboca. Si Fukuyama dice que la Historia terminó (ya se sabe que Hegel lo había hecho en 1831 bajo Federico Guillermo: congeló la historia porque a él y a su monarca le convenían), Huntington vendrá a corregirlo y a poner sobre el tablero la nueva hipótesis de conflicto: el islam. No el fundamentalismo islámico, dirá. El islam, todo el islam. El mundo –qué duda cabe– estaba más ordenado con los dos bloques de la Guerra Fría. Hoy existe una multipolaridad nuclear apocalíptica. Todos tienen armamento nuclear. Y todos están bastante locos, o sin duda demasiado nerviosos. Lo cierto es que el bendito Muro deconstruido no trajo la multipolaridad democrática, ni el fragmentarismo liberal de buena estirpe productiva, sino el mercado neoliberal manejado por los oligopolios. Un oligopolio es como un tiburón dentro de un estanque en que sólo hay pequeños peces. Se los come a todos. Se consolida la verdadera revolución del siglo XX y la hace la vieja burguesía, la que Marx había condenado a morir: la revolución comunicacional. El tiburón oligopólico tiene el poder de colonizar las conciencias. De sujetar a los sujetos. La “verdad” es resultado del poder comunicacional oligopólico. Algo que ni Foucault llegó a ver en estos términos. Si yo tengo dos diarios, tres canales de televisión, cuatro radios, cinco revistas, puedo fácilmente meter “mi” verdad en la conciencia de millones de seres que pasivamente la reciben. Luego hablan y creen que hablan, pero soy yo el que habla. Ellos dicen lo que han escuchado decir a mis obedientes y eficaces periodistas. También debo tener editoriales o acciones en las principales del mercado. No me faltarán escribas. Les encargaré todos los libros que necesite. Los llamaré libros de “destrucción de honras ajenas”.

Ese poder quedó en manos de Occidente. Pero Occidente ya no controla todo. No se puede controlar todo. Lo intentó con la teoría de la “guerra preventiva”. Pero no: ahí está China. Una mezcla explosiva de comunismo y economía de libre mercado. Y hasta tiene un pianista que mata: Lang Lang. Lo vi ahora en Frankfurt. Un pianista clásico rocker. Al lado de Liberace es Arrau o Argerich. Escuché a todos los chinos que largaron discursos en esa Feria: ni uno mencionó los derechos humanos, la libertad o la democracia. Al diablo con la democracia. Miren a América latina. Es cierto: mírennos. Vamos hacia los 30 años de democracia y el verdadero poder sigue intacto. Uno sospecha que si el socialismo es la dictadura del proletariado, la democracia es la dictadura de la burguesía.

Caído el Muro, lo que se inaugura es el tiempo del Terror. Se dijo que esa caída era la toma de la Bastilla de nuestro tiempo. Después de la Bastilla vino el Terror. Después del Muro, el terrorismo. ¿Qué época vivimos? Los posmodernos ilustraron bien lo que se buscaba con la caída del comunismo: el fin de los grandes relatos, de las totalidades totalitarias, el fragmentarismo, la deconstrucción, la exaltación de las diferencias, el reconocimiento del Otro, el feminismo, etcétera. No más. Hoy, tanto Irán como Corea del Norte, India, Pakistán, Rusia, Israel y todos los países del Occidente cristiano están armados nuclearmente y dispuestos a apretar todos los botones que sean necesarios si la cosa se descontrola. Son los tiempos del Apocalipsismo. Los tiempos de hoy.

Página 12. 8 de noviembre de 2009

Creado el 08/11/2009. Etiquetas: Sociedad

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Creado por Korstanje M. el 12/08/11
Creado por KORSTANJE MAXIMILIANO el 23/12/10
CARTA A PABLO FEINMANN. Escuche con atención sus intervenciones en el programa 6,7,8 que se emite por Canal 7 con respecto al juicio llevado a cabo en Córdoba sobre varios ex funcionarios de facto. Luego de ver sus intervenciones, me siento en el deber de escribirle esta carta con el fin de redondear su explicación. El problema de los círculos castrenses y el poder no se remite lamentablemente a la última dictadura del 76, sino que viene de la época de Julio Cesar incluso antes. En esa época, aristócratas que defendían la Republica pero también las desigualdades que experimentaba el pueblo romano, se veían enfrentados a los populares-imperiales quienes promovían una distribución de la riqueza pero intentaban abolir las instituciones republicanas. Todos sabemos que la verdadera democracia de los antiguos ha muerto en la guerra de Peloponesso entre Atenas y Esparta como también sabemos que ha sido una vieja costumbre latina de los ejércitos tomar huéspedes. El huésped no era un pasajero de un hotel como se cree, sino el hijo del enemigo ajusticiado o tomado prisionero. Era extendida la creencia que tomar los hijos de los prisioneros aumentaba el poder del caudillo militar. Desde África hasta América Latina somos testigos como los ejércitos disponen del derecho de huésped y ejecución sobre los “enemigos”. En Latinoamérica, históricamente, y legado del régimen español (recordemos que Hispania había sido la provincia más romanizada de todo el Imperio incluso llegándole a dar 4 Emperadores), el ejercito se sentía en el deber moral de ejercer su autoridad sobre las instituciones de la República si percibe que el orden no puede ser garantizado POR EL SENADO. Eso explica, en parte, la propensión de los militares argentinos y algunos civiles por los golpes de Estado. Lo mismo no se observa en la cultura anglo-sajona ni en la céltica por la sencilla razón que el caudillo militar era el mismo funcionario. El rey y sus caballeros (que peleaban a caballo valga la redundancia) eran soldados en la guerra a la vez que funcionarios comerciales en épocas de paz. Oddin o Wottan para los Godos era tanto el Dios de la guerra como del Comercio. No obstante, los tiempos han cambiado y bajo código militar está expresamente prohibido que el Prisionero de guerra sufra un trato inhumano. Cuando escucho a gente como Videla reivindicar una “supuesta guerra” que puede ser objetable o no, no puedo dejar de pensar los derechos de los enemigos que el Estado Argentino ha abolido y por el cual deben pagar un pena justa (según el derecho griego). Empero también no puedo olvidarme de Aristóteles de Estagira y la Escuela Peripatética cuando afirmaban que los extremos no llevan a nada más que a la cobardía total o la muerte (ver Cap III ética nicomaquea). Es sumamente peligroso traer la historia según los ojos de la ideología política porque se cae en el peligro de perpetuar el espíritu del odio dormido pero siempre presente en la especie humana. Cuando observo, al Dr. Feinmann acertadamente llamar la atención a los periodistas de 6/7/8 sobre una supuesta vinculación de Balbín que éstos periodistas hacían con la Dictadura del 76, no puedo dejar de asustarme porque veo el espíritu del totalitarismo presente en ese discurso. Alimentando aquellos que el joven Marx ejemplificara muy bien en el 18 Brumario de Luis Bonaparte existe una dialéctica por la cual dominadores y dominados se transforman y cambian de roles. La revolución francesa termina haciendo aquellos que denunciaba que hacia la Monarquía etc. Dos buenos libros que ejemplifica esta dinámica es VIOLENCIA DE S. ZIZEK Y NARRAR EL MAL DE PIA LARA. Pia-Lara examina como los regímenes totalitarios se hacen eco del sufrimiento humano para construir un enemigo externo o interno en el cual lavar y expiar sus propias culpas. La figura del enemigo es construida por medio de un proceso de semantización por el cual se le atribuyen estereotipos negativos que van desde una seria amenaza para el estilo de vida o el Estado hasta su sub-humanización. Desprovisto el grupo minoritario de las categorías que le dan su humanidad, su exterminación puede sólo ser una cuestión de tiempo y de mera formalidad. La exterminación existencial deviene luego de la anulación de la personería jurídica de la víctima. Nacen de esta manera las “limpiezas étnicas”. La tergiversación del discurso ético y de la moral es posible gracias al ejercicio de un poder-total que transforma prácticas no éticas en éticas simplemente en aras de legitimar su ideología. El papel del intelectual es mantenerse alejado del poder político y ejercer un pensamiento crítico. Pia-Lara reconoce que la crueldad es un elemento importante de la identidad y la naturaleza humana, del cual nadie puede deslindarse. No obstante, los intelectuales tienen el deber de ejercer un juicio moral que no sólo describa los eventos sino que permita a la sociedad un aprendizaje moral de las catástrofes. Para ello, nuestra autora habla de “juicio reflexionante” como aquella capacidad humana por comprender el espectro del mal según la posición moral. Cada juicio reflexionante debe ajustarse a los hechos particulares y no a leyes universales. Si partimos de la base que los filósofos han estudiado históricamente al mal desde una posición universalista (juicio determinante), como Arendt ha demostrado, es necesario zambullirse en el complejo mundo de las significaciones y las narrativas para llegar a un juicio particular. Ello ha sido precisamente lo que llevo a intelectuales de gran renombre como C. Schmitt o M. Heidegger a afiliarse a regimenes totalitarios. La amoralidad o carencia de juicio moral que caracterizó a la generación alemana de 1930-45 posibilitó el advenimiento de Hitler al poder. Es por ese motivo, admite Pia-Lara, que ningún intelectual que se precie de tal debe mantenerse indiferente al juicio moral de los eventos políticos. Como sea el caso, también me pregunto que hubiera pasado si Videla hubiera dicho SI, realmente estoy arrepentido y no se como reparar lo que he hecho!. Tiene derecho al perdón?. Donde ubicamos al Perdón en este caso?. La respuesta podría ser si, no o no se. Parto de la siguiente observación. Los derechos humanos pueden ser una formidable arma política de miedo y adoctrinamiento interno en todo el mundo. Los mimos EEUU que denunciaban Auschwitz, olvidaban Hiroshima. Los mismos EEUU que le critican a China su violación a los derechos humanos crean GUANTANAMO. Zizek no se equivoca cuando sugiere que una de las cuestiones más paradójicas de la historia es ver como las víctimas evocan y replican el discurso legitimante de sus victimarios o simplemente como buscando frenéticamente el bien encontramos el mal. No obstante la teoría de Zizek tiene un pequeño problema, heredado del existencialismo nietzscheano. Esto no significa de ninguna forma que las prácticas de los gobernantes actuales sean comparables a aquellas que tiñeron de sangre la década del setenta como así tampoco se puede afirmar que las políticas actuales del Estado de Israel sean estrictamente equiparable a los crímenes sistemáticos de Auschwitz (tal vez esta es una de las exageraciones en las que incurre Zizek); no obstante, la relación dialéctica amo/esclavo explica como se acuña la fina frontera moral entre perdonar o hacer aquello que nos hacen con el riesgo de repetir la tragedia; un punto en donde la teoría de Zizek es débil (Zizek, 2009b). Desde una perspectiva nietzscheana, Zizek asume (en varios de sus trabajos) que una de las cuestiones más siniestras del cristianismo han sido la expiación sin pena de los pecados. Nuestro autor sugiere que la moral judeocristiana que “todo lo perdona” tiende a expandir la ofensa pues quien siempre es perdonado tiene licencia para seguir pecando. De esta forma, el crimen se ha convertido en uno de los valores culturales de Occidente (Zizek, 1989) (Zizek, 2003) (Zizek, 2009b). Partiendo de la base que toda ofensa viene acompañada por un sentimiento de culpa (el cual puede ser aceptado o rechazado) que permite no solo redimir la falta sino reforzar el lazo de solidaridad, Zizek olvida que el “verdadero” arrepentimiento no comienza con la purgación de la pena sino con la reconversión moral del arrepentido, quien en su proceso de culpabilización se compromete a no cometer la misma falta nuevamente a la vez que resarce a la víctima por voluntad propia. El caso Mandela en Sudáfrica explica la forma en que el perdón puede ser políticamente transformado de manera positiva. El problema, precisamente, con las causas de crímenes de lesa humanidad perpetrados durante la dictadura 76/82 en Argentina es que no existe un sentimiento genuino de arrepentimiento. Como resultado, tanto víctimas como victimarios caen en un sentido negativo de la reciprocidad que traba la evolución moral de la cual nos habla Pía-Lara. Precisamente, en el odio de todo lo que el enemigo representa, implícitamente se termina reforzando su espíritu. Casi en forma idéntica a una posesión espiritual. El espíritu del victimario pasa de dominador a dominado con mucha facilidad. Si bien cambian los actores, en el fondo, el problema parece ser el mismo. Cuando escucho a Cristiana Kirchner decir que el periodismo no comprende, o que tal o cual no comprende, me asusto. Cuando escucho a Bonafini decir que hay que entrar y apretar a la corte, me asusto. Cuando escucho a Alimverti decir que nadie tiene derecho a tener miedo porque se chupaba gente me asusto, cuando escucho decir a Moreno que ACA no se VOTA!, me asusto. De a poco veo como un buen sueño se transforma en una real pesadilla. Por favor, no seamos presa del fanatismo porque si es así el espíritu de quien queremos desterrar habrá ganado. SEAMOS JUSTOS, ABIERTOS Y PONGAMONOS EN LA PIEL DEL HERMANO. ESA ES LA UNICA FORMA DE NO SER PRESAS DEL ESPIRITU TOTALITARIO. EL POWER-WILL O VOLUNTAD DE PODER NIETZCHEANO EMPIEZA EN EL “YO TENGO RAZON!”. Si bien en muchas cosas profesor Feinmann no concuerdo con ud, sobre todo la posición con respecto a los Kirchner y el Peronismo, lo felicito simplemente por hacer uso de una cualidad poco ejercida en los tiempos que nos tocan vivir, EL PENSAMIENTO. BUENOS AIRES, 23/12/2010 PROF. KORSTANJE E. MAXIMILIANO UNIVERSIDAD DE PALERMO INTERNATIONAL SOCIETY FOR PHILOSOPHERS, SHEFFIELD UK. Email

Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina