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Celebración a bordo del arca. A cincuenta años de la primera muestra de Luis Felipe Noé. Por Elba Pérez
Celebración a bordo del arca
A cincuenta años de su primera muestra, Luis Felipe Noé no se priva de nada: pinta, dibuja, teoriza y rememora.
Por Elba Pérez
Mal que pese a su nominativo imperial, Luis Felipe Noé se reconoce como "Yuyo", apelativo familiar y ya identificatorio. En consecuencia organizó la agenda de sus bodas de oro con el arte sin remilgos de modestia pequeñoburguesa. Titulaciones no le faltan. El año conmemorativo se inició con la retrospectiva austral del Museo Nacional de Bellas Artes de Neuquén e hizo ápice culminatorio en su condición de único representante argentino en el consagratorio escaparate internacional de la Bienal de Venecia, cuyos fragantes laureles olímpicos aroman la muestra y el libro que reseñan medio siglo de trayectoria en la galería Rubbers.
El catálogo de la muestra Son cincuenta? sin cuento está prologado por el propio Noé. Lo dedica a Julio, su padre, y a Beba Ruiz, su madre. Al homenaje agrega a su maestro Horacio Butler (sólo por año y medio, recuerda Yuyo) y al mediador de su primera muestra, Rodolfo Krasno. Añade a los colegas Alberto Greco, Jorge de la Vega y Ernesto Deira. Con los dos últimos compartió esa marca del antes y después que detonó el movimiento la Otra Figuración en el pensamiento plástico argentino. A poca distancia de la galería Rubbers, en Puerto Madero, el otro protagonista de la disidencia sesentista, Rómulo Macció, deslumbra con la evidencia de su pupila absoluta fantasmalmente plasmada en cada tela.
Según el tango, "veinte años no es nada"; pero Noé sabe que cincuenta son otra cosa. Se hace cargo en muestra y libro del diario de navegación a bordo de su arca. Destino insólito para un Yuyo urbanita, devenido navegante de muchos cauces. La celebración que ofrece compartir no pretende ser suma, compendio o retrospectiva (término algo espeluznante para un hombre tan vital). Él enuncia que festeja "algo así como un cumpleaños infantil". Señala que la muestra no es una retrospectiva y ofrece las obras con un criterio que dé cabida a una "idea de su evolución". Diríamos que dan fe de lo vivido.
Como su apelativo, Noé prolifera, feraz, abundoso; y como su apellido, alberga desmesuras gestuales y matéricas, mareas calmas, vorágines, iluminaciones fulgentes imantadas bajo el trazo de la pluma o el pincel. Pero el recorrido no es lineal. El ojo atento encuentra cómo asoman en la obra presente vislumbres, nunca citas explícitas, de rasgos de las de otrora.
Tales entreveros signan la unidad de lo diverso en el transcurso de los cincuenta años que celebra la muestra en Rubbers. En esta diversidad variopinta hay ocasión para la ambigüedad, una seducción que en Yuyo pintor alcanza la vivacidad del jugador de truco. ¿Y qué, si no jugador, es un artista? Quien carece del supremo don lúdico debe abstenerse de la pretensión de obrar. Y ya vemos que Yuyo Noé no se priva del gusto, para disfrute del amateur .
Noé no asomó sino que irrumpió sin preámbulo en la constitución de otra visión del arte. Esto fue la Otra Figuración, hito insoslayable. Nunca fueron en rigor un grupo; fueron adyacentes, vinculados con el rechazo común al "rosa bombón", la mera observancia a la buena letra del oficio que desconoce los riesgos del tránsito funambular. Nadie esperaba la adhesión fervorosa del público, supuestos cultores de la mera buena factura. Arrasaron como un tornado hasta destronar los úcases de Jorge Romero Brest, supremo pope y anticipador ilustrado de la dictadura de curadores, teóricos y críticos de hoy. Astuto, Romero se llamó a capítulo y abrió a Noé y compañía las puertas del dorado Di Tella. Pero cabe sospechar que la sagaz intuición de Samuel Paz tuvo intervención destacada.
Quienes no asistieron a este fulgor no pueden concebir el sismo experimentado. Indicio de la remezón es que Noé no cuenta en su haber con ninguna obra de ese momento. Ni siquiera, confiesa, cuenta con buenas fotografías de aquellas producciones que arrebataron ánimos. Nada comparable a los actuales comedimientos light que anteponen investigadores, teóricos, curadores, dealers y comunicadores a la única e irreductible condición del artista.
Siendo tan visceral hacedor, Noé suele incurrir en el uso de la palabra. ¿Desconfianza del raigal lenguaje silente de formas, colores, texturas? Vaya Noé a saber. Tal vez asoma la felizmente frustrada formación de abogado, relegada por pulsiones menos alegatorias pero de más perennidad significativa.
Luis Felipe Noé, Yuyo, hace equilibrio inestable. Es el signo de su aventura vital. Acierta y derrapa con desparpajo análogo; se confirma y contradice en obra y acciones, pero en estos cincuenta años aflora una ternura y un reconocimiento que redimen con usura sus gambitos con la memoria. ¡Felices cincuenta y que sean muchos más!
La Nación. 31 de octubre de 2009
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Carlos Ianni. Director, docente, promotor y productor teatral. Buenos Aires, Argentina
